Introducción: El agua helada y la desesperación absoluta

El agua helada cayó sobre ella sin piedad. Patricia sintió como el líquido
empapaba la delgada cobija que envolvía a su bebé de 7 meses. El grito agudo de
la pequeña Sofía desgarró el aire de aquella tarde de octubre de 2015 en la
colonia Guerrero, Ciudad de México. El cubo de plástico azul rebotó en el
pavimento con un ruido hueco que se mezcló con las risas burlonas que venían
desde el balcón del segundo piso. Lárguense de aquí, muerta de hambre.
Este no es lugar para gente como tú, gritó la mujer desde arriba, su voz cargada de desprecio. Ya te dije que no
quiero ver tu cara de limosnera frente a mi edificio. Patricia Morales tenía 32
años, pero su rostro reflejaba el cansancio de alguien de 50. Sus manos
temblorosas abrazaban a Sofía contra su pecho, intentando calmarla mientras el
agua fría les calaba hasta los huesos. La ropa que llevaba puesta era la misma
desde hacía 4 días, una blusa gris remendada en tres lugares diferentes y
unos pantalones de mezclilla descoloridos que le quedaban flojos por la pérdida de peso. Sus zapatos, unos
tenis que alguna vez fueron blancos, tenían un agujero en la suela derecha que dejaba entrar el agua cada vez que
llovía. Había llegado a la colonia Guerrero hacía apenas tres meses después de huir
de Oaxaca con lo puesto. Su marido, Roberto, la había abandonado cuando
estaba embarazada de 6 meses, llevándose los ahorros que tenían guardados en una
lata de café, 2,500 pesos, que representaban 2 años de trabajo
vendiendo tamales en el mercado. Pero no solo se llevó el dinero, se llevó
también su confianza. su estabilidad y cualquier rastro de la vida que habían
construido juntos. Perdón, señora, ya me voy. No volveré a
pasar por aquí”, murmuró Patricia con la voz quebrada sin levantar la mirada.
Caminó rápido por la banqueta, sintiendo las miradas de los vecinos que observaban la escena desde sus ventanas.
Algunos con lástima, otros con indiferencia. Ninguno con intención de ayudar.
El llanto de Sofía se intensificaba con cada paso. La bebé tenía fiebre desde la
noche anterior y el agua fría sobre su cuerpecito solo había empeorado las
cosas. Patricia vivía en un cuarto de 3 por 3 m
en una vecindad abandonada de la colonia Buenos Aires. No era exactamente un
hogar, era un espacio sin ventanas. con humedad en las paredes, que formaba
manchas negras en forma de nubes, y un olor persistente a moo que se pegaba a
la ropa. El piso era de cemento frío y su única posesión era un colchón delgado
que había encontrado en la basura, cubierto con dos sábanas raídas que lavaba cada semana en la llave de agua
del patio común. No había luz eléctrica en su cuarto. Cuando caía la noche, Patricia encendía
una vela de 5 pesos que compraba en la tienda de la esquina. La luz parpade
proyectaba sombras danzantes en las paredes mientras ella arrullaba a Sofía
cantándole canciones de cuna que su propia madre le había enseñado.
Antes de que todo se derrumbara, Patricia había tenido una vida diferente. En Oaxaca, ella y Roberto
tenían un puesto fijo en el mercado de abastos. Vendían tamales de frijol, mole
negro y chipilín que ella preparaba cada madrugada. ganaban lo suficiente para
pagar una renta modesta, comer tres veces al día y ahorrar un poco cada mes.
Patricia soñaba con abrir algún día su propia fondita, un lugar pequeño pero
acogedor donde la gente pudiera comer comida casera a buen precio. Pero
Roberto empezó a cambiar. Llegaba tarde oliendo a cerveza, desaparecía días
enteros sin explicación. Y cuando Patricia quedó embarazada, en lugar de
alegrarse, Roberto se hundió más en sus vicios. Una noche de abril, cuando ella
despertó con contracciones falsas, asustada y buscando su mano, encontró
solo una nota arrugada sobre la mesa. No puedo con esto, lo siento. Se llevó
todo, los ahorros, los utensilios del negocio, hasta el anillo de plata que
había pertenecido a la abuela de Patricia. Ella se quedó con una panza de 7 meses, una deuda de 1200 pesos con el
casero y la vergüenza de explicarle a todos que su esposo la había abandonado.
Sin dinero para pagar la renta ni para mantener el puesto en el mercado, Patricia tomó la decisión más difícil de
su vida, irse a la ciudad de México. Había escuchado que allá había más
oportunidades, que podría encontrar trabajo como empleada doméstica o en
alguna fábrica. vendió lo poco que le quedaba, una licuadora vieja, dos ollas
y una cobija de lana, y compró un boleto de autobús. Llegó a la terminal de
autobuses del sur con 320 pesos en el bolsillo y una maleta de cartón que se
rompió en el trayecto. La realidad en la Ciudad de México fue mucho más dura de
lo que había imaginado. Nadie quería contratar a una mujer embarazada. Las
puertas se cerraban una tras otra. “Vuelve después de que tengas al bebé”,
le decían. Pero Patricia no tenía después. Necesitaba dinero ahora, comida
ahora, un lugar donde dormir ahora. Encontró el cuarto en la vecindad abandonada gracias a una señora que
vendía esquites en la calle. le cobró 200 pesos al mes, sin contrato, sin
recibo. No más no hagas ruido y no traigas problemas. Fue todo lo que le
dijo. Patricia pagó el primer mes con el dinero que le quedaba y se quedó con
solo 120 pesos para comer, trasladarse y prepararse para el parto. Sofía nació
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