Yo mando acá. Los Estados Unidos siempre ganan.

El gringo que humillaba a los mexicanos creía que nadie sería capaz de detenerlo. Caminaba por las calles de

San Miguel como si fuera dueño de cada puerta, cada mujer, cada suspiro del

pueblo. Se burlaba del acento, tiraba la comida al suelo, obligaba a los hombres

a inclinar la cabeza y se reía mientras lo hacía. Pero lo que él no sabía ni

jamás imaginó es que en aquellas tierras secas, donde hasta el polvo tiene

memoria, la injusticia no queda impune. Y ese día, cuando creyó haber vencido,

el destino, le tenía preparada la llegada de un hombre imposible de ignorar.

El sol todavía no había terminado de subir cuando el pueblo despertó cubierto de polvo. Ese polvo fino color ocreía en

los ojos, en la garganta y en la memoria, como si quisiera marcar para siempre el día en que todo cambió. El

aire olía a tierra reseca y a miedo. No cantaban los gallos, no ladraban los

perros. Solo se escuchaba a lo lejos el eco metálico de unas botas extranjeras.

Las calles de tierra del pequeño pueblo mexicano, que antes se llenaban de niños

corriendo y de mujeres ofreciendo tortillas recién hechas, amanecieron

ocupadas por soldados gringos, uniformes impecables, botones brillantes, un

parche con una bandera desconocida en los brazos. Los habitantes miraban desde

detrás de las cortinas desilachadas, escondidos en los marcos de las puertas de adobe con el corazón encogido. Cada

puerta entreabierta era un ojo asustado, cada ventana un suspiro detenido. En la

plaza central, donde los domingos se bailaba y se vendían frutas y pan dulce,

ahora había filas de soldados formados, armas al hombro, como si la vida

sencilla de aquel lugar fuera un delito. Sombreros mexicanos tirados en el suelo,

zarapes pisoteados, barriles de maíz volcados. El campanario de la iglesia,

silencioso, parecía mirar todo como un anciano impotente. La campana no sonaba,

la fe estaba en suspenso. Doña Remedios, una mujer de manos ásperas y trenzas

grisáceas, cruzó la esquina con una canasta vacía. Antes salía temprano para

comprar verduras. Ahora solo quería llegar a la casa de su hija para comprobar que seguía viva. Sus sandalias

levantaban pequeñas nubes de polvo y cada paso parecía un pedido de

misericordia. Cuando vio a un grupo de soldados riendo fuerte en un idioma duro, bajó la mirada, apretó el reboso

contra el pecho y se pegó a la pared, intentando volverse invisible. Al otro

lado de la calle, un niño abrazaba un caballo de madera gastado. Sus ojos

grandes seguían cada movimiento de los extraños. No entendía de fronteras ni de

guerras, pero sentía el peso de la injusticia en el silencio de su padre.

Don Eusebio, campesino de espalda encorbada, estaba encostado en la puerta

con el sombrero en la mano y los labios apretados, como si morderse la lengua fuera la única forma de no gritar.

La humillación comenzó temprano. Frente a la cantina del pueblo, un oficial

gringo, alto, de mandíbula dura, obligó a varios hombres mexicanos a formar

fila. Otro soldado tiró al suelo un estandarte viejo con los colores de México y lo pisó con la bota, provocando

risas entre sus compañeros. Nadie se atrevió a levantar la mirada. El que intentaba protestar recibía un empujón,

un golpe en el hombro o una mirada que decía que podía ser mucho peor. En una

de las esquinas de la plaza, una joven llamada Soledad observaba todo con los

puños cerrados. tenía el cabello negro recogido en un moño apretado, el rostro afilado por el

cansancio y los ojos llenos de una mezcla peligrosa de miedo y rabia. Su

vestido sencillo color tierra estaba manchado de harina. Había estado haciendo tortillas cuando escuchó los

gritos en la calle. Su madre la había sujetado del brazo para impedirle salir,

pero Soledad se soltó. Necesitaba ver con sus propios ojos lo que estaban

haciendo con su gente. Los soldados comenzaron a registrar las casas.

Entraban sin pedir permiso. Revisaban muebles, cofres, sacaban sacos de

frijol, latas de manteca, botellas de mezcal. Lo que les parecía valioso se lo

quedaban. Lo demás lo tiraban al suelo como si el hogar de un campesino fuera

un simple estorbo. Las mujeres se abrazaban a sus hijos intentando

cubrirlos con el cuerpo. Algunos hombres apretaban los dientes conteniendo las

ganas de enfrentarse a ellos, sabiendo que un gesto mal interpretado podía

costarles la vida. Frente a la iglesia, el sacerdote del pueblo, el padre

Rafael, trató de hablar con el oficial. Sus manos temblaban, pero su voz quiso

mantenerse firme. Pidió respeto. Recordó que todos eran seres humanos, que había

mujeres, ancianos, enfermos. El gringo lo escuchó con una sonrisa torcida. le

dio unas palmadas fuertes en el hombro, que más parecían empujones, y luego lo

ignoró por completo, ordenando que ocuparan también el patio de la iglesia.

Algunas mujeres comenzaron a llorar Quedo, como si el último lugar sagrado estuviera siendo tomado. Soledad sintió

algo romperse dentro de ella cuando vio a un joven campesino obligado a arrodillarse mientras le revisaban los

bolsillos. No encontró nada, pero igual lo empujaron al suelo. El muchacho levantó

la mirada un instante y sus ojos se cruzaron con los de ella. Había

vergüenza, pero también un brillo de resistencia, como una brasa escondida bajo las cenizas. Soledad apretó los

dientes. No tenía armas, no tenía poder, pero sentía que no podía quedarse

cruzada de brazos mientras su pueblo era pisoteado. El viento levantó más polvo, envolviendo

la plaza en una neblina terrosa. En medio de esa nube, las siluetas de los

soldados parecían aún más grandes, más amenazantes. Las voces en inglés sonaban