El millonario despidió a la niñera sin motivo… hasta que su hija habló y lo dejó helado
La maleta cayó al suelo con un golpe seco. No fue un accidente, fue el sonido
de algo que se rompe por dentro. Catalina Reyes se quedó inmóvil, la mano
todavía aferrada a Alasa, los dedos blancos, tensos, como si soltarla fuera
aceptar lo que estaba pasando.

El eco del golpe rebotó en el corredor de
piedra y se apagó despacio, igual que la respiración que ella había estado
conteniendo desde que salió del despacho. Había luz de tarde en la
hacienda, una luz dorada, tibia, que entraba en diagonal y pintaba las
paredes color terracota con un brillo casi amable. El tipo de luz que engaña,
que hace creer que nada malo puede ocurrir cuando el sol cae así. Catalina
pensó con una claridad absurda que esa misma luz entraba todas las tardes al
cuarto de Renata y dibujaba sombras en el techo, un pájaro, una estrella, una
mariposa torpe que a la niña le hacía reír. Ahora la risa no estaba, solo el
silencio. Catalina se agachó y volvió a levantar la maleta. Pesaba más de lo que
debería, no por la ropa, tres blusas, dos pantalones de mezclilla, un vestido
azul cielo, sino por todo lo que no cabía ahí dentro. 3 años. 3 años
completos comprimidos en una cremallera que se resistía a cerrar. Avanzó unos
pasos y se detuvo frente a la escalera que bajaba al patio. 20 escalones.
Siempre los había contado cuando llevaba a Ren de la mano, porque la niña saltaba de dos en dos y ella le pedía que
tuviera cuidado. 20 escalones que ahora parecían más largos, más empinados.
“No mires atrás”, se dijo. Puso el pie en el primero. Uno. El olor a café de
olla que don Ernesto preparaba cada mañana. Fuerte, espeso, con canela.
Dos. Las mañanas en que Ren se metía en su cama pidiendo hotcakes con miel, cata
con mucha miel. Tres, el sonido del cepillo sobre el cabello rubio, el tirón
suave, la paciencia aprendida. Catalina bajaba despacio como si cada escalón
exigiera un recuerdo a cambio. Sentía el sol en la nuca, el aire tibio y aún así
tenía frío. Un frío interno, silencioso, que no se quitaba con nada. No entendía,
o tal vez sí, pero no quería decirlo en voz alta. Esa mañana Emiliano Aguirre la
había llamado a su despacho con la misma voz que usaba para hablar de números. Sin levantar la mirada de la pantalla,
sin una palabra de más. Ya no necesitamos tus servicios, Catalina. Plano, correcto, definitivo. Ella había
esperado algo más, una razón, una explicación, aunque fuera incómoda,
aunque doliera, pero no hubo nada, ni siquiera un gracias. ¿Hice algo mal?,
preguntó y le sorprendió lo firme que sonó su voz. Emiliano negó apenas con la
cabeza. No tiene que ver con tu desempeño. Eso fue todo. Catalina bajó
el cuarto escalón y apretó los labios. No lloró. Noí. Había llorado antes,
encerrada en el baño de servicio, con la toalla presionada contra la boca para no
hacer ruido. Había llorado mientras doblaba su ropa con movimientos
automáticos, como si fuera el cuerpo de otra persona el que obedecía. Cinco. El
vestido azul del cumpleaños de Ren doblado con cuidado. Seis. La blusa que
todavía olía al suavizante que usaba doña Lupita. Siete. Había cosas que no se llevó, no
pudo. El cepillo pequeño con una mariposa pegada en el mango se quedó sobre el tocador de la niña. Catalina lo
tomó una vez, lo sostuvo entre las manos y lo dejó. No le pertenecía. Pertenecía
a ese cuarto, a esa cama pequeña, a una vida que de pronto ya no era suya. Ocho.
Llegó al descanso de la escalera. y alzó la vista sin querer. La puerta del
despacho estaba cerrada, de madera oscura. Siempre lo estaba. Emiliano prefería el
orden, el control, las puertas cerradas. Catalina pensó con una punzada
inesperada en las noches en que él llegaba tarde y se detenía en el marco
de la sala. Observaba en silencio a Ren dormida sobre su pecho, mientras ella
fingía no notarlo. Fingía no sentir como el corazón se le aceleraba bajo esa
mirada. Eso estaba mal. Siempre lo supo. Nueve 10. Los sentimientos no piden
permiso. Llegan, se quedan y luego exigen un precio. 11. El auto negro
esperaba abajo con la cajuela abierta. El chóer evitó mirarla a los ojos. Nadie
preguntó nada, nadie dijo nada. Y eso fue lo peor, como si su salida fuera un
trámite, una línea que se tacha en una lista. 12. Catalina sintió la garganta
cerrarse. Pensó en Ren arriba, quizás abrazando la almohada sin entender por
qué su mundo se había encogido de golpe. Pensó en la promesa silenciosa que se
hacía cada noche al arroparla. Aquí estoy, no me voy. 13. No mires
atrás. 14. Al llegar al último tramo, una sombra se proyectó en el patio.
Catalina levantó la vista sin darse cuenta. En el balcón del ala oeste, una
mujer apoyaba el antebrazo en la barandilla, vestido claro, copa de vino
en la mano, cabello perfectamente acomodado. La mujer sonreía. No era una
sonrisa amplia, no mostraba los dientes, era pequeña, precisa, una sonrisa que no
necesitaba esfuerzo. Catalina no la conocía, o al menos eso creyó. Pero algo
en esa expresión, en la forma en que los ojos no acompañaban a los labios, le
provocó un escalofrío. 15. La mujer levantó la copa apenas como un gesto
educado, casi un saludo. 16. Catalina bajó la mirada. El corazón le golpeaba
fuerte, sin razón aparente. No inventes, se dijo. Estás cansada, estás dolida. 17
El sol empezó a ocultarse detrás de las montañas. La luz dorada se volvió más