Bienvenidos a Cuentos del Tiempo. Antes de viajar juntos por estas historias de
abuelos, revoluciones, secretos enterrados y destinos que

cambian en una sola noche, dime algo, ¿desde qué ciudad? ¿Desde qué país nos
estás escuchando? Escríbelo abajito en los comentarios, que este canal se llena
con tu voz también. Ponte cómodo. Apaga un rato el ruido de afuera, súbele
tantito al volumen y deja que el pasado, las leyendas y la justicia que a veces
tarda, pero llega. te atrapen desde el primer minuto hasta el último segundo. Y
antes de que empiece la historia de hoy, no olvides suscribirte a Cuentos del
Tiempo, activar la campanita y dejar tu like para que nunca te pierdas el
próximo relato que quizá te quite el sueño esta noche. Dicen en San Miguel de
los Altos que aquella madrugada el cielo no amaneció azul, sino manchado con un
tono entre ceniza y sangre seca. El eco de los fusiles todavía rebotaba en los
cerros, como si la noche se negara a irse, y el olor espeso a pólvora se
mezclaba con el de leña húmeda. Las campanas de la iglesia sonaban desacompasadas a ratos como gloria, a
ratos como entierro, mientras las mujeres salían con el reboso mal puesto,
buscando entre los cuerpos tirados algún sombrero conocido, unas botas, un bigote
familiar. Nadie hablaba en voz alta, solo se oían susurros, oraciones rotas,
promesas hechas a la Virgen si el marido regresaba entero. Nadie, excepto una
risa chiquita, ahogada, que se colaba entre los adobes como corriente helada.
Era una risa que muchos ya conocían, pero nadie quería nombrar. Junto al
pozo, una muchacha apareció con la blusa rasgada, los ojos perdidos. y las
rodillas llenas de tierra. Solo alcanzó a decir, “Fue él el chaparro”, antes de
desmayarse en brazos de su comadre. En ese mismo instante, algo bajo y torcido,
se deslizó detrás de la capilla, pegado a la pared, oliendo la confusión como
perro callejero. No traía fusil ni sombrero ancho, traía una sonrisa
torcida, unas manos sucias que apestaban a sudor y aguardiente y la certeza de
que con los hombres en la bola, el pueblo era campo abierto para su cobardía. Esa mañana, mientras el sol
apenas dibujaba sombras largas sobre el empedrado, nadie imaginaba que el
verdadero enemigo de las mujeres no llevaba uniforme, ni grado, ni bandera.
Medía menos que un niño, pero el infierno le quedaba a la altura de los ojos. Antes de seguir, déjanos en
comentarios de qué ciudad nos ves. Suscríbete para no perderte cómo terminó
este cobarde. En 1913, San Miguel de los Altos parecía vivir
con un solo pulmón. Cada amanecer se sentía más delgado, como si el aire
mismo se hubiera ido con los hombres que se marcharon a la bola. Los cerros
alrededor del pueblo miraban en silencio, cubiertos de matorrales
resecos y mequites retorcidos, mientras el polvo rojizo se levantaba al menor
paso y se pegaba a la piel, al reboso, a las paredes de adobe agrietado. Las
campanas de la iglesia marcaban las horas, pero ya nadie llevaba la cuenta
exacta. Sabían que era domingo solo porque el padre sacaba la sotana buena y
el coro de niñas practicaba cantos entre bancas viejas tratando de tapar con sus
voces los rumores de fusiles a lo lejos. Las calles de tierra eran angostas,
serpenteaban entre casas bajas con techos de teja y patios donde todavía
colgaban huacales, sogas, sillas vacías.
En casi cada puerta había una silla de palma recargada contra el muro,
esperando al hombre que ya no se sentaba ahí a fumar su cigarro después de la
jornada. Se fue con los revolucionarios, decían unas. Lo levantaron los
federales, susurraban otras. Nadie sabía bien a quién creerle. Lo único seguro
era que la mayoría de los varones ya no dormían en esos cuartos de una sola ventana. Y donde antes se oían
ronquidos, ahora solo sonaban grillos, perros lejanos y el crujir del viento
metiéndose por las rendijas. En esa ausencia forzada, las mujeres se
convirtieron en columna vertebral del pueblo. Gregoria Morales, viuda desde
hacía dos lluvias, lo tenía clarito. Cada mañana, antes de que el sol asomara
completo por encima del campanario, ya estaba en su patio barriendo con una
escoba hecha de ramas amarradas con mecate. Levantaba torbellinos de polvo
que brillaban unos segundos. y luego volvían a caer sobre las losas gastadas.
Tenía las manos agrietadas por el jabón y el agua fría, la espalda encorbada de
tanto cargar cántaros, pero los ojos seguían firmes como dos carbones
encendidos. Mientras ella barría. Al fondo del patio sonaba el golpeteo
rítmico del Metate. Lucía, la mayor de 17 años, se inclinaba sobre la piedra
volcánica, empujando el maíz remojado con fuerza constante. Sus brazos morenos
se marcaban con el esfuerzo y cada tanto se acomodaba el reboso para que no le
cayera sudor en la masa. A su lado, Josefina, apenas de 13, intentaba
seguirle el ritmo. La más chica siempre había sido risueña, pero desde que
empezaron los levantamientos en la región, reía menos y miraba más hacia la
calle, pendiente de cualquier sombra que pasara frente al portón. Dentro de la
casa quedaban huellas claras de la presencia ausente del Padre, un sombrero
colgado detrás de la puerta. unas espuelas guardadas debajo de la cama, un morral de cuero con olor a
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