Hoy vas a conocer tu propio infierno, desgraciado.

Era marzo de 1914 y el sol del desierto de Chihuahua caía

como plomo derretido sobre la tierra seca. Pancho Villa estaba en su campamento provisional cerca de Torreón,

planeando el próximo ataque contra las fuerzas federales del traidor Victoriano Huerta. Alrededor de la fogata, sus

dorados limpiaban las armas con movimientos precisos de soldados profesionales. El olor a pólvora, café

de olla y sudor de caballo llenaba el aire. Villa revisaba su Colt, 45 con la

concentración de cirujano, operando paciente delicado. Seis balas, seis

oportunidades de hacer justicia. Las matemáticas de la muerte eran simples en la revolución, pero Villa nunca

desperdiciaba un tiro. Cada bala tenía que contar. Cada disparo tenía que significar un paso más hacia la Libertad

de México. Antes de entrar en esta historia, quiero saber de qué ciudad

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perderte nada. Mi general, dijo Rodolfo Fierro, su mano derecha, el hombre más

temido de toda la división del norte después del propio Villa. Llegó un mensajero de Parral. Dice que es

urgente, muy urgente. Villa levantó la vista. Conocía ese tono de voz. Fierro

no usaba la palabra urgente, a la ligera. El hombre había visto suficiente

guerra, suficiente sangre, suficiente muerte para saber cuando algo requería

atención inmediata del general. El mensajero era un muchacho de unos 16

años, flaco como rama seca, con los ojos hundidos por el cansancio de haber

cabalgado toda la noche sin parar. El caballo detrás de él estaba espumando, a

punto de colapsar. quien mandaba ese mensaje había considerado que valía la

pena matar un buen animal para que llegara rápido. “Habla, muchacho”,

ordenó Villa guardando el revólver en la cartuchera. “¿Qué es tan importante que

casi matas a ese pobre animal?” El joven tragó saliva, respiró hondo tres veces

para controlar el temblor de la voz y comenzó, “Mi general Villa, vengo del

Rancho San Miguel, cerca de Parral. Me manda el capitán Tomás Urbina. Dice que

hay una situación con las adelitas de su batallón, una situación grave. El silencio que cayó sobre el campamento

fue pesado como piedra de molino. Las adelitas eran sagradas en la revolución.

Eran las mujeres que luchaban codo a codo con los hombres, que cargaban rifles tan pesados como ellas mismas,

que curaban heridos bajo fuego enemigo, que cocinaban para cientos de soldados

con tres tortillas y un puño de frijoles. Eran el corazón de la revolución, la columna vertebral del

ejército villista. Y si algo grave estaba pasando con ellas, Villa sabía

que tenía que actuar inmediatamente. ¿Qué pasó exactamente? preguntó Villa con esa voz calmada que

todos sus hombres conocían y temían. Cuando Villa hablaba bajito, cuando Villa controlaba el tono, era porque la

furia estaba hirviendo por dentro como agua en caldera a presión. Tres adelitas

fueron capturadas hace dos días por los rurales del ascendado, don Esteban Zaragoza. Usted conoce ese nombre, mi

general. Villa conocía ese nombre perfectamente. Don Esteban Zaragoza,

dueño de la hacienda Aguacaliente, una propiedad que se extendía por tres valles completos, un hombre que había

hecho fortuna esclavizando peones, que pagaba a Victoriano Huerta para mantener

su poder, que consideraba a los revolucionarios como plaga que debía ser exterminada. Pero Villa aún no sabía la

peor parte. Las tiene prisioneras en su hacienda”, continuó el mensajero con la

voz quebrándose y y está haciendo cosas terribles con ellas, mi general, cosas

que que no sé ni cómo decir. “Tilo,” ordenó Villa. Todo del primero al último

detalle. El muchacho cerró los ojos como si quisiera borrar las imágenes de su mente, pero las palabras salieron como

río contenido que finalmente rompe la represa. El hacendado Zaragoza construyó

un cuarto especial en su propiedad. Lo llaman el baño del [ __ ] Ahí tiene

calderas siempre hirviendo, fogones encendidos día y noche, vapor que sube

constante como si fuera la boca del infierno mismo. Villa sintió que algo helado le recorría la columna vertebral.

Ya había escuchado rumores sobre torturadores creativos, sobre hombres que disfrutaban causando dolor, pero

nunca había prestado atención completa a esas historias porque siempre había batallas más urgentes que pelear. Ahora

se daba cuenta de que había sido un error no investigar antes. Cada vez que

captura Adelitas, continuó el joven con lágrimas comenzando a rodar por las

mejillas sucias de polvo del camino, las lleva a ese cuarto y las tortura con

agua hirviendo, mi general. Despeja el agua lentamente en la piel, aplica paños

mojados en agua caliente hasta que se desmayan del dolor y cuando despiertan

continúa. Rodolfo Fierro dio un paso al frente con la mano ya en la culata de su

pistola. ¿Dónde queda esa hacienda exactamente? No era una pregunta, era

una declaración de guerra a unas seis leguas de aquí hacia el sureste. Pero mi

general, el muchacho, tragó saliva de nuevo. Hay más, mucho más. Continúa,

dijo Villa, aunque cada palabra era un puñal clavándose más profundo en el

pecho. El ascendado dice que está enseñando una lección a las mujeres que

se atreven a tomar las armas. dice que cada adelita que tortura es un mensaje

para las demás, para que sepan lo que les espera si continúan luchando con los

revolucionarios. Las marca, mi general, las deja con cicatrices permanentes de

quemaduras para que todas vean lo que pasa cuando una mujer se rebela contra

el orden establecido. Como mi abuelo siempre decía, hay hombres que nacen con

estrella, hombres que nacen con suerte y hombres que nacen con carbón en lugar de

corazón. Don Esteban Zaragoza era del tercer tipo, pero peor, porque disfrutaba de su propia maldad. Villa se