Durante décadas, el mundo creyó que la televisión a color era una invención exclusiva de las grandes corporaciones estadounidenses.
RCA, CBS, Westinghouse.
Nombres gigantescos, con laboratorios millonarios en Nueva York, ejércitos de ingenieros y acceso directo al gobierno de Estados Unidos.

Pero en 1938, mientras esos colosos gastaban millones sin resultados, algo extraordinario ocurría lejos de ahí.
Muy lejos.
En un modesto taller de la Ciudad de México, un joven de apenas 21 años, trabajando completamente solo, sin financiamiento, sin laboratorio profesional y sin acceso a patentes secretas, estaba a punto de resolver un problema que las empresas más poderosas del mundo no podían descifrar.
Su nombre era Guillermo González Camarena.
Y lo que logró no solo cambió la tecnología.
Cambió para siempre lo que creíamos posible.
Esta es su historia.
La historia que las corporaciones nunca quisieron que conocieras.
Para entender lo que Guillermo logró, primero hay que entender su mundo.
Año 1938.
La televisión apenas había nacido.
Las primeras transmisiones públicas habían comenzado solo dos años antes en Alemania.
Las imágenes eran borrosas, inestables, fantasmales. Todo en blanco y negro.
Solo unas pocas miles de familias en Nueva York tenían televisores.
Eran enormes, carísimos y la calidad era pésima.
Pero los ingenieros sabían algo:
el verdadero futuro estaba en el color.
El problema era simple de decir… e imposible de resolver.
¿Cómo transmitir imágenes a color sin destruir la señal?
En Nueva York, RCA tenía cientos de ingenieros trabajando día y noche.
Presupuesto: millones de dólares.
En febrero de 1940, RCA hizo una demostración privada ante la Comisión Federal de Comunicaciones.
Fue un fracaso absoluto.
La imagen parpadeaba, los colores se distorsionaban, la señal se perdía.
David Sarnoff, el poderoso presidente de RCA, canceló de inmediato la demostración pública.
Envió a todos de vuelta a Princeton con una orden clara:
—No salgan hasta que funcione.
Pero mientras eso ocurría en los laboratorios más caros del planeta, en México sucedía algo completamente distinto.
Guillermo González Camarena nació el 17 de febrero de 1917, en Guadalajara.
Era el menor de siete hermanos.
Cuando tenía apenas dos años, su padre murió.
La familia se mudó a la Ciudad de México buscando sobrevivir.
Y fue ahí donde todo comenzó.
Mientras otros niños jugaban en la calle, Guillermo se encerraba en el sótano de su casa.
No tenía juguetes caros.
Tenía curiosidad.
A los 8 años, construyó su primer transmisor de radio con piezas viejas.
A los 12, ya reparaba radios para ayudar a la economía familiar.
A los 17, ingresó a la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica.
Pero no esperaba a que le enseñaran.
Experimentaba solo.
Su “laboratorio” era un cuarto lleno de cables, focos, motores viejos y piezas recicladas.
Mientras las corporaciones tenían equipos enteros, Guillermo tenía ingenio puro.
Y una obsesión:
lograr la televisión a color.
En 1938, con apenas 21 años, Guillermo tuvo una idea radical.
Un sistema sencillo, elegante, barato.
El Sistema Tricromático Secuencial de Campos.
Usaba discos giratorios con filtros de color rojo, verde y azul sincronizados con la señal.
No necesitaba enormes equipos.
Funcionaba con lo que tenía a la mano.
Lo probó una y otra vez.
Falló cientos de veces.
Pero no se rindió.
Y entonces… funcionó.
En su pequeño taller, Guillermo logró transmitir imágenes a color funcionales
antes de que las grandes corporaciones lo consiguieran.
Dos años después, en 1940, solicitó la patente en México.
Y aquí está el detalle que casi nadie conoce:
👉 La patente de Guillermo fue registrada 10 días antes
de que CBS hiciera su primera demostración pública de televisión a color en Estados Unidos.
Diez días.
Diez días que cambiaron la historia…
aunque casi nadie lo supo.
Las corporaciones siguieron adelante.
Tenían dinero, poder, influencia.
Guillermo tenía talento.
En 1946, realizó la primera transmisión experimental de televisión a color en México.
En 1963, México se convirtió en uno de los primeros países del mundo en transmitir televisión a color de manera regular.
Mucho antes que la mayoría.
Pero su nombre rara vez aparece en los libros internacionales.
Guillermo no murió rico.
Murió en 1965, a los 48 años, en un accidente automovilístico.
Pero dejó algo mucho más grande que dinero:
demostró que la genialidad no depende del presupuesto,
que la innovación no pertenece solo a los poderosos
y que un joven, solo, en un taller humilde de México,
pudo adelantarse a los gigantes del mundo.
Hoy, cada vez que ves una pantalla a color,
recuerda esto:
Antes de los laboratorios millonarios,
antes de las corporaciones,
antes del marketing…
Hubo un joven mexicano
con piezas de radio viejas
y una idea imposible
que decidió no rendirse.
Si esta historia te sorprendió, suscríbete al canal.
Aquí rescatamos las historias que casi nadie cuenta
pero que cambiaron el mundo.
Y dime en los comentarios:
¿ya conocías a Guillermo González Camarena?
Hasta la próxima historia.
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