El chasquido del látigo se mezcló con el llanto de un niño y nadie tuvo valor de

mirar. Era mediodía en Parral, Chihuahua. El sol quemaba como hierro candente sobre la plaza del pueblo. La

gente caminaba con la cabeza baja, haciendo sus compras, cuidando sus negocios. Nadie quería problemas. No en

ese pueblo, no con el coronel Martínez mandando. Pero ese día el silencio se

rompió con un grito que helaría la sangre de cualquier padre. Por favor, señor, solo tengo hambre. La voz era de

un niño pequeño, flaco como rama seca del desierto. Se llamaba Miguel Vargas,

8 años de edad, hijo de campesinos que trabajaban en la hacienda del coronel Ignacio Martínez, el hombre más poderoso

y temido de toda la región norte de Chihuahua. El pequeño Miguel había caminado 3 km descalzo desde la hacienda

hasta el pueblo. Las plantas de sus pies sangraban, marcando el polvo con pequeñas manchas rojas. No había comido

en dos días. Su madre estaba enferma, tirada en un catre sucio en la choza donde vivían. Su padre había muerto tres

meses atrás, aplastado por un caballo del coronel que se espantó durante una exhibición. El coronel no pagó ni un

centavo de compensación. dijo que fue culpa del campesino por estar en el lugar equivocado. Miguel solo quería un

pedazo de pan, un pedazo pequeño, cualquier cosa para llevar a su madre.

Se acercó tímidamente a la panadería del pueblo, donde el coronel Martínez compraba tortillas frescas cada día. El

niño extendió su manita sucia con las uñas negras de tierra. Señor coronel, mi

mamá está enferma. ¿Me podría dar un pedacito de pan? El coronel Ignacio

Martínez se volteó despacio, alto, corpulento, con uniforme militar

impecable y botas de cuero que brillaban como espejos. Tenía 52 años, bigote

negro engomado y ojos fríos como los de una serpiente del desierto. Miró al niño

de arriba a abajo con desprecio absoluto. “Un pedazo de pan”, dijo el

coronel escupiendo al suelo cerca de los pies descalzos del niño. “¿Qué te hace pensar que yo regalo comida a basura

como tú?” Miguel tragó saliva. Las lágrimas ya corrían por sus mejillas

sucias. Es que mi mamá no ha comido y yo tampoco, solo un pedacito, señor. Lo que

pasó después quedó grabado en la memoria de cada persona que estaba en esa plaza.

El coronel Martínez sacó el látigo que siempre cargaba en su cinturón. Un

látigo de cuero trenzado con puntas de metal. Lo usaba para disciplinar a los

campesinos que consideraba flojos o rebeldes. Te voy a enseñar a no molestar

a tus superiores. Escle muerto de hambre. El primer latigazo cortó el aire

con un silvido agudo. Crack. La espalda del niño se abrió como fruta madura. La

camisa rasgada se tiñó de rojo inmediatamente. Miguel gritó. Un grito

que heló la sangre de las 20 personas que observaban petrificadas en la plaza.

¡Crack! Segundo latigazo. Crack. Tercero, el niño cayó al polvo

retorciéndose de dolor. Suplicaba entre soyosos. Perdón, señor, perdón. El

coronel no se detuvo. Cuarto latigazo. Quinto. Sexto, la sangre del pequeño

Miguel formaba un charco en el polvo dorado de la plaza de Parral. Las mujeres lloraban tapándose la boca. Los

hombres apretaban los puños, pero ninguno se atrevía a moverse. Todos conocían el poder del coronel Martínez.

Todos sabían lo que le pasaba a quien lo desafiaba. Después del décimo latigazo,

el coronel se detuvo. Respiraba pesado, no de cansancio, sino de satisfacción.

Que esto le sirva de elección a toda esta basura”, gritó el coronel mirando a

la gente reunida. “En mis tierras, en mi pueblo, aquí mando yo.” ¿Quedó claro?

Nadie respondió. Miguel ya no se movía. Estaba tirado en el polvo, sangrando,

respirando apenas. Tenía la espalda destrozada, la piel abierta en tiras

como carne en carnicería. El coronel escupió una vez más cerca del cuerpo del

niño, guardó su látigo, tomó su pan recién horneado y se montó en su caballo

negro. Se fue al galope levantando una nube de polvo que cubrió el cuerpo

ensangrentado del pequeño Miguel. Fue entonces cuando una anciana se atrevió a

acercarse. Doña Refugio, partera del pueblo, mujer de 60 años que había

traído al mundo a la mitad de los niños de Parral, se arrodilló junto a Miguel,

le tomó el pulso débil en el cuello. “Está vivo”, susurró. Pero apenas entre

tres mujeres cargaron al niño y lo llevaron a la casa de doña refugio. Lo

acostaron boca abajo en un catre. Limpiaron las heridas con agua y sal. El

niño gritaba de dolor cada vez que el trapo tocaba su carne viva. Esa noche

Miguel ardió en fiebre. Deliraba llamando a su madre entre gemidos. Y esa

misma noche, a 40 km de distancia, en un campamento escondido entre las montañas

de la Sierra Madre, un jinete llegó al galope, bajó del caballo jadeando,

corrió hacia la fogata donde un grupo de hombres comían frijoles y tortillas.

“¡Mi general!”, gritó el jinete. “Tengo noticias de Parral”. El hombre que

estaba sentado junto al fuego levantó la vista. Alto corpulento, bigote espeso,

ojos penetrantes color café oscuro que brillaban con la luz de las llamas. Era

Pancho Villa, el centauro del norte, el justiciero del pueblo mexicano. Habla,

ordenó Villa con voz grave. El jinete contó todo, cada detalle. El niño

pidiendo pan, el coronel sacando el látigo, los 10 latigazos, la sangre en

el polvo, el niño agonizando. Mientras el hombre hablaba, algo cambió en el

rostro de Villa. Sus ojos se oscurecieron, la mandíbula se apretó,

las manos, esas manos grandes de campesino que habían sostenido arados y

rifles, se cerraron en puños tan apretados que los nudillos se pusieron

blancos. Cuando el jinete terminó de hablar, Villa se quedó en silencio por un minuto completo. La fogata crepitaba.

Los hombres esperaban. Todos conocían esa mirada. Todos sabían lo que

significaba. Finalmente, Villa habló. Su voz era baja, controlada, pero cada

palabra pesaba como plomo. ¿Cómo se llama el niño? Miguel Vargas, mi general. Grish está vivo. Sí, mi