Era marzo de 1916 y en los cañones secos del norte de

Chihuahua el aire olía a muerte y traición. El coronel James McCAllister,

ese demonio rubio de ojos azules fríos como hielo de montaña, había cruzado la frontera con 70 de los mejores soldados

que el ejército gringo tenía para ofrecer. Su misión era simple y brutal,

capturar vivo a Francisco Villa, el centauro del norte, y llevarlo

arrastrando hasta Washington para que pagara por el rey de Columbus. McAlister

era un hijo de perra de casi 2 m de altura con bigote rubio que se retorcía

cuando sonreía y esa sonrisa helada que solo tienen los hombres que han matado sin remordimiento. Llevaba un Colt 45

plateado en cada cadera y hablaba español con acento texano, que sonaba

como insulto en cada palabra. era de esos gringos arrogantes que creían que

México era su patio trasero y que los mexicanos éramos animales que había que

domesticar a punta de bala. Pero esa mañana de marzo, en un cañón perdido

entre las montañas de Chihuahua, ese hijo de la chingada iba aprender algo

que nunca olvidaría, que en el norte de México la justicia no llegaba en

carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con mauser en la mano. Dale like ahorita mismo si quieres ver como el

mismísimo Pancho Villa le enseñó a 70 gringos que la astucia mexicana vale más

que toda su pólvora. Suscríbete para que no te pierdas esta leyenda que va a

helar la sangre y comenta desde qué ciudad nos ves, porque esta historia la

tiene que conocer todo México. Lo que vas a escuchar no está en ningún libro

de Historia gringo. Es la leyenda que se cuenta en las cantinas del norte. La

historia que pasó de abuelo a nieto como fuego sagrado. Es el día que Pancho

Villa demostró que una sola mentira dicha en el momento exacto puede valer

más que un regimiento completo. que esta es la historia del día que 70 soldados

gringos rodearon a Villa y a sus 12 dorados en un cañón sin salida y

terminaron rogando por sus vidas mientras el centauro del norte se reía

como el mismísimo [ __ ] El sol pegaba como martillo de herrero en las rocas del cañón de la serpiente, ese lugar

maldito donde hasta los escorpiones buscaban sombra para no morir asados. Era el 15 de marzo de 1916

y el aire temblaba como agua hirviendo sobre las piedras que parecían huesos blanqueados de gigantes muertos. Villa

cabalgaba al frente de sus 12 dorados más bravos, hombres que habían seguido al centauro del norte desde que la

revolución era apenas un grito de rabia en el desierto. Venían de una racía

exitosa contra un convoy federal en Parral y las alforjas llevaban

suficiente oro y municiones como para mantener la guerra otros 6 meses. Pero

lo que no sabían es que cada paso que daban los acercaba más a la trampa más

perfecta que el ejército gringo había tendido jamás. El coronel McCallister

llevaba 3 semanas estudiando los movimientos de Villa como cazador estudia las huellas de su presa. Había

sobornado a medio pueblo de Chihuahua para que le dijeran por dónde pasaba el centauro. Había puesto espías en cada

cantina y había prometido 000 de oro por información que lo llevara a villa. Y

ahora, finalmente, tenía al revolucionario exactamente donde lo

quería, en un cañón sin más salida que la misma entrada por donde habían

llegado. “Muchachos!”, gritó Villa jalando las riendas de su caballo negro

como el pecado. “Algo no me late en este [ __ ] lugar.” Sus palabras rebotaron en las paredes del cañón como campanas de

muerte. El silencio que siguió era de esos que ponen los pelos de punta. Un

silencio pesado como lápida de panteón. Ni un solo pájaro cantaba, ni una

lagartija se movía entre las rocas. Era como si el mismo desierto estuviera

conteniendo la respiración. Rodolfo Fierro, el brazo derecho de Villa, ese

hombre que mataba con la misma frialdad con que otros tomaban agua, se acercó al

galope con el rifle preparado. Mi general, esto huele a trampa como carroña en agosto, pero ya era demasiado

tarde. El primer disparo sonó como trueno en cielo despejado y la bala pasó

silvando tan cerca de la cabeza de Villa que le arrancó un mechón de pelo negro.

Luego vinieron más disparos, docenas de disparos que llovían desde las rocas

como granizo mortal. “Nos chingaron, mi general!”, gritó fierro mientras su

caballo se alzaba en dos patas relinchando de terror. Los gringos habían elegido el lugar perfecto para la

emboscada. El cañón de la serpiente era estrecho como el cuello de una botella,

con paredes de roca que subían derecho hacia el cielo, como los muros de una

prisión. Solo había una entrada y una salida. Y ahora esa salida estaba

bloqueada por 30 soldados gringos con rifles Springfield que disparaban desde

posiciones de cobertura. Pero lo peor no eran los 30 que bloqueaban la salida, lo

peor eran los otros 40 que aparecieron como fantasmas en las cornisas y

salientes de las paredes del cañón, apuntando hacia abajo como buitres, preparándose para devorar carroña. El

coronel McAlister apareció montado en un caballo palomino, tan rubio y arrogante

como su dueño. Llevaba el uniforme impecable a pesar del calor del desierto

y esa sonrisa de hijo de perra que tenía cuando sabía que había ganado. Francisco

Villa! Gritó en español masticado. Estás rodeado, Grisser. Entrégate ahora y tal

vez no te matemos como al perro que eres. La risa de villa resonó en todo el cañón como el rugido de un león herido.

Órale, herito [ __ ] Ven acá a tomarme si tienes huevos. Pero en el fondo de

sus ojos negros como pozos de petróleo, Villa sabía que estaban jodidos. 70

soldados gringos perfectamente posicionados, con munición suficiente

para mantener el fuego todo el día. Él y sus 12 dorados tenían munición para tal

vez una hora de combate intenso y después de eso, después de eso serían

carne para los sopilotes. Los disparos se intensificaron. Las balas rebotaban en las rocas creando chispas que