Julián Valdemar no era un hombre que creyera en las corazonadas, sino en los datos. Como arquitecto de imperios

tecnológicos, su vida se regía por la precisión milimétrica y la lógica fría.

Sin embargo, esa mañana, mientras el sol de las 6 de la mañana se filtraba por

los ventanales de su residencia en las colinas, un peso gélido se instaló en su pecho. No era el viaje a Ginebra lo que

le perturbaba, era el silencio que reinaba en su propia casa. Un silencio que, según los informes de

su asistente y las cámaras de seguridad, aquellas que solo mostraban pasillos vacíos y entradas principales, debería

ser sinónimo de paz y orden. Hacía 6 meses que Elena había fallecido, dejando

un vacío que ni todo el oro del mundo podía llenar. Sus hijos, Mateo de 8 años y Sofía de 6

se habían convertido en sombras que deambulaban por la inmensa propiedad. Por eso, cuando contrató a Clara, se

sintió aliviado. Clara era la perfección encarnada, una mujer de unos 40 años con

recomendaciones impecables de la alta sociedad y un tono de voz suave que parecía calmar hasta las tormentas más

fieras. Bajo su cuidado, los niños habían dejado de llorar por las noches.

O, al menos eso era lo que Julián creía. “El chóer está abajo, señor Valdemar.”

anunció Clara, apareciendo en el umbral de la puerta con su uniforme impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Los niños siguen durmiendo. No quise despertarlos para la despedida. ya sabe lo difícil que es para ellos

verlo partir. Julián asintió ajustándose el nudo de la corbata frente al espejo.

Sus ojos se encontraron con los de Clara a través del reflejo. Por un segundo

detectó un destello de impaciencia en la mujer, una chispa de algo que no lograba descifrar.

Cuídelos bien, Clara. Volveré en 4 días. Si surge cualquier eventualidad, por

mínima que sea, llámeme de inmediato. No se preocupe por nada, señor.

Disfrute su viaje. Aquí todo estará bajo control, respondió ella, cerrando la

puerta atrás de él con una suavidad quirúrgica. Julián bajó las escaleras, cruzó el

vestíbulo de mármol y subió al coche negro que lo esperaba. Mientras el vehículo se alejaba por el

sendero arbolado, Julián sintió un impulso irracional. Sacó su teléfono y revisó la aplicación

de seguridad. La pantalla mostraba a Clara cerrando la puerta principal con llave. Luego la vio

dirigirse a la cocina. Nada fuera de lo común. Pero entonces Julián recordó algo. Mateo

le había entregado un dibujo el día anterior. En el papel no había soles ni flores,

sino una figura grande y oscura con múltiples ojos que vigilaba una puerta cerrada.

“Es el monstruo del silencio”, había susurrado el niño. A mitad de camino al

aeropuerto, Julián tomó una decisión drástica. Da la vuelta”, le ordenó al conductor.

Olvida el vuelo, “Señor, pero la reunión en Suiza.

He dicho que des la vuelta. Déjame en la entrada trasera, la de servicio, y vete

a casa. No le digas a nadie que no subía al avión.” El millonario descendió del

coche a unos metros de la propiedad. Caminó por el sendero oculto entre los setos, utilizando su llave maestra para

entrar por la bodega de vinos, una zona que las cámaras no cubrían por considerarse de bajo riesgo.

Su corazón latía con una violencia desconocida. Se sentía como un intruso en su propio

hogar, un espía de su propia tragedia. Al entrar, el aire de la casa se sentía

distinto. El perfume de la banda que Clara solía esparcir había desaparecido, reemplazado

por un olor acre, metálico, casi como el miedo. Julián se despojó de los zapatos

y subió las escaleras de servicio, evitando los escalones que sabía que crujían.

Al llegar al segundo piso, escuchó un sonido que le heló la sangre. No eran

risas, ni llantos, ni juegos. Era un golpe seco rítmico seguido de un

murmullo monótono que provenía del cuarto de juegos. se asomó por la rendija de la puerta

entreabierta y lo que vio desafió toda la lógica de su mundo ordenado. No había rastro de la niñera dulce y

eficiente. Clara estaba sentada en el centro de la habitación, pero no estaba jugando.

Frente a ella, Mateo y Sofía estaban sentados en el suelo, rígidos como estatuas, con las manos sobre las

rodillas. Lo más perturbador no era la postura, sino el hecho de que ambos niños tenían

los ojos vendados con telas negras. “El silencio es nuestra fortaleza”,

decía Clara con una voz que Julián no reconoció. Una voz cargada de una frialdad absoluta.

Si el ruido entra, el monstruo los encuentra. ¿Lo entienden?

Los niños asintieron mecánicamente sin emitir un solo sonido. Julián sintió que

el mundo giraba. Su primera reacción fue irrumpir y apartar a esa mujer de sus hijos. Pero

algo en la mirada perdida de Clara, que observaba fijamente una de las esquinas del techo, lo detuvo. ¿Qué estaba

haciendo realmente con ellos? ¿Era esto un castigo, un ritual o algo mucho más

siniestro que apenas comenzaba a vislumbrar? Julián retrocedió hacia las sombras del

pasillo, comprendiendo que si quería salvar a sus hijos, no podía simplemente aparecer. Necesitaba

saber hasta dónde llegaba la red de mentiras de la mujer en la que había confiado el tesoro más grande de su

vida. Julián se refugió en el antiguo despacho de su padre, una habitación que

apenas utilizaba y que permanecía cerrada bajo llave la mayor parte del año. Desde allí, gracias a un sistema de

monitoreo interno que solo él conocía y que no estaba conectado a la red principal de la casa, comenzó a

observar. El monitor mostraba imágenes granuladas, pero lo que escuchaba a través de los

micrófonos ocultos era nítido y aterrador. Después de lo que pareció una eternidad,

Clara se puso de pie. El sonido de sus tacones contra el suelo de madera era

como el de un metrónomo marcando el tiempo de una ejecución. “Pueden quitarse las vendas”, ordenó

Clara. Su voz ya no tenía la calidez que Julián había comprado con un salario

exorbitante. Era una orden seca, desprovista de humanidad.

Tienen 5 minutos para ir al baño y beber un vaso de agua. Si escucho un solo paso