Doña Rosa terminó de envolver los

últimos elotes con extremo cuidado, uno
por uno usando hojas viejas de
periódico.
No eran elotes cualquiera, eran los
mejores de la cosecha, los más grandes,
los más llenos, los que siempre separaba
exclusivamente para Miguel.
Desde hacía años, cada temporada hacía
lo mismo, apartarlos. limpiarlos,
envolverlos y enviarlos a la ciudad con
la esperanza de que su hijo los comiera
y, aunque fuera por un momento,
recordara de donde venía.
Sus manos temblaban ligeramente.
Las uñas estaban negras de tierra,
imposibles de limpiar del todo, por más
que se restregara con jabón.
Eran manos curtidas por el sol, el frío
y el trabajo de toda una vida.
Con movimientos lentos acomodó el
paquete dentro de la bolsa de mandado,
como si se tratara de algo frágil, algo
valioso. Se levantó despacio.
La espalda le crujió al enderezarse.
Años y años dobladas sobre el surco
habían dejado su marca.
caminó hasta la ventana donde un pequeño
frasco de vidrio descansaba siempre en
el mismo lugar.
Lo tomó, lo abrió y volcó su contenido
sobre la mesa. Monedas de diferentes
tamaños, algunas viejas, otras casi
lisas, de tanto uso. Las contó una por
una en silencio. “Todavía no es
suficiente”, susurró para cuando Miguel
lo necesite. Volvió a guardar las
monedas con cuidado y cerró el frasco.
Al día siguiente, tras seis largas horas
de camino, Rosa llegó a la ciudad.
Bajó del autobús con dificultad.
En una mano llevaba la bolsa con los
elotes, en la otra un sobre amarillento
que contenía las escrituras del terreno.
La granizada había destruido toda la
cosecha.
No quedaba nada,
ni maíz, ni frijol, ni esperanza para la
siguiente siembra. Miguel la esperaba
afuera de su edificio.
Bien vestido, apurado, mirando
constantemente el celular.
Cuando la vio, sonrió apenas. Mamá. Rosa
avanzó hacia él, pero se detuvo cuando
notó que no la invitaba a entrar. Aquí
afuera platicamos”, dijo el rápido.
“Lorena está descansando.” Rosa asintió.
Le explicó todo. La granizada, las
deudas, la tierra seca, el miedo de
perderlo todo.
Miguel escuchaba, pero su mirada iba y
venía al reloj. “Tú siempre sales
adelante”, dijo al final.
“Eres fuerte.
El rancho es lo tuyo. Sacó un billete de
200 pesos del bolsillo y se lo tendió
junto con un boleto de autobús. ¿No
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