Quisiera que esta noche sea inolvidable. Te amo. Tengo un secreto que contarte. En su noche de bodas, ella creyó que su

destino ya estaba escrito, pero jamás imaginó que el millonario descubriría la verdad. Ella era virgen y aquella noche

marcaría sus vidas para siempre. Antes de comenzar la historia, comenta desde

qué lugar nos estás viendo. Espero que disfrutes esta historia. No olvides de

suscribirte. La imponente puerta de la suite presidencial se cerró con un sonido seco

y definitivo, dejando fuera el bullicio de la ciudad y encerrando a dos desconocidos en una jaula de oro y

tercio pelo. Mauricio Romero, con su traje negro impecable que absorbía la

luz de la habitación, observaba a su nueva esposa con una mezcla de desdén calculado y curiosidad clínica.

Clara permanecía inmóvil junto a la entrada, apretando el pequeño crucifijo de plata contra su pecho, como si fuera

el único escudo capaz de protegerla de la mirada depredadora de aquel hombre.

El silencio en la habitación era denso y pesado, cargado de una tensión eléctrica que hacía que el aire fuera difícil de

respirar para la joven novicia. Así que tú eres el pago final de la deuda”, dijo él con una voz grave que

resonó en las paredes, rompiendo la quietud con la brutalidad de un martillo golpeando cristal fino. Clara alzó la

vista, obligándose a sostener la mirada oscura de Mauricio, a pesar del temblor incontrolable que recorría sus manos y

rodillas bajo la tela sencilla de su vestido nupsial. No soy un pago ni un objeto de

transacción, señor Romero. Soy su esposa ante los ojos de Dios y de la ley”,

respondió ella, intentando inyectar firmeza en su voz, aunque por dentro se sentía desmoronar.

Mauricio soltó una risa breve y carente de humor, caminando lentamente hacia ella como un felino que ha decidido que

es hora de jugar con su presa antes de devorarla. El aroma de su colonia, una mezcla

costosa de madera y especias frías, invadió el espacio personal de Clara, mareándola momentáneamente.

“Mi esposa,” repitió él con ironía, un título comprado para salvar unas piedras

viejas y cumplir el capricho testamentario de un abuelo que me controla incluso desde la tumba.

Mauricio se detuvo a escasos centímetros de ella, su altura imponiéndose sobre la figura menuda de Clara, proyectando una

sombra que parecía engullirla por completo en la penumbra. La madre Ariana es una negociante

astuta, debo admitirlo. Cambiar la inocencia de una protegida por la escritura de propiedad de Santa Lucía es

una jugada maestra”, murmuró el cerca de su oído. Clara sintió un escalofrío

recorrer su columna vertebral, no solo por el tono burlón, sino por la cercanía física de un hombre, algo completamente

ajeno a su vida de clausura. El convento es más que piedras, es un refugio para almas perdidas, algo que

usted con todo su dinero jamás podría comprender”, replicó ella con un destello de valentía.

Los ojos de Mauricio brillaron con algo indescifrable, tal vez sorpresa ante la resistencia de la joven o tal vez el

despertar de un deseo oscuro y primitivo. El empresario se alejó unos pasos

dirigiéndose hacia la cubeta de plata donde una botella de champán sudaba gotas frías. ignorando momentáneamente

la incomodidad palpable de su esposa. “¿Crees que pagué una fortuna solo para

discutir filosofía moral contigo en mi noche de bodas?”, preguntó mientras servía dos copas con movimientos

elegantes y precisos. Clara observó la habitación, notando por primera vez la inmensa cama con sábanas

de seda que parecía el altar de un sacrificio inminente del cual no podría escapar.

Puede dormir en el sofá si mi presencia le resulta tan desagradable como sus palabras sugieren”, sugirió ella en un

susurro apenas audible, aferrándose a su dignidad. El sonido del cristal chocando contra la

mesa de mármol la hizo sobresaltar y vio como la máscara de indiferencia de Mauricio se agrietaba ligeramente por la

ira. “No seas ingenua, Clara. Este matrimonio es un contrato comercial y,

como cualquier negocio, tiene cláusulas que deben cumplirse para ser válido”, dijo el acortando la distancia

nuevamente con pasos decididos. Tomó el rostro de Clara entre sus manos.

Sus dedos largos y sorprendentemente suaves delinearon la curva de su mandíbula con una posesividad que la

dejó sin aliento. “Eres hermosa, eso no puedo negarlo. Es quizás el único

dividendo agradable de esta inversión forzada”, susurró él. Bajando la mirada a los labios temblorosos de ella. Clara

sintió que el tiempo se detenía. Su corazón latía desbocado contra sus costillas como un pájaro atrapado

queriendo huir de la tormenta. Nunca antes había sentido el calor de un hombre tan cerca y el miedo se mezclaba

confusamente con una curiosidad prohibida que no sabía nombrar. Cuando los labios de Mauricio capturaron

los suyos, no fue un beso de amor, sino una reclamación de propiedad, un sello ardiente sobre un documento legal

viviente. Clara se quedó rígida al principio, abrumada por la intensidad de

la sensación, por el sabor a champán y a dominio que él imponía sobre su boca inexperta.

Sin embargo, algo en su interior, un instinto dormido bajo años de oraciones y ayunos, despertó ante el contacto de

su piel cálida. Sus manos, actuando por voluntad propia, subieron tímidamente hasta posarse en el

pecho de él, sintiendo el ritmo fuerte y constante de su corazón bajo la camisa.

El beso se profundizó, volviéndose exigente, una marea oscura que amenazaba con arrastrarla lejos de todo lo que

conocía y creía ser. Mauricio interrumpió el beso solo para mirarla a los ojos, buscando en ellos el

rechazo que esperaba, pero encontrando en su lugar una confusión vulnerable que lo desarmó por un segundo.

No luches contra esto, Clara. Es la única parte de nuestro matrimonio que será real”, murmuró con una voz ronca

que ya no sonaba tan fría como antes. Sus manos descendieron por la espalda de

ella, buscando el cierre del vestido nupsal con la destreza de quien ha recorrido ese camino muchas veces. Clara

cerró los ojos, permitiendo que la oscuridad la envolviera mientras sentía la tela deslizarse por sus hombros,

dejándola expuesta ante la mirada de su esposo. “Espere, por favor. Tengo miedo”,

confesó ella en un hilo de voz, exponiendo su alma desnuda antes que su cuerpo. Pero Mauricio ya estaba inmerso

en una bruma de deseo, impulsado por una necesidad que iba más allá del contrato,

una set que la pureza de Clara parecía despertar violentamente en él. La

levantó en brazo sin esfuerzo, llevándola hacia la cama que dominaba el centro de la habitación como un

escenario preparado para una tragedia griega. Al depositarla sobre las sábanas frías,