El heredero tenía fiebre sin parar. La médica abrió su almohada favorita y

halló un nido de insectos. La fiebre había regresado. Diego Santibáñez

Cortés, de 6 años y medio, único heredero de un imperio hotelero que

controlaba 47 propiedades de lujo en toda América Latina con valor estimado

de 3200 millones de dólares, estaba acostado en su cama King Size importada

de Italia, que costaba 280,000 pesos. en su habitación de 80 m², decorada con

tema de astronautas por un diseñador de interiores famoso que había cobrado cuatro 5 millones de pesos solo por el

concepto rodeado de juguetes educativos caros que prometían desarrollar su

coeficiente intelectual con aire acondicionado, manteniendo la temperatura perfecta a 22ºC

con purificador de aire EPA corriendo constantemente para eliminar cualquier alérgeno posible. Y

nada de ese control ambiental perfecto, ninguna de esas precauciones elaboradas,

ninguno de esos sistemas de filtración caros importaba porque Diego ardía en

fiebre otra vez. 39 4 gr celus según el

termómetro digital de última generación que costaba 3500 pesos y que su madre

Mariana Cortés de Santibáñez sostenía con manos temblorosas mientras leía y

releía el número como si mirarlo suficientes veces fuera a hacerlo cambiar. No, no, otra vez no. Mariana

susurró su voz quebrándose. Solo han pasado 4 días desde la última

vez. Cuatro días. Dijeron que los antibióticos lo curarían. Dijeron que

esta vez sería la última. Jin Diego gimió débilmente. Su carita empapada en

sudor, su cabello negro pegado a su frente. Tenía rasgos delicados heredados

de su madre. Ojos grandes, color avellana, nariz pequeña y respingada,

piel que normalmente era color canela saludable, pero que ahora estaba pálida

con manchas rojas de fiebre. vestía pijama de seda de marca infantil cara

que su abuela paterna, Beatriz Santibáñez de Santibáñes, había insistido en comprarle, porque el

heredero de los antibáñes debe usar solo lo mejor, incluso para dormir. Pero la

pijama cara de 4500 pesos estaba empapada de sudor. El edredón de plumas

de ganszo egipcio de 45000 pesos había sido pateado al pie de la cama porque

Diego se sentía alternativamente helado y después quemándose. Y lo único que

Diego aferraba contra su pecho, lo único que parecía darle consuelo, incluso en

medio de su fiebre delirante, era su almohada favorita. No era una almohada

cara. No era de la colección de ropa de cama de diseñador que decoraba su cama.

Era una almohada simple, de tamaño infantil, confunda de algodón azul

claro, decorada con estrellas amarillas bordadas. Se veía desgastada, amada, el

tipo de almohada que un niño lleva a todos lados porque representa seguridad y comodidad. Su abuela, Beatriz se la

había regalado hace tres meses para su sexto cumpleaños. Para mi nieto precioso. Había dicho con

esa sonrisa que usaba cuando había otras personas mirando. Esa sonrisa que nunca

llegaba a sus ojos cuando veía a Mariana. Una almohada especial hecha a

mano por artesanos en Oaxaca, rellena con plumas naturales y hierbas

aromáticas tradicionales que ayudan a los niños a dormir profundamente,

mucho mejor que toda esta basura sintética moderna que su madre probablemente compraría. Ese último

comentario había sido dicho lo suficientemente bajo para que solo

Mariana lo escuchara, pero lo suficientemente claro para que Mariana

entendiera el mensaje. Tú no eres suficientemente buena para mi hijo. No

eres suficientemente buena para mi nieto y nunca lo serás. Diego había amado la

almohada inmediatamente. Decía que olía bien como flores y hierba. Dormía con ella todas las

noches. La llevaba al sofá cuando veía televisión. La abrazaba cuando se sentía

enfermo o triste. Se había convertido en su objeto de consuelo, su compañera

constante. Y tres semanas después de que Beatriz le regalara esa almohada, Diego

había desarrollado su primera fiebre. Mariana había pensado que era solo un resfriado. Los niños de 6 años se

enferman, es normal. Especialmente Diego, que iba a escuela privada

bilingüe, donde 300 niños de familias ricas se mezclaban, compartían gérmenes,

traían virus a casa, nada preocupante. Pero la fiebre no había cedido con

tyenol infantil. Había subido a 39 gr, luego a 39.5.

Diego se quejaba de dolor en todo el cuerpo, de escalofríos, de que todo le

dolía. Lo había llevado a su pediatra privado, el Dr. Hernández, quien cobraba

4500 pesos por consulta en su clínica de lujo en Polanco. Probablemente infección

viral. El Dr. Hernández había dicho después de examen rápido. Dele

paracetamol. Muchos líquidos. Reposo. Debería mejorar en 3 c días.

Pero Diego no había mejorado. La fiebre había persistido por 8 días. Mariana lo

había llevado de vuelta. Esta vez el doctor Hernández había ordenado análisis

de sangre completos. Los resultados mostraban leucocitos elevados indicando

infección, pero nada específico. Podría ser infección bacteriana. Vamos a

intentar antibióticos de amplio espectro. Los antibióticos habían

funcionado. Después de 5 días de amoxicilina, la fiebre había bajado.

Diego había vuelto a ser el niño energético y curioso que siempre había sido. Mariana había suspirado con

alivio, pero dos semanas después la fiebre había regresado. Igual de alta,

igual de repentina. Más análisis de sangre, leucocitos elevados otra vez.

Antibiótico diferente, esta vez uno más fuerte, cefalexina.

La fiebre había cedido después de 6 días, una semana de normalidad. Luego la

fiebre había regresado otra vez y otra vez y otra vez. En tres meses, Diego