Diego Ramos se arrodilló en medio del campo de chiles muertos. El sol del

mediodía ardía como fuego sobre su espalda. Sus manos apretaban el papel de

transferencia mientras el sudor salado le quemaba los ojos. Don Ricardo León

soltó una carcajada cruel. 20 años trabajando para mí y este es tu

último pago. Frente a ellos, la tierra estaba agrietada, cubierta de piedras.

filadas, las plantas de chile marchitas con hojas amarillentas y retorcidas.

Elena Martín tiró del brazo de su esposo, ahogada por la humillación, pero

Diego vació todos sus ahorros para comprar ese terreno sin esperanza.

Esa noche, mientras cababa un hoyo para arrancar las raíces muertas,

su asadón golpeó algo frío, una losa de piedra que resonó como una campana

llamando al destino. El valle de San Isidro era una tierra de

contrastes brutales. El sol castigaba sin piedad durante meses.

El agua de riego estaba controlada con puño de hierro. Y quien tuviera una fuente de agua

estable era el dueño del valle. Los chiles eran el oro rojo de la región,

capaces de hacer fortuna si la cosecha era buena, pero también capaces de destruir familias enteras si la tierra o

el agua fallaban. En este valle, los terratenientes ricos gobernaban como

señores feudales, mientras los trabajadores pobres sobrevivían de

jornales miserables y falsas promesas de caridad. Diego Ramos había trabajado 20 años en

la hacienda de don Ricardo León, 20 años sin atreverse a enfermarse, sin

atreverse a descansar, sin atreverse a soñar. Era un hombre callado, resistente

como el cuero curtido, con ojos que habían aprendido a leer la tierra mejor

que cualquier libro. Podía mirar las hojas de una planta y saber si estaba

enferma. Podía oler la tierra y predecir si daría fruto o muerte. Esta habilidad

la había desarrollado en silencio, observando,

aprendiendo, mientras otros trabajadores simplemente obedecían órdenes sin pensar. Su esposa

Elena Martín era una mujer práctica, forjada por años de escasez. Muchas

veces le había advertido a Diego que no desafiara a los ricos, que agachara la

cabeza y sobreviviera. Pero en lo profundo de su corazón, Elena

también tenía orgullo. Lo que más temía no era el hambre, sino la humillación

pública, ese dolor que te quema por dentro cuando te miran como si fueras

menos que humano. Su hija Sofía Ruiz tenía apenas 8 años, pero sus ojos

brillaban con la misma curiosidad intensa de su padre. Siempre preguntaba

por qué, sobre todo lo que veía. Era ella quien notaba los pequeños detalles

que los adultos pasaban por alto, como si el mundo le susurrara secretos que

solo ella podía escuchar. Don Ricardo León era el hombre más rico

del valle. y también el más despiadado. Su riqueza no le bastaba, necesitaba que

los demás supieran que eran inferiores. Trataba a sus trabajadores como

herramientas desechables. Convencido de que los pobres debían agradecer la oportunidad de servirle,

tenía la costumbre de dar regalos que en realidad eran insultos disfrazados.

Una forma de recordarle a la gente su lugar en el mundo. Su capataz, Bruno

Salas, era el perro fiel que ejecutaba las órdenes sucias, un hombre tosco y

violento que odiaba especialmente a Diego, porque Diego nunca se arrastraba

como los demás. Esa dignidad silenciosa era un insulto que Bruno no podía

perdonar. Aquel día de cosecha, el sol caía sin piedad. Sobre los campos

de don Ricardo, los trabajadores se movían como sombras agotadas, cargando cestas de chiles bajo

el calor infernal. Diego trabajaba desde antes del amanecer, sus manos agrietadas y su

espalda adolorida, pero nunca se quejaba. Don Ricardo apareció montado en su

caballo con anillos brillando en sus dedos gordos, hablando con el tono

condescendiente de quien da limosna a un mendigo. “Diego, ven a mi oficina”, ordenó don

Ricardo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. En el almacén oscuro y

polvoriento, don Ricardo fingió un gesto de generosidad paternal.

has trabajado muchos años para mí. Quiero darte un regalo. Sacó unos

papeles y los dejó caer sobre la mesa como quien tira huesos a un perro. Ese

terreno al norte, el de los chiles muertos, es tuyo si lo quieres.

Diego sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. Conocía ese terreno. Todos

lo conocían. Era el lugar donde las plantas morían sin explicación.

donde la tierra parecía Nadie quería tocarlo.

“La tierra está arruinada”, continuó don Ricardo saboreando cada

palabra. “Pero tú eres perfecto para ella. Los pobres deben acostumbrarse al

sufrimiento.” El insulto flotó en el aire como veneno.

Diego entendió inmediatamente la trampa si rechazaba. perdería su trabajo y

sería tachado de ingrato. Si aceptaba, cargaría con una deuda

imposible. Era una jugada maestra de crueldad calculada.

Bruno Salas apareció en la puerta sonriendo con malicia.

“¡Miren al nuevo terrateniente!”, gritó para que todos los trabajadores escucharan. “Diego va a ser el dueño del

campo de la muerte.” Las risas nerviosas de los otros trabajadores cortaron el aire. Diego

mantuvo la cara impasible, pero por dentro sentía como si le arrancaran la