Apúrate, mi tiempo vale más que tu vida. [Música]

Un juez vendía indígenas como ganado, firmando sentencias falsas con toga

limpia y manos sucias, hasta que Pancho Villa lo arrancó de su pedestal y lo

entregó a quienes él había encadenado. Bienvenido al canal Cuentos de Villa.

Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate

porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Dicen los viejos de Chihuahua, aquellos que todavía se

juntan al calor del fogón cuando el sol se esconde detrás de la sierra, que hubo

un tiempo en que la ley servía para encadenar al pobre y proteger al rico.

No era cosa de gritos ni de balazos, no señor. Era cosa de tinta y papel, de

firmas que valían más que la vida de un hombre. Y en medio de esa maquinaria negra estaba él, el juez Laureano

Aguilar, hombre de traje limpio y manos sucias, que vendía indígenas como si

fueran bestias de carga. El juez Aguilar era de esos que engañan con apariencia.

Lo veías los domingos en la iglesia, en la primera banca, con la cabeza inclinada y el rosario entre los dedos.

daba limosna al salir, sonreía a las señoras decentes y nadie se atrevía a

pensar mal de un hombre que vestía tan bien y hablaba con tanta propiedad. Pero

detrás de las puertas cerradas de su tribunal, en ese lugar donde la justicia debería caminar derecha, él tejía una

red más cruel que cualquier trampa de cazador. Firmaba sentencias como quien

reparte tortillas, badiaje, rebelión, robo de maíz que nunca existió.

Cualquier pretexto servía para condenar a un raramuri, a un taraumara, a

cualquiera que tuviera la piel oscura. y la espalda fuerte. Los papeles iban de

su escritorio a las manos de asendados hambrientos de brazos baratos, de

tratantes que cruzaban la frontera con carretas llenas de gente amarrada. Y

todo con el sello oficial, con el peso de la ley escrita en letras gruesas. Las

rondas nocturnas eran el brazo ejecutor de ese demonio vestido de juez. Soldados

y rurales llegaban a las rancherías bajo la luna menguante, cuando el silencio

apenas se rompía por el canto lejano de algún búo. Decían buscar bandidos, armas

escondidas, rastros de revolucionarios, pero lo que buscaban en verdad eran

cuerpos jóvenes, manos capaces de trabajar hasta reventar. Entraban con

rifles listos, rodeaban las casas de adobe y sacaban a los hombres a

empujones. A veces también a las mujeres, a los muchachos que ya podían

cargar un costal. Las familias quedaban rotas. Los niños lloraban agarrados a

las faldas de las abuelas, viendo cómo se llevaban al padre, al hermano mayor,

al tío que cuidaba del sembradío. Las fogueras se apagaban solas porque ya no

había quien las alimentara. Los corrales quedaban abiertos porque no había manos

para cerrarlos. Y en el tribunal, el juez Aguilar anotaba otro nombre más en

su lista, calculando en su cabeza cuánto oró valdría esa vida. Entre los que

sufrieron la maldad de ese hombre estaba Lucinda, una anciana Raramuri, de ojos

hundidos y manos llenas de historia. Ella había visto partir a casi todos los

suyos. Primero se llevaron a su hijo mayor, ese muchacho fuerte que sembraba

como nadie y cantaba cuando el trabajo se ponía duro. Lo acusaron de robar

maíz, de esconder grano, que en realidad era cosecha limpia de su propio

esfuerzo. Llegaron de noche, lo arrastraron con las manos amarradas y

cuando ella trató de aferrarse a él, un soldado la apartó de un empujón que la

tiró al suelo. Después vino por la nuera de Lucinda, la esposa joven de su hijo.

La acusaron de ser cómplice, de saber dónde estaba el supuesto maíz robado. La

muchacha lloraba. Juraba por la Virgen de Guadalupe que no sabía nada, que jamás había robado ni un grano en toda

su vida. Pero las palabras de una india valían menos que el polvo en los caminos. Se la llevaron igual, dejando a

Lucinda cuidando de dos nietos pequeños que no entendían por qué su mamá no volvía. La última vez que vinieron fue

una madrugada sin luna, de esas en que el mundo parece más negro que el fondo

de un pozo. Lucinda escuchó los cascos de los caballos desde lejos y supo en el

fondo del pecho que venían por los que quedaban. Despertó a los nietos, intentó

esconderlos detrás de unas pacas de zacate seco, pero los soldados conocían todos los trucos. Revisaron cada rincón,

cada sombra. Encontraron a los muchachitos temblando, los jalaron sin piedad. Y cuando Lucinda se puso en

medio, gritando que no tenían derecho, que eran niños inocentes, uno de los

hombres le puso el rifle en la cara y le dijo con voz fría como piedra de río,

“Tú también vienes, vieja, a ver si aprendes a no criar ladrones.” Los

amarraron en fila, como si fueran animales, camino al mercado. Lucinda

sentía el lazo apretado en las muñecas. Sentía el miedo de los nietos que

caminaban delante de ella con pasos temblorosos. Les dijeron que los llevaban a una hacienda donde

aprenderían a trabajar de verdad, donde serían gente de bien. Pero ella sabía lo

que esas palabras significaban. Había oído las historias de los que nunca volvían, de los que morían en

campos lejanos, sin nombre ni cruz que los recordara. El camino serpenteaba por

la sierra. Subiendo y bajando entre piedras filosas y barrancos profundos.

El cielo estaba encapotado, cargado de nubes oscuras que amenazaban tormenta.

Cuando empezó a llover, fue como si los cielos lloraran por ellos. La lluvia

caía gruesa, pesada, convirtiendo la vereda en lodo resbaloso. Los caballos

se asustaron, relinchaban y pateaban el aire. Los soldados maldecían tratando de

proteger las armas de la humedad, de mantener el control de la fila de prisioneros. Fue en ese momento de

confusión, cuando el rayo iluminaba la sierra como si fuera de día y el trueno

hacía temblar la tierra, que Lucinda vio su única oportunidad.