La casa estaba al final del camino, inclinada, con paredes agrietadas y el techo vencido por los años. Don Mateo
Ríos, anciano de manos temblorosas y espalda encorbada, la miró en silencio.

Frente a él, don Esteban Calderón, el patrón, sonreía satisfecho.
“30 años de trabajo y aún te llevas un techo”, dijo con falsa generosidad.
Don Mateo no respondió. Sabía que esa casa no valía casi nada. Es tu liquidación, insistió don Esteban
entregándole unas llaves oxidadas. No tengo efectivo. Don Mateo dudó. ¿Y los
años, patrón? Don Esteban se encogió de hombros. Los años no se pagan dos veces. El anciano
apretó las llaves. No era elección, era resignación. La casa había pertenecido a un hombre
solitario que murió sin familia y sin explicaciones. Esa noche, don Mateo entró por primera
vez. El piso crujió bajo sus pasos. El aire olía a encierro. En una pared, una
marca antigua llamaba la atención como si algo hubiese sido movido y vuelto a cubrir.
“Aquí pasó algo”, murmuró. Afuera. El viento golpeó las ventanas como
empujándolo a mirar más allá de la miseria. visible desde su camioneta, don
Esteban observaba a lo lejos. “Que se quede con esa ruina”, pensó. No sabía
que el antiguo dueño había dejado algo enterrado bajo la casa, algo que nunca reclamó nadie. Mientras don Mateo
cerraba la puerta con cuidado, el suelo vibró levemente bajo sus pies, como si
el pasado acabara de despertar. Don Mateo Ríos pasó la noche sentado en una silla escuchando los sonidos de la casa.
No eran pasos, eran crujidos profundos, como si el suelo respirara. Solo es
madera vieja, se dijo. Pero algo no encajaba. Cada vez que el viento
soplaba, el piso vibraba levemente, siempre en el mismo punto, cerca de la
pared marcada. Al amanecer, don Mateo recorrió la casa con calma. Encontró clavos antiguos,
tablas cambiadas a la fuerza y un rincón donde el polvo parecía más reciente. Se
arrodilló con dificultad y tocó el suelo. Sonó hueco. Aquí hay algo
murmuró. No pensó en tesoros, pensó en respuestas. El antiguo dueño no había
sido un hombre cualquiera. En la hacienda, don Esteban Calderón desayunaba tranquilo. “Al fin me quité
ese problema”, dijo a su hijo. La casa estaba a punto de caerse.
El joven dudó. “¿Y si encuentra algo?” Don Esteban rió. ¿Qué va a encontrar?
Telarañas. Para él la historia estaba cerrada. No sabía que algunas casas no se caen,
guardan. Don Mateo regresó al rincón con una pala prestada. Golpeó con cuidado.
El sonido confirmó su sospecha. No era tierra común. Algo sólido estaba
enterrado bajo el piso. Don Mateo se quedó quieto unos segundos. Sea lo que
sea, pensó. No llegó aquí por casualidad. Y por primera vez desde que recibió las
llaves, sintió que aquella casa no era un castigo, era una invitación.
Don Mateo Ríos levantó con esfuerzo una de las tablas del piso. El polvo se elevó como un suspiro antiguo.
Debajo apareció una losa distinta al resto, más lisa, marcada con símbolos
casi borrados. “Esto no es casual”, murmuró. Sus manos
temblaban, no por miedo, sino por la certeza de estar tocando algo que había sido ocultado con intención.
Golpeó la losa con la pala. El sonido fue seco y profundo. Bajo ella no había
tierra suelta, sino un espacio vacío. Don Mateo se arrodilló con dificultad y
acercó una lámpara. Vio una escalera corta de piedra que descendía apenas un
par de metros. El aire que subía era frío. El viejo sabía, pensó, sabía que
algún día alguien justo bajaría. En la hacienda, don Esteban Calderón firmaba
papeles sin mirar. Cierra eso rápido, ordenó. Un empleado comentó, dicen que
la casa crujía raro. Don Esteban levantó la vista con fastidio. Son cuentos. Esa
ruina solo sirve para olvidar. Para él el pasado se enterraba con firmas. Para
Don Mateo, el pasado estaba empezando a hablar. Don Mateo bajó el primer escalón
con cuidado. No era un sótano común. Las paredes estaban reforzadas y el suelo
limpio, como si alguien hubiera querido conservarlo intacto. Al fondo distinguió una caja grande
cubierta con una lona vieja. No la tocó. Subió despacio y volvió a colocar la
tabla. “Mañana”, se dijo. Algunas verdades no se descubren con prisa.
Esa noche, don Mateo Ríos apenas probó bocado. Se sentó frente a la pared marcada, escuchando el silencio espeso
de la casa. Recordó al antiguo dueño, un hombre callado, respetado, que nunca pedía
favores. No se llevó nada cuando murió, decían. Don Mateo entendió que algunos
hombres no se llevan lo que vale. Lo dejan donde nadie lo busca.
Al amanecer regresó al piso con una linterna y una cuerda corta.
Bajó despacio los escalones de piedra. El aire estaba seco y limpio, como si el
lugar hubiese sido pensado para durar. Al fondo retiró la lona con cuidado.
Apareció un cofre de madera reforzada sin polvo. Esto fue sellado con intención, murmuró
sorprendido por el orden. En la hacienda, don Esteban Calderón recibió una visita inesperada. Un hombre mayor
preguntando por el antiguo dueño de la casa. “Murió solo”, respondió el patrón
sin interés. El visitante frunció el ceño. Era mi socio dijo antes de marcharse.
Don Esteban se quedó inmóvil unos segundos, incómodo. No le dio importancia, pero algo empezó a
inquietarlo. Don Mateo abrió el cofre lentamente. Dentro no había joyas visibles, sino
carpetas, llaves antiguas y un cuaderno grueso escrito a mano. En la primera
página se leía un nombre, el del antiguo dueño. Don Mateo cerró el cuaderno y
respiró hondo. Comprendió que la casa no escondía riqueza fácil, escondía una
historia que alguien quiso borrar. Don Mateo Ríos se sentó en el suelo del sótano improvisado y abrió el cuaderno
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