El muerto está ahí”, dijo la niña mirando hacia el túnel cerrado, pero cuando iluminan encuentran algo

inesperado. Comenta qué te pareció esta historia dándole una calificación del cer al 10 y
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cortaba el aire bochornoso de aquella tarde de marzo, levantando una nube de
polvo rojizo mientras Alejandro Vargas se estacionaba cerca del túnel
ferroviario abandonado en las afueras de San Miguel del Monte. El empresario de 52 años respiró hondo,
sintiendo esa familiar sensación de inquietud que siempre lo invadía cuando visitaba terrenos valdíos. Había algo en
esos lugares olvidados que lo atraía de forma inexplicable, como si guardaran
secretos susurrados por el tiempo. Alejandro ajustó su corbata de seda y
bajó del vehículo, sus zapatos de piel italianos contrastando con el suelo
árido y agrietado. Como dueño de Vargas Inmobiliaria, una de las mayores empresas del ramo en la
región, había acumulado una fortuna considerable, transformando lugares
abandonados en proyectos lucrativos, centros comerciales, fraccionamientos
residenciales, complejos empresariales. Todo brotaba bajo su aguda visión
comercial. Pero su verdadero placer residía en explorar a solas esos
terrenos olvidados, caminando entre ruinas y vegetación silvestre, buscando
algo que ni él mismo podía definir. El túnel ferroviario se erguía ante él como
una boca oscura en la ladera de la montaña, sus paredes de piedra cubiertas
de musgo y grafitis descoloridos. La vía férrea había sido desactivada a
finales de los 80 cuando las carreteras se volvieron más viables para el transporte de mercancías. Desde
entonces, el lugar había permanecido abandonado, sirviendo solo como refugio
para indigentes y depósito improvisado de basura. Alejandro caminaba hacia la
entrada del túnel cuando un movimiento súbito llamó su atención. Una niña pequeña de unos 4 años emergió
de detrás de un montón de escombros corriendo en su dirección.
La niña estaba sucia, descalza, con la ropa rota y manchada de tierra. Su
cabello castaño y enredado formaba un marco salvaje alrededor de su rostro
delgado, y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad perturbadora.
“El muerto está ahí.” repitió la niña insistentemente, apuntando un dedito sucio hacia la
entrada oscura del túnel. “El muerto está ahí, señor, no sale de allí.”
Alejandro se detuvo abruptamente, el corazón acelerándose por razones que no
podía comprender. La voz de la niña transmitía una desesperación genuina que
atravesó sus defensas emocionales cuidadosamente construidas. se agachó
poniéndose a la altura de la niña. “¿Cómo te llamas?”, preguntó con voz
gentil, luchando por mantener la calma ante esa situación inesperada.
“Sofía,” respondió la niña limpiándose la nariz sucia con la manga de su
camiseta descolorida. Vino a buscar al muerto.
Antes de que Alejandro pudiera responder, una voz ronca resonó desde algún lugar cercano al túnel.
Sofía, ¿dónde estás, niña? Una anciana apareció apoyándose en un
bastón improvisado hecho con una rama de árbol. Su cabello canoso estaba recogido
en un chongo desordenado y su ropa, aunque remendada, parecía limpia. Abuela
Elvira”, exclamó Sofía corriendo hacia la mujer. “El señor guapo vino a buscar
al muerto.” Elvira miró a Alejandro con desconfianza, sus ojos oscuros evaluando
cada detalle de su apariencia. A sus 78 años había aprendido a reconocer a los
tipos peligrosos y aquel hombre bien vestido en un lugar tan inhóspito
despertaba sus sospechas. “¿Está usted perdido?”, preguntó ella, manteniendo a
Sofía cerca de sí. En realidad, estoy interesado en este terreno explicó
Alejandro levantándose lentamente para no asustar al par. Soy empresario
inmobiliario, Alejandro Vargas. El nombre pareció despertar algún recuerdo
lejano en la mente de Elvira, que frunció el ceño, pero no dijo nada. Alejandro notó la reacción y sintió una
punzada de curiosidad. ¿Ustedes viven aquí?”, preguntó, observando los
alrededores, y divisando una pequeña choza improvisada con lona y trozos de madera cerca de las vías abandonadas.
“Por ahora,”, respondió Elvira, su voz cargada con un peso de resignación,
“noemos otro lugar.” Sofía tiró de la falda de su abuela, susurrando algo en
su oído. Elvira suspiró profundamente, pareciendo luchar con alguna decisión
difícil. “La niña encontró una muñeca por allí cerca”, dijo finalmente
señalando el área próxima al túnel. “Desde entonces, no para de hablar sobre
el muerto. No puedo sacarle esa idea de la cabeza.” Alejandro sintió un escalofrío
recorrerle la espalda. Una muñeca. Muéstrasela, Sofía! Pidió Elvira con
renuencia. La niña desapareció rápidamente detrás de la chosa y regresó
cargando una vieja muñeca de porcelana parcialmente rota.
El juguete estaba cubierto de tierra, pero aún era posible ver los detalles de
su delicada confección. Alejandro tomó la muñeca con manos
temblorosas, dándole la vuelta hasta encontrar una pequeña etiqueta cosida en
la tela descolorida del vestido. Se le heló la sangre cuando leyó Valeria,
El mundo pareció girar a su alrededor. Valeria era el nombre de su hermana que
había desaparecido cuando él tenía solo 15 años. en 1987.
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