8 meses después de abandonarlas con un platanal muerto, Héctor López regresó,

pero no por amor, por codicia. Los rumores habían llegado hasta él. La niña

que dejó para morir estaba ganando 5000 pesos por semana. El platanal que llamó

Tierra Podrida ahora brillaba verde y producía más que cualquier campo en 50

llegó con documentos falsos, con abogados baratos, con la sonrisa de un

hombre que cree que ya ganó. “Esta tierra es mía”, dijo deslizando papeles amarillentos sobre la mesa del oficial

municipal. “La niña es menor, no puede poseer nada.” Pero lo que Héctor no vio

fue esto detrás de Lucía. 11 vecinos entraban en silencio. Doña Beatriz

Salazar con contratos legales. Padre Miguel con testimonios. Y en las manos de una niña de 13 años el

testamento real de su madre, la tierra estaba a punto de hablar y su voz sería

justicia. Antes de comenzar esta historia, quiero decirte algo. Puede ser

como el 97% de la gente mirar el video y seguir de

largo. O puede ser parte del 3% que elige quedarse que no se rinde y que

lucha por algo mejor. Si no quieres ser parte de ese 97%, demuéstralo ahora

mismo, deja tu like y suscríbete, porque los que se atreven a elegir diferente son los que ganan al final y sé que tú

eres uno de ellos. El platanal había muerto lentamente como

una promesa rota que nadie quiso recordar. Lucía caminaba entre las filas

de plantas marchitas con su hermano Mateo aferrado a su mano. El calor de octubre caía como plomo sobre sus

cabezas. El niño de apenas 4 años miraba las hojas cafés que colgaban como trapos

sucios, oliendo a polvo y tiempo perdido. ¿Por qué están feas? Lucía preguntó con voz pequeña. Ella no

respondió de inmediato. Sus ojos recorrían las dos hectáreas que alguna vez fueron el orgullo de su abuelo

Esteban. Ahora solo quedaban tallos secos, tierra agrietada que crujía bajo

sus pies descalzos y el silencio pesado de algo que había dejado de respirar. 3

años sin una sola fruta. 3 años desde que Héctor, su padrastro, decidió que el platanal no valía su esfuerzo. “Están

enfermas, hermanito”, dijo finalmente saboreando el polvo en sus labios. “Pero

las plantas enfermas a veces pueden sanar. El abuelo me lo enseñó.” Un

recuerdo cruzó su mente como un rayo de sol entre nubes. Tenía 7 años. Su abuelo

la llevaba de la mano por este mismo platanal entonces verde y generoso, con olor a tierra mojada y vida. Mi hija le

había dicho con esa voz grave que siempre sonaba a raíces profundas, un plátano es como una promesa. Si lo

cuidas, nunca te traiciona, pero tienes que escuchar. Las plantas hablan solo

que con raíces y hojas. Lucía había aprendido ese idioma en secreto. Sabía

distinguir una planta muerta de una dormida. sabía dónde buscar las venas verdes bajo la corteza seca. El sonido

de una botella estrellándose las hizo voltear. Héctor salía de la casa tambaleándose con la cara roja del

alcohol y algo más, la amargura de un hombre que había apostado por tierra

fértil y perdió todo en su propia pereza. “Maldita tierra”, gritó pateando

un tallo que se quebró con un chasquido triste. “3 años. Esta tierra está muerta

igual que todo en esta casa.” Lucía apretó la mano de Mateo y lo empujó

detrás de ella. Desde la ventana vio a su madre Ana recostada, tan pálida, que

casi se fundía con las sábanas. Una tos seca y dolorosa atravesó el aire

caliente. Héctor escupió y por un segundo sus ojos se encontraron con los de Lucía. Ella vio algo allí, no solo

desprecio, sino planes. Héctor apartó la mirada y volvió a entrar azotando la puerta. “Ven”, susurró Lucía. Vamos a

ver a Canela. El niño sonrió. Canela, la cabra que su madre le había regalado

meses atrás, estaba bajo un árbol seco. El animal flaco, pero terco, como el

platanal mismo, mordisqueaba hojas muertas sin rendirse. “Canela tiene hambre”, murmuró Mateo. “Come lo que hay

y sigue viva”, dijo Lucía, acariciando el lomo huesudo del animal. Como estas

plantas, como nosotros. Cuando Mateo se distrajo, Lucía regresó a la planta más

cercana. Miró hacia la casa para asegurarse de estar sola. Entonces tocó

el pseudotallo presionando, seco por fuera, pero al raspar con su uña, una línea verde apareció delgada como

esperanza. “Aún estás viva”, susurró sintiendo el pulso débil bajo sus dedos.

Esa noche, mientras Mateo dormía, Lucía escuchó pasos. Se acercó a la puerta del cuarto de Héctor. Su voz atravesaba la

madera. Sí, me voy. Esta tierra no vale nada. Que se queden las niñas con su herencia

podrida. Ya no es mi problema. Me largo el sábado. Lucía sintió el suelo moverse

bajo sus pies. Tres días. Tenían tres días, pero ella no sabía que antes del

sábado algo mucho peor iba a romper su mundo en pedazos. Ana murió en una noche sin luna, cuando

hasta las estrellas parecían haber huido del cielo. Lucía estaba sentada junto a

la cama, sosteniendo la mano fría y delgada de su madre. Mateo dormía en el

suelo abrazado a una manta raída demasiado pequeño para entender que esta era la última vez que vería a su mamá

respirar. Lucía. La voz de Ana era apenas un susurro, como hojas secas rozando el

viento. Estoy aquí, mamá. Los ojos de Ana se abrieron con esfuerzo. En la luz

débil de la vela, su rostro parecía ya pertenecer a otro mundo. Con dedos temblorosos, sacó un papel doblado de

debajo de la almohada. La tierra es tuya, mi hija, del abuelo, para ti. Cada

palabra era una batalla. Cuídala como él te enseñó. Lucía tomó el papel con manos que

temblaban. Reconoció la letra de su abuelo en el documento sello oficial fechas. Un testamento. Ana lo había

guardado todos estos años esperando el momento correcto. Eres más fuerte de lo

que crees. Ana tosió y un hilo de sangre apareció en sus labios. Tú, tú puedes.

El abuelo. Él sabía. No, mamá, por favor. Lucía apretó esa mano frágil como

si pudiera anclarla a la vida. Protege a Mateo, protege la tierra. Son a lo