Ese coronel elegía una muchacha diferente cada semana las mandaba traer

a su hacienda y luego las devolvían destrozadas, si es que las

devolvían. Los padres no podían negarse. Nadie le decía que no al hombre que

controlaba toda la región con decenas de pistoleros y cofres repletos de oro

sacado de la sangre de familias esclavizadas. Ese coronel desgraciado

compraba autoridades, compraba silencios, compraba impunidad. Su

fortuna venía directo del infierno. Túneles donde los hombres se morían como animales, no más para llenarle las

bóvedas de lingotes. Y con ese oro compraba más poder, más guardias, más

miedo. Se creía intocable y hacía lo que se le daba la gana con quien se le

antojaba. Pero hay hombres que no se venden y no se espantan. Pancho Villa

acababa de enterarse de todo y ahora cabalgaba desde el norte con una misión,

venganza por las atrocidades que ese desgraciado hacía contra el pueblo. Pero

la gente que lo vio pasar se preguntaba si Villa venía a hacer justicia o si

venía a morir intentándolo. Tú estás escuchando el canal Legendarios

del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora

sí, vamos a comenzar. Todo había empezado tres semanas atrás,

cuando una mujer llegó al campamento villista más muerta que viva. Un guía

campesino la había encontrado tirada junto a uncheo, delirando bajo el sol del mediodía, con

la lengua tan hinchada que apenas podía tragar. La trajo cargada en su burro,

envuelta en un zarape viejo, y cuando la bajaron frente a la tienda de campaña de villa, algunos dorados pensaron que ya

estaba muerta, pero no, todavía respiraba. Petra Herrera fue quien la

recibió, quien le dio agua despacio para que no se ahogara, quien le limpió la cara cubierta de polvo y sangre seca. Y

cuando esa mujer abrió los ojos, Petra vio algo que había visto antes en otros

sobrevivientes, esa mirada vacía de quien ya estuvo en el infierno y sabe que nunca va a salir

del todo de ahí. Se llamaba Rebeca. Tenía tal vez 25 años, pero parecía de

El cuerpo era puro hueso y pellejo estirado sobre costillas que se marcaban

como las de un caballo moribundo. Las manos estaban tan callosas y deformadas

que parecían garras con las uñas arrancadas y los dedos torcidos de tanto

picar piedra. La espalda estaba cruzada por cicatrices de látigo, algunas viejas

y blancas, otras recientes y todavía rojas. tenía una quemadura de hierro

candente en el hombro izquierdo con la forma de las iniciales TM, Talacio

Mondragón, como si fuera ganado, como si ese desgraciado marcara a la gente igual

que se marca una res. Petra la cuidó durante dos días completos, dándole

caldo de frijol, agua de jamaica, tortillas remojadas en leche de cabra

que consiguió de un rancho cercano. Le lavó las heridas con agua hervida y las cubrió con trapos limpios. No la

presionó para que hablara. Sabía que esas cosas tienen su tiempo, que el trauma no se apura. Pero al tercer día,

Rebeca pidió hablar con el general Villa. Dijo que tenía algo importante que decirle, algo que él necesitaba

saber. Villa estaba revisando mapas con Rodolfo Fierro cuando Petra entró a

avisarle. El carnicero levantó la vista con ese gesto suyo de impaciencia perpetua, pero Villa no más asintió y

dejó todo. Salió de la tienda, caminó hasta donde Rebeca estaba sentada bajo

la sombra de un mezquite y se acomodó en cuclillas frente a ella. Le ofreció café

de su propia taza de peltre. Ella lo aceptó con las dos manos temblorosas

como si fuera oro líquido, y entonces empezó a hablar. Su voz salía quebrada,

áspera de tanto gritar en los túneles oscuros, pero las palabras eran claras,

demasiado claras. Contó que su familia completa había sido enganchada por el

coronel Mondragón hacía dos años. Su padre, su madre, sus dos hermanos, ella

les prometieron trabajo honesto en la hacienda, el oro del con paga justa y comida segura. Era mentira. Todo

era mentira. Desde el momento en que entraron por ese portón de hierro negro, se convirtieron en esclavos. Les

quitaron sus papeles, les dijeron que tenían una deuda por el adelanto que

nunca habían pedido y los metieron a trabajar en las minas 16 horas al día.

16 horas respirando polvo de roca, picando con zapico hasta que las manos

sangraban, cargando costales de mineral que pesaban más que un hombre flaco. La

comida era frijoles aguados. una vez al día y tortillas duras como suela de

huarache. El agua estaba verde y daba cólico. Dormían amontonados en jacales

de adobe, donde cabían 15 personas en un espacio hecho para cinco. No había

letrinas decentes, no había medicinas. Los que se enfermaban eran dejados a que

se murieran solos. Y cuando morían los enterraban en fosas comunes sin cruz ni

nombre. Su padre murió así, aplastado cuando un túnel se derrumbó. El caporal

ni siquiera detuvo el trabajo para sacarlo. Dijeron que la beta era más importante que un cadáver. Su madre

murió se meses después de Tifoidea, temblando de fiebre en ese jacal

inmundo, delirando en voz baja hasta que se quedó callada para siempre. Rebeca la

vio morir y no pudo hacer nada más que cerrarle los ojos y rezar un Padre

Nuestro que casi ya ni recordaba. Sus hermanos, Sebastián y Miguel seguían ahí

adentro atrapados. Sebastián tenía 22 años y ya parecía viejo, con la espalda

encorbada y una tos seca que no se le quitaba. Miguel, apenas 17 y ya había

perdido dos dedos de la mano derecha en un accidente con la quebradora de roca.

Los guardias se burlaron de él. Le dijeron que ahora le iban a pagar menos