
Por el amor de Dios, Pancho Villa, no me haga esto. Perdóname. Dios perdona a
todos. El hacendado se retuerce contra las cuerdas, los ojos desorbitados,
lágrimas y mocos escurriendo por su cara. Juro por la Virgen que nunca más
el culatazo le revienta los labios, la sangre salpica la paja. Cállese la
[ __ ] boca, desgraciado. Villa escupe las palabras como veneno. Debió pensar
en eso antes de hacerles la desgracia a esos niños indefensos. Da un paso
adelante. La voz baja, lenta, mortal. Habla mucho de Dios, pero se le olvidó
que el que sabe hacer el bien y no lo hace, peca, y sus pecados no tienen
perdón aquí en la tierra. Que Dios tenga piedad de su alma, porque la justicia revolucionaria no la tendrá. Y por lo
que estamos viendo, este burro tampoco. Pero para entender esta furia, compadre,
hay que regresar unos días atrás. Cuando el desgraciado se creía intocable,
protegido por guardias blancas y dinero sucio, cuando se saciaba con sus actos diabólicos mientras brindaba con tequila
y pecado. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué
ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.
Tres días antes, el campamento rebelde hervía bajo el sol de Coahuila. 50
dorados descansaban entre los mezquites cuando Rodolfo Fierro se acercó a Villa
con paso rápido. Mi general Severino Ceniceros llegó. Dice que necesita
hablar con usted. Algo en la cara de Fierro hizo que Villa dejara el mapa que
revisaba con ángeles. Que pase. Severino Ceniceros apareció como aparecido. 60
años que parecían 80. pelo blanco, espalda encorbada, manos temblando.
Había cabalgado tres días sin parar, pero lo peor era la mirada. Villa la
reconoció. Era la mirada de un hombre que ya perdió todo. Severino, siéntate.
Fierro, tráele agua. El viejo se dejó caer sobre un tronco. Bebió, pero
parecía no sentirla. tenía las manos aferradas a algo envuelto en trapo sucio. Lo apretaba contra el pecho como
si fuera lo único que lo mantenía vivo. “Mi general”, la voz de Severino salió
quebrada, rasposa. “Yo necesito pedirle algo.” Villa se sentó frente a él.
“Habla, compadre, lo que sea.” Severino desenvolvió el trapo con manos temblorosas. Adentro había un rebozo de
mujer tejido con hilos azules y blancos del tipo que usan las muchachas del norte. Estaba manchado de sangre vieja,
rasgado en varios lugares, con tierra incrustada en la tela. Lo extendió sobre
sus rodillas como si fuera algo sagrado. Este era de mi hija, de Lucía. Villa
sintió algo atorársele en la garganta. No preguntó si la muchacha estaba muerta. Ya lo sabía.
Yo trabajaba como peón en el rancho del coronel Sebastián Medina”, dijo Severino, acariciando el rebozo. Tenía
deudas con él que nunca se acababan. Trabajaba de sol a sol y la deuda solo
crecía. Un día me dijo que podía borrar la deuda si yo le entregaba a mi Lucía.
Así no más, como si fuera una yegua. Fierro escupió. Ángeles cerró los ojos.
Otros dorados formaron círculo silencioso. Yo le dije que no. Esa noche
junté a mi familia y nos fuimos. Pero Medina mandó a sus guardias blancas. Nos
alcanzaron antes del amanecer. Eran 10 contra uno. Me quebraron las costillas,
me dejaron tirado, creyendo que estaba muerto, y se llevaron a mi Lucía mientras ella gritaba mi nombre. El
silencio era absoluto, hasta el viento se había detenido. Me tardé 3 meses en
poder caminar. Cuando fui a buscarla, me dijeron que Medina ya la había vendido.
Vendido, mi general, como si fuera ganado. La vendió a una mina en Sonora.
Pasé dos años buscándola, preguntando, siguiendo rumores. Cuando la encontré,
se lebró la voz. Las lágrimas corrían por su cara arrugada. Ya estaba muerta.
Murió hacía 6 meses. De fiebre y agotamiento, me dijeron, trabajando 12
horas en la oscuridad, cargando piedras, respirando polvo.
Villa sintió la rabia subirle desde las tripas. Era una rabia vieja, conocida,
la misma que había sentido cuando tenía 16 años y un acendado violó a su
hermana. La rabia que lo había convertido en revolucionario, en bandido, en leyenda, la rabia que nunca
moría. “Un viajero que la conoció me dio esto”, dijo Severino levantando el
reboso. La envolvió cuando murió. Me dijo que ella siempre lo usaba, que
decía que la hacía sentir cerca de casa. Me dijo que sus últimas palabras fueron para mí, que me perdonaba. Se cubrió la
cara con el reboso y soyó sinvergüenza. Villa se puso de pie, la mandíbula
apretada, los puños cerrados, miró a fierro, luego a ángeles. Los dos
asintieron sin que él dijera nada. Severino, levántate y mírame. El viejo
obedeció limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Medina sigue en su
rancho. Sí, mi general, más rico que nunca, protegido por guardias blancas y
por Carranza. Dicen que ha vendido a más de 50 muchachos, niños y niñas. los
encierra en los establos como animales hasta que encuentra comprador. Villa puso su mano en el hombro del viejo. Ya
no va a vender a nadie más. Te lo juro por la memoria de tu hija. Vamos a ir a
ese rancho. Vamos a sacar a ese hijo de [ __ ] de su madriguera y le vamos a
enseñar lo que les pasa a los hombres que venden niños. Severino agarró la
mano de Villa con fuerza desesperada. Gracias, mi general. No me agradezcas
todavía, porque lo que voy a hacer le va a ser peor que la muerte, mucho peor. Se
volteó hacia sus hombres. Fierro, reúne a 20 de los mejores. Salimos mañana al
amanecer. Ángeles, tú vienes también. Mientras el campamento se movía, Villa
se quedó mirando el horizonte. En su mente ya veía el rancho de Medina, los
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