El amanecer apenas tocaba las montañas cuando un grito desgarró el aire en el

pequeño pueblo de Canutillo. El federal sargento Morales, un hombre conocido por

su crueldad y por sentir placer en humillar a los débiles, había llegado al

pueblo exigiendo contribuciones para el gobierno. Pero esa mañana su furia encontró un

blanco demasiado fácil, un anciano encorbado que caminaba despacio cargando

un saco de leña más grande que él. Los testigos lo vieron venir y callaron,

porque Morales siempre golpeaba primero y preguntaba después. El anciano, de

barba gris, manos gastadas y mirada cansada, trató de explicarse. Señor,

esta leña es para mi casa. No tengo con qué pagar. El federal lo interrumpió con

un empujón violento. Viejo inútil, te crees con derecho a guardar algo para ti. La gente del

pueblo contuvo el aliento. Sabían que Morales disfrutaba romper huesos como quien quiebra varas secas. Y entonces

ocurrió. El federal tomó al anciano del pecho, lo levantó unos centímetros del

suelo y gritó, “Respóndeme cuando te hablo.” El anciano trató de sostenerse, pero era demasiado débil. Su voz salió

quebrada. “Por favor, tengo familia.” Morales lo arrojó contra una pared de adobe. El

golpe resonó por toda la calle. Una mujer gritó. Un niño se escondió detrás

de su madre y el federal, enloquecido, se lanzó encima del viejo como una

bestia. Le propinó un puñetazo en las costillas, otro y otro, hasta que un

crujido seco, brutal, rompió el silencio del pueblo. Las costillas del anciano se

dieron bajo la bota del federal. El viejo cayó de rodillas tosiendo sangre,

incapaz de gritar. Morales escupió al suelo. Así aprenderás, perro. Nadie

desobedece al gobierno. Las miradas aterrorizadas de los campesinos seguían cada movimiento. Entonces

pálida como la luna murmuró algo que heló la sangre de quienes la escucharon.

Ese hombre, ese viejo, es el padre de Doroteo Arango. El federal no escuchó.

siguió humillándolo, pisoteándolo, rompiéndole el alma y los huesos. Pero

el desierto sí escuchó, el viento también. Y ambos sabían lo que significaba ese nombre, porque Doroteo

Arango era un nombre que los pobres murmuraban con respeto y los federales

con miedo. El mundo lo conocería como Pancho Villa. Y ese día, sin que el

sargento Morales lo supiera, acababa de sellar su propia sentencia.

El anciano quedó tendido en el suelo, respirando con dificultad mientras un

hilo de sangre le caía por la comisura de los labios. El pueblo entero guardó

silencio, paralizado entre el miedo y la indignación. Nadie se atrevía a

acercarse, nadie se atrevía a hablar. El sargento Morales se sacudió el polvo de

las manos, orgulloso de su brutalidad. Así aprenderán todos, dijo paseándose

frente a los pobladores. El que no paga sufre y el que se queje sufre más. Una

mujer incapaz de contenerse murmuró entre dientes. Bestia, no sabe lo que

hizo. Morales giró bruscamente. ¿Qué dijiste? La mujer retrocedió temblando.

Nada, señor. Nada. El federal volvió a mirar al anciano que gemía con el pecho

hundido. “Viejo inútil. Ojalá tu hijo venga a defenderte”, dijo con burla,

escupiendo a un lado. Una carcajada seca escapó de su garganta. El gobierno no

teme a ningún campesino. Pero algunos en el pueblo no podían ocultar el espanto.

Un joven se inclinó hacia la mujer que había hablado antes. “¿Es verdad que es

su padre?” Ella asintió. con los ojos brillosos. Sí, ese viejo humilde es

Agustín Arango, el padre de Doroteo. El joven apretó los puños. Entonces Morales

cabó su tumba y la acabó con sus propias botas, respondió la mujer. Mientras el

anciano luchaba por respirar, un niño se acercó llorando. Tata, tata, levántese.

El anciano extendió una mano temblorosa. Hijo, vete. No, lloró el niño. Pero

Morales lo empujó con el rifle. Atrás, mocoso. ¿Quieres que te rompa los huesos

a ti también? El niño corrió hacia su madre llorando.

Las mujeres lo abrazaron, pero ninguna se atrevió a enfrentar al sargento. El miedo era viejo, pero el desierto estaba

cansado de ese miedo. De pronto, un jinete apareció a lo lejos, al borde de

la colina. La silueta recortada contra el sol ardiente parecía un fantasma que

regresaba del pasado, un caballo oscuro, de paso firme, un sombrero ancho, un

rifle cruzado al pecho. Los ojos de los pobladores se agrandaron. Un murmullo

recorrió la calle como un viento de tormenta. Es él. Volvió. Dios santo. Es

Villa. Morales frunció el seño. ¿Quién viene ahora? Otro campesino buscando

problemas. El joven respondió en voz apenas audible, “No, sargento, no es un

campesino.” El jinete descendió la colina con paso lento, como si el propio

desierto abriera camino ante él. Cada metro que avanzaba hacía que Morales sintiera un escalofrío desconocido. Los

susurros se hicieron uno solo. Es Pancho Villa. Y cuando el sargento

vio la mirada del jinete acercarse, supo que algo estaba terriblemente mal,

porque nunca había visto unos ojos así. Dos pozos de ira contenida, dos

cuchillos brillando bajo el sol. Y entonces escuchó la frase que heló su sangre, ¿quién tocó a mi padre? El

silencio que siguió a esa frase fue tan profundo que hasta el viento pareció detenerse. El caballo se detuvo a unos

pasos del anciano tirado en el suelo. Pancho Villa descendió lentamente, sin

prisa, pero con una tensión en los hombros que anunciaba tormenta. No

gritó, no corrió, no desenvainó el arma, solo miró. miró a su padre, miró su

pecho hundido, miró la sangre seca en sus labios y algo dentro de él se quebró