El hijo del millonario prometió casarse con una niña que lo alimentó. Volvió

años después el encuentro en el abismo. El viento helado de noviembre no era lo

único que cortaba la piel de Adrián esa tarde. A sus 10 años, el frío que sentía

en los huesos no provenía del clima, sino de ese vacío inmenso y oscuro que

se había instalado en su pecho hacía apenas unas horas. estaba de pie,

aferrado a los eslabones oxidados de una vieja cerca perimetral en un barrio que

sus guardaespaldas jamás pisarían. Su sudadera gris, de una marca carísima

que en ese contexto no valía nada, estaba rasgada por la huida. Se había

enganchado en un alambre al saltar el muro de la mansión, pero no le importó.

Solo quería correr, correr lejos de los techos altos, del silencio sepulcral de

los pasillos y, sobre todo, lejos de él. Adrián respiraba con dificultad. El aire

de la ciudad olía a humo y a humedad, un contraste violento con el aroma a la

banda y cera de abejas de su casa. Sus manos, blancas y suaves, apretaban el

metal oxidado hasta que los nudillos se pusieron blancos. El estómago le rugió. Un sonido gutural

que le recordó que en su desesperación había salido sin desayunar y sin

almorzar, pero su orgullo era más fuerte que su hambre. Prefería desmayarse en

esa acera sucia antes que volver a pedir una migaja de atención a quien se suponía debía protegerlo. Fue entonces

cuando sintió una presencia. No era una amenaza, sino una quietud curiosa.

Adrián giró la cabeza bruscamente a la defensiva. A unos 2 metros de él, parada

como un espectro de la realidad urbana, estaba ella. Era una niña de su misma

edad, quizás un poco más baja. Su cabello rubio estaba enmarañado, como si

el viento hubiera jugado con él durante días sin pedir permiso.

Su ropa era un mapa de su vida, pantalones desgastados en las rodillas,

un suéter que le quedaba grande y zapatos que habían perdido su color original hacía mucho tiempo. Pero sus

ojos, sus ojos no tenían nada que ver con su ropa. Eran limpios, profundos y

de una claridad que desarmó a Adrián al instante. No había juicio en ellos, no

había lástima, solo había reconocimiento. La niña no dijo nada al principio,

simplemente dio un paso al frente. En sus manos, sucias por el polvo de la calle, sostenía un objeto que parecía

ser su posesión más valiosa. Una lonchera de plástico azul. Estaba rayada, vieja, y el cierre parecía

flojo, pero ella la sujetaba con la delicadeza con la que un rey sujetaría

una corona. Adrián retrocedió un paso chocando su espalda contra la cerca. El

instinto que le habían inculcado, el de desconfiar de los extraños, el de no

mezclarse, se activó por un segundo. “Vete”, murmuró Adrián con la voz

quebrada, intentando sonar valiente y fallando miserablemente.

La niña no obedeció. En lugar de irse, sonró. Fue una sonrisa tímida a la que

le faltaba un diente de leche, pero que iluminó ese rincón gris de la ciudad con

más fuerza que el sol que se ocultaba tras los edificios de ladrillo. “Tienes

cara de que te duele la panza”, dijo ella. Su voz era ronca pero suave.

Adrián parpadeó confundido por la franqueza. “No es cierto, no tengo

hambre.” La mentira murió en el aire cuando su estómago volvió a rugir, esta vez más

fuerte, como traicionándolo deliberadamente. Adrián sintió que el calor subía a sus

mejillas. La vergüenza de ser descubierto en su vulnerabilidad era peor que el frío. Bajó la mirada

esperando la burla, pero la burla nunca llegó. La niña se acercó dos pasos más,

invadiendo ese espacio personal. que Adrián siempre había mantenido blindado.

Con movimientos lentos para no asustarlo, levantó la lonchera azul hacia él. “Mi mamá dice que el hambre

duele más que un golpe”, dijo ella con una sabiduría que no correspondía a su

edad. “Y tú tienes ojos de dolor.” Adrián miró la lonchera, luego miró a la

niña. “¿Por qué?”, preguntó genuinamente desconcertado.

“¿No me conoces? No sabes quién soy. Podría ser malo. La

niña se encogió de hombros, restándole importancia al drama moral de Adrián.

Nadie es malo cuando tiene hambre, solo están enojados. Ten. Ella empujó la

lonchera contra el pecho de Adrián. Él, por inercia, levantó las manos y la

tomó. El plástico estaba tibio, calentado por las manos de ella. Fue el

primer contacto humano cálido que había sentido en todo el día, quizás en toda

la semana. Adrián se quedó allí paralizado, sosteniendo el tesoro de esa

desconocida. Miró a su alrededor. La gente pasaba caminando rápido,

ignorándolos. Para el mundo solo eran dos niños más en una acera cualquiera.

Un niño con ropa rota de marca y una niña con ropa rota de pobreza. Pero en

ese metro cuadrado de cemento, algo monumental estaba ocurriendo. El

universo de Adrián, que hasta ese momento giraba en torno a su propio dolor, acababa de chocar con la

generosidad absoluta de quien no tenía nada. Ábrela”, insistió ella con un

brillo de emoción en los ojos, como si darle su comida fuera el mejor regalo

que ella misma pudiera recibir. Adrián, con los dedos temblorosos por el frío y

la emoción contenida, soltó el broche de la lonchera. El contexto y la humillación.

La tapa de la lonchera se abrió con un crujido plástico. Dentro no había un

banquete, no había caviar, ni los canapés sofisticados que servían en las fiestas de su padre a las que él tenía

prohibido bajar. Había medio sándwich. El pan estaba aplastado, la lechuga se

veía marchita y el jamón era una lámina transparente de lo delgado que estaba

cortado. Al lado había una manzana pequeña y golpeada. Para cualquier otro

niño de la clase social de Adrián, aquello habría sido basura. Pero Adrián