Morelos, México. Octubre de 1916. El aire olía a muerte. No era el olor de

los campos de batalla donde Emiliano Zapata había derrotado a federales y ascendados durante 6 años de guerra. No,

este olor era más vil, más cobarde. Era el olor del veneno mezclándose con

frijoles en una cocina de hacienda. Era el olor de la traición servida en platos

de porcelana fina. Era el olor de 500 pesos de oro comprando el asesinato del

caudillo del sur. Y en el centro de toda esta podredumbre estaba un hombre que ni

siquiera merecía ese nombre. Don Sebastián Villalobos y Mendoza. Déjame

pintarte al compadre, para que entiendas qué clase de bestia planeaba matar a Zapata con veneno en lugar de

enfrentarlo como hombre. Don Sebastián medía 1,85.

alto para su época. Pero su altura no venía de nobleza ni de dignidad. Venía

de generaciones de europeos que habían llegado a México para robar tierras que

no les pertenecían. Tenía 52 años, pero su cuerpo gordo y fofo parecía de 70. La

buena vida de explotar campesinos le había dado panza de cerdo y papada de

sapo. Sus ojos eran pequeños, oscuros, hundidos en una cara redonda y pálida,

que nunca había visto un día de trabajo honesto. Usaba bigote grueso, engomado

con cera francesa, siempre perfectamente arreglado, incluso cuando el resto del

país se desangraba en revolución. Vestía trajes de lino blanco importados de

España, chalecos de seda, relojes de oro macizo que colgaban de cadenas gruesas

sobre su panza. En su dedo meñique derecho brillaba un anillo con esmeralda

del tamaño de un ojo de caballo. Ese anillo había sido pagado con la sangre

de 300 peones que trabajaban sus cañaverales desde antes de que saliera

el sol hasta después de que se ocultara. Don Sebastián era dueño de la hacienda

San Jerónimo. 15,000 hectáreas de las tierras más fértiles de Morelos, tierras

que sus ancestros habían robado a los pueblos originarios hacía dos siglos.

Tierras regadas con sudor de familias completas que morían sin conocer otra

cosa que trabajo y hambre. Pero lo que hacía a don Sebastián verdaderamente

despreciable no era su codicia, era su crueldad gratuita. Cuentan que una vez

mandó quemar vivo a un peón de 17 años porque había robado dos elotes para

alimentar a su madre enferma. Ordenó que toda la hacienda viera como el muchacho

gritaba mientras las llamas lo consumían. Para que aprendan dijo

fumando un puro cubano mientras el chico se retorcía. Cuentan que violaba a las

hijas de sus trabajadores la noche antes de que se casaran, como si fuera un

derecho feudal. Las niñas llegaban llorando a sus bodas y los padres no

podían hacer nada porque protestar significaba muerte para toda la familia.

Cuentan que sus perros comían mejor carne que los niños de sus peones y que

cuando algún trabajador se quejaba, don Sebastián lo hacía trabajar tres días

sin agua bajo el sol de Morelos, hasta que caía muerto de sed. Este era el

hombre que ahora planeaba matar a Emiliano Zapata. ¿Por qué? Porque Zapata

representaba todo lo que don Sebastián odiaba, justicia, dignidad, tierra para

quien la trabaja. Zapata había liberado a docenas de haciendas en Morelos

devolviendo las tierras a los pueblos. La hacienda San Jerónimo estaba en su lista. Don Sebastián lo sabía. Y cuando

un hombre como él no puede ganar con honor porque no tiene honor, busca ganar

con veneno. Había contactado en secreto al coronel federal Esteban Maldonado, un

traidor que vendía información a quien pagara más. Entre whisky escocés y puros

sabanos habían diseñado el plan más cobarde de toda la revolución.

invitarían a Zapata a negociar la paz en la hacienda San Jerónimo. Una cena de

reconciliación, pan y sal compartidos. Y durante esa

cena, mientras Zapata comía confiado en la palabra de hombre sin palabra, el

arsénico haría su trabajo silencioso. Para la mañana siguiente, el caudillo

del sur estaría muerto y don Sebastián volvería a dormir tranquilo en sus

sábanas de seda, sabiendo que sus tierras robadas seguirían siendo suyas.

Pero hay algo que don Sebastián no sabía, compadre. Hay algo que ningún hacendado, ningún federal, ningún

traidor entendía sobre la revolución del sur. No peleaban solos. El pueblo entero

era los ojos y oídos de Zapata, cada niño descalso, cada mujer en la cocina,

cada anciano en el portal. Todos eran parte de algo más grande que ellos mismos. Todos eran la revolución viva. Y

en la cocina de la hacienda San Jerónimo, mezclando masa para tortillas con sus manitas pequeñas y llenas de

callos, estaba una niña de 9 años que estaba a punto de cambiar la historia de

México. Su nombre era Lupita. Lupita González, hija de peones. Nacida en un

jacal de adobe sin ventanas. Nunca había ido a la escuela. No sabía leer ni

escribir. Dormía en un petate en el piso de tierra. Comía una vez al día, si

había suerte, dos veces si había milagro. Sus pies descalzos estaban

cuarteados por caminar sobre tierra caliente. Sus manos eran las de una

mujer adulta, envejecidas por el trabajo desde los 5 años. Pero Lupita tenía algo

que don Sebastián jamás tendría. tenía honor y ese honor estaba a punto de

enfrentarse a la decisión más terrible que una niña puede tomar. Porque cuando

Lupita escuchara el plan de envenenar a Zapata, sabría que tenía dos caminos. Se

advertía al caudillo del sur, salvaba al héroe del pueblo, pero condenaba a su padre, a su madre, a sus tres hermanos