El hombre que iba a colocar a un niño frente a un hormiguero jamás imaginó lo
que ocurriría cuando el polvo del desierto comenzó a levantarse.

Dicen que en San Miguel del desierto todos tenían miedo. Hasta ese día las
mujeres murmuraban oraciones, los hombres baixaban la mirada y el pequeño
Benito lloraba sin entender por qué la hambre podía costarle tan caro.
Pero en medio del silencio tenso, algo cambió. Un sonido se acercaba, un galope
firme, decidido, un destino que venía a poner fin a una injusticia que nadie más
se atrevía a enfrentar.
El amanecer en San Miguel del desierto siempre llegaba lento, como si el sol
dudara antes de asomarse sobre aquellas casas de barro rajado. Aquella mañana, sin embargo, el sol no
fue lo primero en despertar, sino el grito, un sonido agudo, quebrado, que
rasgó el aire silencioso, como si alguien hubiera cortado una cuerda tensa de repente. El polvo se levantó antes
que la luz. Las gallinas asustadas corrieron en círculos. Osos de sombra se
movían entre los callejones estrechos. Y entonces, entre ese caos silencioso,
apareció la figura del capataz Mateo Roldán, arrastrando a un niño flaco,
descalzo, cubierto de tierra seca. El niño se llamaba Benito y apenas tenía
fuerza para mantenerse de pie. Su cuerpo temblaba, no por frío, no existía frío
en aquel lugar, sino por algo más profundo, algo que se siente en el pecho
antes que en la piel. El capataz lo sujetaba por el brazo como si fuera un
saco de maíz. Cada paso arrancaba un grito del pequeño, no por la fuerza del
tirón, sino por el terror de no entender lo que iba a pasar. Las mujeres del
pueblo empezaron a salir de sus casas. Doña Remedios con el cabello recogido en
un moño apretado. Juana cargando a su bebé aún medio dormido. María Luz, que
apenas podía caminar después de años de trabajo en los campos. Todas tenían el
mismo gesto, espanto, porque todos sabían lo que significaba ver al capataz
arrastrar a alguien tan temprano. El asendado Cayetano Madera estaba de mal
humor y cuando él estaba de mal humor, el pueblo entero temblaba.
¿Qué está pasando, Mateo?, preguntó doña Remedios con voz temblorosa. El chamaco
robó una gallina, respondió él sin siquiera mirar atrás. Las mujeres se
quedaron inmóviles. Una gallina, una simple gallina. Pero en San Miguel del
desierto, una gallina podía significar comida para una familia entera durante dos días y también podía significar la
furia del acendado desatada sin compasión. Benito sollozó. Solo tenía
hambre. Esas palabras golpearon a todas las madres que escucharon. El hambre de
un niño no es un delito. El hambre de un niño es un grito pidiendo ayuda. El
capataz no se detuvo. Siguió caminando hacia la parte más seca de la aldea,
donde la tierra se abría en montículos rojizos, el territorio de los
hormigueros gigantes, los más temidos de la región. Nadie se acercaba allí sin un buen
motivo. El polvo seguía subiendo en espirales alrededor de ellos, como si el
aire mismo quisiera esconder lo que estaba por ocurrir. A lo lejos, alguien
gritó, “¡Laureano, tu hijo!” Era Juana, avisándole al padre del niño, don
Laureano, un hombre humilde, curtido por el sol y la miseria, pero con un corazón
tan grande que todos en el pueblo lo respetaban. Laureano salió corriendo de su choosa,
descalzo sin camisa, como si la vida se le fuera en cada paso. “Benito, gritó.
El niño intentó voltear, pero el capataz lo empujó hacia delante haciéndolo tropezar. Las mujeres comenzaron a
llorar. Los hombres apretaron los puños impotentes. El pueblo entero sintió como
el cielo se oscurecía, incluso con el sol ya naciendo. El hacendado Cayetano
Madera salió finalmente de su casa grande con su sombrero ancho, botas
limpias y mirada fría. Caminó hacia el grupo con una sonrisa torcida. Hoy
aprenderán, dijo con voz profunda, que en mi hacienda nadie toca lo que es mío.
Señaló el hormiguero. El corazón del pueblo se detuvo. Benito
dio un paso atrás, buscando a su padre con los ojos inundados. Don Laureano
intentó correr hacia él, pero dos guardias lo detuvieron. “Por favor, es
solo un niño”, suplicó. Pero las súplicas en ese terreno se perdían como
el viento entre los cactus. El hormiguero brillaba bajo la luz nueva del día. Las hormigas grandes de
caparazón rojizo y negro subían y bajaban en un movimiento inquietante.
Benito cayó de rodillas llorando. El capataz lo levantó de nuevo y entonces
algo inesperado ocurrió. El viento cambió. Un sonido extraño empezó a
escucharse en la distancia. No eran gritos, no era polvo, era el galope. La
tierra vibró bajo los pies de todos. Las mujeres se miraron, los hombres se
incorporaron, los guardias desviaron la mirada inquietos. El padre del niño
susurró una sola palabra con un rayo de esperanza.
Villa y el pueblo entero sintió que por primera vez en mucho tiempo algo
parecido a la justicia estaba llegando. El sol ya estaba arriba, pero su luz no
traía alivio. Al contrario, parecía intensificar la angustia que caía sobre
cada rincón del pueblo. El aire ardía, vibraba como si el mismo desierto
contuviera la respiración. Las mujeres, reunidas en un semicírculo,
llevaban las manos en la boca para contener los soyozos. Los hombres, rígidos, con los brazos cruzados,
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