El día que Rodrigo Santillán despidió a Elena Vargas, su empleada que acababa de

descubrir que estaba embarazada, jamás imaginó que años después ese mismo gesto

de crueldad lo condenaría a enfrentar la mayor humillación de su vida. Aquella

mañana de invierno, Elena salió por la puerta de servicio con una pequeña maleta de cartón, el rostro bañado en

lágrimas y una mano protegiendo su vientre apenas abultado. Tenía 23 años,

3 meses de embarazo y ningún lugar a donde ir. El hombre que la había

despedido sin siquiera mirarla a los ojos, seguía en su despacho firmando

documentos como si nada hubiera ocurrido. Para Rodrigo Santillán, dueño

de una de las empresas constructoras más poderosas del país, Elena era solo un

nombre más en la larga lista de empleados que pasaban por su vida sin dejar huella. una muchacha del campo que

había llegado a su casa buscando trabajo honesto, que limpiaba sus pisos de

mármol, lavaba su ropa cara y preparaba sus comidas sin jamás atreverse a

levantar la mirada. Pero cuando su esposa Mariana descubrió que Elena

estaba embarazada, no quiso saber de explicaciones. “¡Fuera de mi casa!”,

había gritado con desprecio. No voy a permitir que una mujer en esas condiciones esté cerca de mis hijos.

¿Qué van a pensar los vecinos? ¿Qué dirá la gente de nuestra familia? Rodrigo no

defendió a Elena, no preguntó quién era el padre, no ofreció ayuda, simplemente

llamó a su contador y ordenó que le pagaran lo mínimo que exigía la ley y

luego le indicó al chóer que la dejara en la terminal de autobuses. Si quieres

saber cómo continúa esta historia, déjame un comentario diciéndome desde qué país nos estás acompañando. Y si te

gusta este tipo de relatos, regálanos un like y suscríbete al canal para no

perderte ninguna historia. Elena subió a ese autobús con el corazón destrozado.

No llevaba dinero suficiente para llegar lejos, pero tampoco tenía a dónde regresar. Su pueblo natal era un lugar

donde las mujeres embarazadas y solteras eran juzgadas sin piedad, donde los

rumores se esparcían como fuego y donde su propia familia le había dado la

espalda años atrás. Así que decidió quedarse en la ciudad. Alquiló una

habitación pequeña en un barrio humilde. Consiguió trabajo limpiando casas ajenas

y cada noche, cuando regresaba con los pies hinchados y la espalda adolorida,

se acostaba con una mano sobre su vientre y le susurraba promesas a ese hijo que crecía dentro de ella. Te

prometo que no te faltará nada, mi amor. Te prometo que serás alguien en la vida.

Te prometo que nunca sentirás la humillación que yo sentí. Los meses pasaron entre lágrimas y esperanzas.

Elena trabajaba hasta el último día posible, ahorrando cada centavo, preparando todo para la llegada de su

hijo. Y cuando finalmente nació una madrugada lluviosa de primavera, Elena

lo sostuvo en sus brazos y lloró como nunca antes había llorado. Era un niño

hermoso, de ojos grandes y oscuros, con una mirada que parecía comprender todo

el dolor del mundo. Elena lo llamó Mateo como su abuelo. un hombre bueno que le

había enseñado que la dignidad no se mide con dinero. Los primeros años

fueron los más difíciles. Elena trabajaba de sol a sol, a veces en dos o

tres casas diferentes, mientras Mateo quedaba al cuidado de la señora Lucía,

una vecina anciana que lo cuidaba a cambio de comida o de algún favor. Había días en que Elena regresaba tan cansada

que apenas podía mantenerse en pie, pero siempre encontraba fuerzas para abrazar

a su hijo, para leerle cuentos prestados de la biblioteca, para hacerle creer que

el mundo era un lugar lleno de posibilidades. Mateo creció viendo a su

madre luchar. La veía salir antes del amanecer y regresar cuando ya estaba

oscuro. La veía contar monedas sobre la mesa para saber si alcanzaba para la renta y la comida. La veía quedarse sin

cenar para que él pudiera repetir el plato. Y aunque Elena jamás se quejaba,

aunque siempre tenía una sonrisa cuando él la miraba, Mateo entendió desde muy

pequeño que la vida no era justa para todos. “Mamá, ¿por qué trabajas tanto?”,

le preguntó una noche cuando apenas tenía 6 años. Elena lo abrazó contra su

pecho y cerró los ojos para contener las lágrimas. Porque quiero que tú tengas

todo lo que yo nunca tuve, mi amor. Quiero que estudies, que seas alguien

importante, que nunca tengas que agachar la cabeza ante nadie. Cuando sea grande

voy a trabajar para cuidarte, mamá. Te lo prometo. Y Mateo cumplió esa promesa

desde el día en que tuvo edad suficiente para ayudar. Comenzó vendiendo dulces en

la escuela. Luego lavó autos los fines de semana, después repartió periódicos en las

madrugadas. Cada peso que ganaba se lo entregaba a su madre con orgullo y Elena

lo recibía con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta. Pero lo que más

sorprendía a todos era la inteligencia de Mateo. En la escuela destacaba en

todas las materias, leía libros que parecían demasiado complejos para su edad y soñaba con ser médico. Sus

maestros veían en él un potencial enorme y más de uno le ofreció apoyo para que

continuara estudiando. Ese niño va a llegar lejos le dijo una tarde la

maestra Carmela a Elena. Tiene algo especial. No deje que las circunstancias

le roben su futuro. Elena apretó los labios y asintió. Por dentro, sin

embargo, sentía un miedo terrible. ¿Cómo iba a pagar una universidad? ¿Cómo iba a

darle a Mateo las oportunidades que merecía cuando apenas alcanzaba para sobrevivir? Pero el destino, esa fuerza

invisible que a veces parece burlarse de los planes humanos, tenía otros caminos preparados. Mientras Mateo crecía entre

sacrificios y sueños, Rodrigo Santillán vivía en un mundo completamente