No lo cercaron para intimidarlo, lo cercaron porque así se hacía en ese lugar. Ashik Bale estaba de rodillas, la

lengua pegada al paladar y las manos vacías. Frente a él, el jefe indígena

Taren alzó la voz ni una sola vez. No hacía falta. Puedo matarte ahora mismo

aquí. Sin ruido. Nadie se movió. Ashrik comprendió que aquello no era una

amenaza, era un hecho dicho en voz baja. Si mueres aquí, tu cuerpo no sirve para

nada. No alimenta a nadie, no detiene nada. Si te dejo ir sin trato, piel

blanca, volverás con hombres armados, con banderas, con fuego. Y mi gente

morirá igual, solo que más lento. Ashretó la mandíbula. No negó nada. No

podía. Dos guerreros empujaron hacia el frente a una mujer cubierta por un velo oscuro.

Avanzaba tensa, como si cada paso le arrancara un recuerdo.

Esta es mi hija y también es una carga que ya no puedo sostener aquí.

Nadie en mi pueblo la quiere, nadie la tocará. Y si se queda, alguien la matará

para que la mala suerte termine. El silencio cayó pesado, como tierra

sobre una fosa. Tú, en cambio, viniste solo. Viniste con

culpa en los ojos y cuando te rodeamos, no intentaste disparar.

El jefe dio un paso más. Ya estaban frente a frente. Te casarás con ella, la

llevarás a tu rancho. Mientras viva bajo tu techo, mi pueblo tendrá un lazo con los tuyos. Y mientras ese lazo exista,

habrá tiempo. Ashrzó la vista. Si dices que no. Continúa el jefe. Mueres aquí. Si la

abandonas, te busco. Si la vendes, te busco. Si la hieres, no habrá rincón

donde esconderte. hizo una pausa. Solo una. No te entrego

a mi hija dijo al fin. Te entrego mi última oportunidad.

El jefe se apartó. Los guerreros esperaron. Ashr entendió entonces que no había

elección, solo consecuencias, y asintió. Ya lo sabía. Un hombre tiene pocos

destinos en esta vida. morir joven, vivir lo suficiente para perderlo todo o

quedarse en pie cuando ya no queda nada que salvar. Corría el año 1865

y en el oeste esas cosas no se debatían. Se aprendían a golpes de realidad, con

tierra reseca, silencios largos y hombres que seguían andando solo porque

aún respiraban. La sequía no llegó de golpe, se metió

despacio como una mala costumbre. Primero desapareció el verde, luego el

olor a tierra viva y al final quedó el silencio. Los pozos bajaron tanto que el

balde golpeaba el fondo antes de mojarse y el viento levantaba polvo donde antes hubo pasto.

El rancho de Ashrick Bale seguía en pie, pero ya no era un hogar, era un sitio

que aguantaba por pura terquedad. Las reces flacas apenas se movían, no

por docilidad, sino por falta de fuerza. Ashraba cada mañana, sabiendo que no

podía salvarlas a todas. Y cada vez que decidía cuál viviría un día más, sentía

que firmaba una sentencia. Dormía poco, comía menos y cuando cerraba los ojos,

el fuego regresaba. El incendio había ocurrido años atrás, pero nunca se fue. El granero ardiendo

como antorcha, los gritos ahogados por la madera quebrándose, el olor dulzón y

repugnante de la carne quemada. Su socio no había salido.

Asrick, sí. Desde entonces el pueblo lo miraba distinto. No lo acusaban en voz

alta. No hacía falta. Bastaban las miradas que se apartaban.

Los saludos que morían antes de nacer, los silencios cuando él cruzaba la cantina.

Para muchos, Ashrick era el hombre que siguió vivo cuando otro no. Y en tiempos

duros, eso se parece demasiado a una maldición. Intentó vender el rancho, nadie lo

quiso. Pidió ayuda, nadie respondió. Incluso el predicador evitaba hablarle

más de lo necesario. Así que Ashr siguió solo, como siempre. Cada día hacía lo

mismo. Reparaba cercas que nadie cruzaba. Revisaba pozos casi secos.

Contaba animales que sabía que perdería, no por esperanza, sino por costumbre.

Porque mientras las manos siguieran ocupadas, la mente encontraba un breve silencio.

No soñaba con mañanas mejores, soñaba con resistir un día más. Cuando escuchó

hablar del manantial más allá de las colinas, no pensó en riqueza ni en milagros. Pensó en tiempo, un mes extra,

quizá dos, lo justo para no ver morir todo de una sola vez. Sabía que esas

tierras no le pertenecían. Sabía que nadie cruzaba ese límite sin pagar algo,

pero también sabía que quedarse equivalía a rendirse y Ashrick Baile ya

había perdido demasiado como para permitirse eso. Así que cargó el rifle,

llenó media cantimplora y partió antes del amanecer. No porque creyera que su vida mejoraría,

sino porque aún no estaba preparado para morir. En el oeste los rumores corren más rápido que las balas. No porque sean

verdad. sino porque la gente necesita aferrarse a algo cuando el polvo lo cubre todo.

Ashrlevaba meses oyendo hablar del manantial más allá de las colinas, un hilo de agua que no se secaba nunca,

un sitio donde la tierra todavía respiraba. Nadie sabía decir con precisión dónde

estaba y nadie que lo hubiera visto volvía con ganas de contarlo.

No hacía falta explicar más. Esas tierras no eran de nadie. y al mismo

tiempo no eran suyas. Cada vez que el nombre del lugar surgía en la cantina, la charla moría sola.

Alguien bajaba la voz, otro clavaba la mirada en el suelo. Los más viejos solo

negaban con la cabeza, como si ya hubieran enterrado a demasiados hombres por menos.

Ashck escuchaba, siempre escuchaba. Sabía que cruzar esas colinas era mala

idea. Sabía que ningún sorbo de agua valía una guerra, ni un cuchillo en la