El millonario Ricardo Salazar despertó a las 3 de la madrugada con el corazón

latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. No fue el primer grito el

que lo despertó, sino el segundo, ese que sonaba como si alguien estuviera

siendo torturado en las profundidades de su propia casa. La mansión en Polanco,

uno de los barrios más exclusivos de la Ciudad de México, estaba completamente a

oscuras, excepto por la luz tenue que entraba por las ventanas del piso de

mármol italiano que brillaba como espejo bajo la luna. Ricardo se incorporó

lentamente en la cama King Sis tratando de no despertar a su esposa Valeria, que

dormía a su lado con una tranquilidad que a él le parecía imposible en ese

momento. El grito volvió a escucharse más débil esta vez, como si viniera de

muy lejos, como si alguien estuviera gritando desde el fondo de un pozo.

Ricardo sintió que la piel se le erizaba. conocía ese grito. Era la voz

de su hijo Miguel, su único hijo, el niño de 12 años, que había quedado en

silla de ruedas después de un accidente automovilístico hacía 3 años. El mismo

accidente que había matado a su madre, a Elena, la mujer que Ricardo había amado

durante 15 años y cuya muerte lo había destrozado de una manera que jamás pensó

que fuera posible. Valeria se movió a su lado, abriendo los ojos lentamente. Era

hermosa, incluso en la oscuridad, con su cabello negro largo cayendo sobre la

almohada de seda, su piel perfecta, sin una sola arruga a pesar de sus 35 años.

Se había casado con ella hace apenas 8 meses después de 2 años de estar viudo,

dos años de soledad absoluta en los que Miguel se había vuelto cada vez más

callado, más retraído, más distante. Valeria había llegado a su vida como un

remolino de luz, de alegría, de promesas de un futuro mejor. La había conocido en

una cena de negocios. Ella era la directora de relaciones públicas de una

empresa competidora, inteligente, sofisticada,

con esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Le había dicho que amaba a

Miguel, que quería ser una madre para él, que juntos formarían una familia de

nuevo. Y Ricardo, desesperado por creer que podía ser feliz otra vez, le había

creído cada palabra. ¿Qué pasa? Valeria murmuró con voz adormilada.

¿Escuchaste eso? Ricardo preguntó en voz baja, mirando hacia el techo, como si

pudiera ver a través de las paredes hasta el origen de ese sonido horrible.

Escuchar que Valeria bostezó estirándose lánguidamente

ese grito. Miguel, creo que viene del sótano. Valeria suspiró con ese tono de

cansancio que Ricardo había empezado a escuchar cada vez con más frecuencia en

las últimas semanas. Mi amor, ya hablamos de esto. Es el viento. Esta

casa tiene casi 100 años. Las tuberías viejas hacen ruidos extraños por la

noche, los ductos de ventilación. No es Miguel. Miguel está en su

habitación dormido. Pero sonaba exactamente como Ricardo empezó a decir,

pero Valeria puso su mano suave sobre su pecho, empujándolo gentilmente de vuelta

a la cama. Estás estresado, cariño. Has estado trabajando demasiado. Esa fusión

con la empresa de Monterrey te tiene agotado. Necesitas descansar. Además,

fui a revisar a Miguel hace dos horas. Estaba profundamente dormido. Todo está

bien. Ricardo quiso creerle. Dios, cómo quería creerle. Pero algo en su

interior, algo primitivo e instintivo le decía que algo estaba terriblemente mal.

Este no era el primer grito que escuchaba en medio de la noche. Durante las últimas tres semanas, casi cada

madrugada, había despertado con ese mismo sonido, ese grito ahogado que

parecía venir de las entrañas de la casa. Y cada vez que lo mencionaba,

Valeria tenía una explicación perfecta. El viento, las tuberías, los

gatos callejeros del vecindario, la imaginación de Ricardo trabajando demasiado. Pero esta noche, esta noche

el grito había sido diferente, había sido inconfundible. Era Miguel y sonaba

aterrorizado. Ricardo se volvió a acostar, pero ya no pudo dormir. Se quedó mirando el techo,

escuchando la respiración tranquila de Valeria a su lado, preguntándose si

estaba perdiendo la razón. Tal vez ella tenía razón, tal vez era el estrés. La

fusión empresarial que estaba manejando valía casi 800 millones de pesos. era el

negocio más grande de su carrera. Había estado trabajando 18 horas al día

durante meses. Apenas veía a Miguel, excepto en los desayunos, y últimamente

ni siquiera eso, porque salía de casa antes de que el niño despertara. Valeria

se había encargado de todo, de la casa, de supervisar a los empleados, de

asegurarse de que Miguel tomara sus terapias físicas, de que hiciera su tarea, de que comiera bien. Debería

estar agradecido, debería confiar en ella, pero no podía sacudirse la

sensación de que algo andaba mal, terriblemente mal. Cuando finalmente

salió el sol, Ricardo se levantó sintiéndose como si no hubiera dormido nada. Se duchó, se vistió con uno de sus

trajes hechos a la medida. Se tomó un café negro y amargo en la cocina enorme

de la mansión, donde la cocinera, Doña Lupe, una mujer oaxaqueña de 60 años que

había trabajado para su familia desde antes de que él naciera, le preparó

chilaquiles verdes con pollo que él apenas tocó. ¿Se siente bien, señor

Ricardo? Doña Lupe preguntó con preocupación genuina en sus ojos oscuros. Estoy bien, Lupe, solo cansado.

Miguel ya desayunó. La señora Valeria dijo que el niño no tenía hambre esta

mañana, que lo dejara dormir un poco más. Ricardo frunció el ceño. Miguel

siempre tenía hambre en las mañanas. era lo único predecible en su rutina desde