El portón de la Hacienda San Jerónimo se abrió con un chirrido seco. Un hombre encorvado, ropa rota y pasos lentos se

acercó sin levantar la mirada. Nadie lo reconoció. Se llamaba Samuel Rojas. Tocó

la puerta con respeto y esperó. Cuando don Ernesto Valdivieso apareció, el

mendigo habló con voz cansada. Patrón, no pido dinero, solo un poco de comida.

El silencio que siguió fue más duro que cualquier respuesta. Don Ernesto lo miró con desdén, recorriéndolo de pies a

cabeza. Aquí no damos limosna, respondió frío. Samuel inclinó la cabeza. No

quiero problemas. Vengo caminando desde anoche. El patrón río sin humor. Los

problemas empiezan cuando gente como tú cruza mi portón. Samuel dio un paso atrás. Me iré. Solo pensé. Don Ernesto

lo interrumpió. Pensar no te da derechos. Desde la galería, Lucía Valdivieso, hija del

patrón, observaba incómoda. “Padre, déjalo ir”, dijo en voz baja. Don

Ernesto frunció el ceño. “Si cedo una vez, mañana vendrán 10.” Samuel levantó

la mirada por primera vez. “No volveré”, prometió.

Don Ernesto hizo un gesto impaciente. “Ya es tarde para promesas.”

giró y silvó con fuerza hacia el patio trasero. El sonido de cadenas tensándose

quebró el aire. Dos perros grandes comenzaron a ladrar con furia. Samuel

retrocedió pálido. “Por favor”, alcanzó a decir. Don Ernesto respondió sin

mirarlo. “Que aprenda a no volver.” Lucía llevó la mano a la boca. Nadie

allí sabía que aquel mendigo no había llegado por compasión y que soltar a los perros sería el error que marcaría la

caída de don Ernesto Valdivieso. Los perros avanzaron con furia, tensando las

cadenas. Samuel Rojas retrocedió hasta chocar con el portón. El miedo le cerró

la garganta, pero no gritó. No vengo a robar, dijo con voz quebrada. Don

Ernesto Valdivieso observaba con los brazos cruzados satisfecho.

Aprenderás a respetar límites respondió. El polvo se levantó bajo las patas de

los animales y el patio se volvió un escenario de humillación pública.

Lucía Valdivieso dio un paso al frente. “Padre, basta”, exclamó don Ernesto. La

detuvo con una mirada dura. “No te metas.” Samuel cayó al suelo al intentar

esquivar a uno de los perros. Se cubrió el rostro con los brazos. Por favor,

repitió. Don Ernesto, chasqueó la lengua. Si no te hubieras acercado, no

estarías así. La culpa era lanzada como una sentencia final. Un guardia dudó en

intervenir. Señor, quizás ya es suficiente. Don Ernesto lo interrumpió.

Ahora te apiadas. cumple órdenes. Samuel logró incorporarse con la

respiración agitada. Miró a don Ernesto a los ojos por un instante. No había

odio en su mirada, solo una calma extraña que desconcertó al patrón. Esto

no era necesario, dijo Samuel con una serenidad que nadie esperaba. Don

Ernesto soltó una carcajada breve. La necesidad siempre exagera. Silvó de

nuevo y los perros se detuvieron a pocos pasos. Samuel permaneció en el suelo

temblando. Lucía corrió hacia él. ¿Está bien? Preguntó. Samuel asintió despacio.

He pasado cosas peores respondió. Nadie entendió esa frase en ese momento. Pero

pronto esa calma inexplicable revelaría un pasado que don Ernesto jamás imaginó.

Samuel Rojas se incorporó con dificultad. El polvo cubría su ropa y una herida leve sangraba en su

antebrazo. Lucía le ofreció agua. “Tome, por favor”, dijo con voz temblorosa.

Samuel bebió despacio. “Gracias, señorita.” Don Ernesto observaba la

escena con impaciencia. “Ya tuvo suficiente atención.” “Que se vaya”,

ordenó. Samuel asintió. “Me iré. Solo quería evitar que esto terminara así.”

Lucía lo miró confundida. Evitar qué? Preguntó Samuel sostuvo su

mirada. La vergüenza que viene después. Don Ernesto soltó una risa burlona.

Vergüenza. Aquí mando yo. Samuel no respondió. Se puso de pie con esfuerzo y

caminó hacia el portón. Antes de salir se detuvo un segundo. “Ojalá nunca tenga

que reconocer a alguien cuando ya es tarde.” dijo con tono sereno. El guardia

cerró el portón tras Samuel. Don Ernesto chasqueó la lengua. Dramático hasta el

final, comentó. Lucía lo enfrentó. Padre, fue cruel. Don Ernesto respondió

sin mirarla. La crueldad es permitir que se acostumbren.

Lucía negó con la cabeza. No sabes quién era. Don Ernesto se encogió de hombros.

No me importa quién era. Aquí no vuelve. Samuel caminó por el camino polvoriento,

sin mirar atrás. Se detuvo a unos metros y respiró hondo. Así tenía que ser,

murmuró. Sacó del bolsillo interno de su chaqueta rota un objeto envuelto en

tela. Una vieja credencial oficial gastada, pero aún legible.

La guardó de nuevo con cuidado. Nadie en la hacienda sabía que acababan de humillar a un hombre, cuyo nombre

pronto resonaría donde más dolería. Samuel Rojas avanzó por el camino con pasos firmes pese al dolor. El sol caía

de frente y cada latido en el brazo herido le recordaba lo ocurrido. Se

detuvo bajo un árbol y limpió la sangre con cuidado. No fue el hambre lo que dolió, murmuró.

Fue el desprecio. A lo lejos, la hacienda seguía imponente, ajena al peso de sus actos.

En la casa principal, don Ernesto Valdivieso retomó su rutina. Que no vuelva a pasar, ordenó al guardia. Lucía

lo enfrentó con voz quebrada. Padre, no era un ladrón. Don Ernesto respondió

seco. La miseria siempre trae historias. Lucía negó. Había algo distinto en él.

Don Ernesto se sirvió una copa. Distinto o no, aquí mando yo. Esa tarde un

vehículo oficial se detuvo a varios kilómetros de la hacienda. Samuel se acercó con cautela. Un hombre