El padre estaba decidido a vender al loro.
Cinco noches sin dormir eran demasiado para cualquiera.

A las tres de la madrugada, los gritos de Pancho volvían a cortar el silencio como cuchillas:
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Peligro!
El loro, un amazónico de corona amarilla, no dejaba de mirar fijamente la pared junto al enchufe del dormitorio. Sus plumas estaban erizadas, sus ojos abiertos por el miedo. No era un capricho, no era un berrinche. Era pánico puro.
Rafael, agotado, apretó los puños.
—Mañana se va —murmuró—. Lo venderé, lo regalaré… pero se va.
Patricia, su esposa, lo miró con los ojos cansados, pero llenos de duda.
—Dame una última noche —pidió—. Solo una. Instalemos una cámara térmica.
Rafael aceptó a regañadientes. No creía en presentimientos de aves.
A las cuatro de la madrugada, la cámara mostró algo imposible de ignorar.
Dentro de la pared, una línea roja ardía como una herida abierta. El cableado eléctrico estaba sobrecalentado. Un incendio lento llevaba días creciendo en silencio, esperando el momento perfecto para devorar la casa mientras todos dormían.
Los bomberos llegaron en minutos.
Cuando abrieron la pared, encontraron aislamiento carbonizado, cables derretidos y brasas vivas. Según el capitán, la familia tenía menos de doce horas antes de que todo estallara en llamas.
—Si no fuera por el loro —dijo con seriedad—, hoy estaríamos hablando de una tragedia.
Pancho había detectado lo que los humanos no podían oler ni ver. Los gases del aislamiento quemándose, el peligro invisible.
Esa noche, mientras los bomberos trabajaban, Pancho guardó silencio por primera vez en cinco días. Su misión estaba cumplida.
Días después, el departamento de bomberos le entregó un certificado oficial.
Las gemelas lo abrazaban orgullosas mientras él repetía:
—Pancho héroe. Familia segura.
Desde entonces, Pancho duerme junto a la cama de Rafael y Patricia. No como una mascota cualquiera, sino como un guardián.
Porque a veces, los verdaderos héroes no usan uniforme.
A veces tienen plumas…
y gritan cuando nadie más escucha.
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