Los gritos resonaron por toda la mansión herrera hasta el amanecer. No eran gritos de dolor común, eran los lamentos

de un alma siendo despedazada, latigazo tras latigazo, mientras los sirvientes

de la casa fingían dormir en sus cuartos helados. Doña Esperanza Herrera de

Mendoza sonreía con cada chasquido del cuero contra la piel morena de Itsel,

una muchacha taraumara de apenas 15 años que había derramado agua sobre la mesa

de caoba importada. “¡Uno!”, gritaba la señora alzando nuevamente el

látigo artesanal que había mandado hacer especialmente para estos momentos. Y

otro por India cochina. Tres días después, cuando Pancho Villa cabalgó por

la plaza principal de Chihuahua con sus dorados, los sopilotes ya volaban en

círculos sobre la mansión herrera. No porque alguien hubiera muerto todavía,

sino porque la misma tierra había presentido que la justicia se acercaba. Y cuando Villa se enteró de lo que

pasaba en esa casa sus ojos se oscurecieron como una tormenta de

invierno en la Sierra Madre. Que Dios tenga misericordia de esa señora”,

murmuró a Fierro ajustándose las cananas en el pecho. Porque yo no la voy a

tener. Chihuahua, marzo de 1914. La ciudad hervía con las noticias de la

última victoria de Villa sobre las tropas federales. En las calles empedradas, los comerciantes susurraban

sobre los trenes llenos de oro que el general había capturado, mientras las mujeres del mercado contaban historias

de cómo repartía pesos de plata entre las viudas de la revolución. Pero en la calle Libertad número 47, una realidad

muy distinta se desarrollaba dentro de los muros de adobe de la mansión

Herrera. Doña Esperanza había heredado la fortuna del difunto esposo, un

coronel del ejército porfirista que se enriqueció explotando minas con trabajo

casi esclavo. A los 42 años comandaba un imperio de haciendas ganaderas y casas

de comercio, siempre con la misma filosofía. Los indígenas eran propiedad

como caballos o herramientas. “Esa gente nació para servir”, decía a las otras

damas de la alta sociedad durante los test de la tarde. Si no les duele, no

aprenden. La mansión Herrera empleaba a 12 mujeres taraumaras y yaquis, todas

traídas a la fuerza desde sus pueblos en las montañas. Dormían en el sótano sin

ventanas, trabajaban 18 horas al día. y vivían bajo el terror constante del

látigo de la patrona. Esperanza había convertido la tortura en un arte

refinado. Tenía diferentes látigos para distintas faltas. Uno de cuero trenzado

para romper platos, otro con púas de metal para derramar comida y su

favorito, un látigo de cuero de víbora para las que le contestaran feo. Cada

mañana, después del chocolate con churros servido en porcelana francesa,

bajaba al sótano para su inspección diaria. Las muchachas se formaban en

fila, temblando mientras ella buscaba cualquier pretexto para desatar su

furia. Tú, Sitlali, señalaba con su dedo cargado de anillos de oro. Tienes tierra

bajo las uñas. ¿Crees que mi casa es un corral? No importaba que Sitlali hubiera

trabajado toda la noche limpiando los establos. No importaba que sus manos estuvieran agrietadas de tanto tallar

pisos de mármol. Esperanza ya había decidido que hoy alguien iba a sufrir y

esa alguien era ella. Los vecinos de la calle Libertad conocían los horarios de

los castigos a las 10 de la mañana después del desayuno, a las 3 de la

tarde durante la siesta y a las 9 de la noche antes de dormir, como un reloj

macabro que marcaba las horas con dolor ajeno. Pero había algo que doña Esperanza no sabía. En las montañas de

la sierra Taraumara, las familias de esas muchachas habían enviado mensajeros

hacia el sur, buscando al hombre que, según decían, hacía justicia cuando

nadie más la hacía. El mensaje llegó a Villa a través de Evaristo, un arriero

taraumara que había cabalgado tres días sin parar desde las montañas de Chihuahua. Sus palabras fueron pocas,

pero certeras, como flechas dirigidas al corazón. Mi general, las hijas de

nuestro pueblo están siendo torturadas por una patrona diabólica. Nos dijeron

que usted es el único que puede traer justicia. Villa estaba revisando mapas

en su cuartel general cuando Evaristo llegó. Los dorados que montaban guardia

casi no lo dejaron pasar. Era un indio viejo curtido por el sol, con ropa

rasgada y botas gastadas, pero algo en sus ojos detuvo a los centinelas.

“Déjenlo que hable”, ordenó Villa sin levantar la vista del mapa. Evaristo no

contó la historia como los corridos o las leyendas. La contó como un padre que

había perdido a su hija, como un abuelo que sabía que su nieta estaba siendo destruida lentamente,

día tras día, en esa mansión de los ricos de Chihuahua. Se llama Esperanza

Herrera, pero no hay esperanza en su corazón. Dice que nacimos para sufrir,

que el dolor nos hace mejores sirvientes. Ayer torturó a mi nieta Itzel porque se desmayó cargando bultos

de maíz. Tiene 15 años, mi general. 15 La voz del anciano se quebró, pero

continuó. La amarró al patio y la azotó hasta que la sangre manchó las piedras.

Después la obligó a limpiar su propia sangre con la lengua como si fuera un perro. Villa cerró el mapa de golpe. Sus

nudillos se pusieron blancos al apretar los puños. Fierro y los otros dorados

conocían esa mirada. Era la misma que ponía antes de atacar un tren federal o

asaltar una hacienda de terratenientes. ¿Dónde dijiste que vive esa señora?

Calle Libertad número 47 en Chihuahua capital. Tiene una mansión grande con

rejas negras y jardines. Los ricos del rumbo la respetan mucho. Dicen que es