El burro que corrió contra la muerte
La azada cayó de sus manos.
Pedro agarró su camisa, sintiendo su corazón latir salvajemente, irregularmente, dolorosamente.
—No… no… ahora no… —jadeó, dando un paso tambaleante.
Sus rodillas cedieron.

Cayó pesadamente al suelo polvoriento, entre las hileras de maíz que él mismo había sembrado con años de esfuerzo. El dolor en su pecho era aplastante, como si alguien estuviera apretando su corazón con un puño de hierro. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero no salió ningún sonido, solo un gemido ahogado.
A pocos metros, bajo la sombra de un árbol seco, Pancho, su burro, levantó la cabeza.
El animal observó a su dueño retorciéndose en el suelo.
Pedro extendió una mano temblorosa hacia él.
—Ayuda… —susurró.
La oscuridad comenzó a cerrar su visión. Su mano cayó inerte sobre la tierra.
Pancho se puso de pie de inmediato.
Trotó hasta Pedro y bajó el hocico para olerlo. El hombre no se movía. Sus ojos estaban entreabiertos, la respiración superficial y errática. Pancho lo empujó con la nariz.
Nada.
Lo empujó más fuerte.
Pedro soltó un gemido débil, pero no abrió los ojos.
El burro levantó la cabeza y miró alrededor.
El campo estaba vacío. Solo viento y maíz.
La casa de Pedro quedaba a más de un kilómetro.
No había nadie. Nadie que pudiera ayudar.
Pancho comenzó a caminar en círculos alrededor del cuerpo, rebuznando con fuerza. Su voz era desesperada, urgente, casi humana. Pero solo le respondía el murmullo de las hojas.
Entonces se detuvo.
Miró hacia el horizonte.
A lo lejos, sobre los tejados rojos, se alzaba el campanario de la iglesia del pueblo.
Gente.
Ayuda.
Pancho miró una vez más a Pedro. Su dueño estaba muriendo.
Y tomó una decisión.
Salió corriendo.
Sus cascos golpearon la tierra con una urgencia nunca vista en un animal de carga. Pancho galopaba por el camino polvoriento como si lo persiguiera la muerte misma.
Los burros no corren así.
Caminan despacio, tercos, pausados.
Pero Pancho corría como un caballo de carreras.
Entró al borde del pueblo sin disminuir la velocidad. Las primeras casas aparecieron. Gallinas salieron volando. Un perro empezó a ladrar. Pancho rebuznaba con fuerza, girando la cabeza, llamando la atención.
—¿Y ese burro? —preguntó un hombre en la calle.
Pancho siguió hasta la plaza central. Dio vueltas alrededor de la fuente, rebuznando sin parar, golpeando el suelo con las patas delanteras.
La gente comenzó a salir.
—Ese es el burro de Pedro —dijo una mujer—. Algo pasa.
Pancho se detuvo, miró a los presentes y luego corrió unos metros… se detuvo… regresó… volvió a correr en dirección al campo.
Como llamándolos.
—Nos está guiando —dijo el cura del pueblo—. Síganlo.
Tres hombres y una mujer salieron tras él.
Pancho corrió todo el camino de vuelta, sin equivocarse ni una sola vez. Cuando llegaron al campo, Pedro yacía donde había caído, pálido, apenas respirando.
—¡Está vivo! —gritó alguien.
Lo cargaron como pudieron y lo llevaron al pueblo. El médico actuó rápido. Ataque al corazón, dijo. Minutos más y no lo contaba.
Horas después, Pedro abrió los ojos.
Lo primero que vio fue a Pancho, atado junto a la cama, mirándolo fijo.
—Me… me salvaste —susurró Pedro con lágrimas rodando por su rostro.
Pancho rebuznó suavemente.
Desde ese día, en el pueblo se cuenta una historia que nadie olvida:
Que una vez, cuando no había nadie más…
cuando el campo estaba vacío…
cuando la muerte ya extendía la mano…
Un burro corrió contra su propia naturaleza
para salvar al único humano que lo había tratado como familia.
Porque la lealtad verdadera
no entiende de especies
ni de límites.
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