Por un costal de maíz, un federal le rompió las costillas a un viejo

indefenso. No sabía que acababa de tocar al padre de Pancho Villa y que la

venganza sería brutal. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde

dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate porque lo que

viene te va a herizar hasta los huesos. Ni todos creen, pero en Parral corre entre los más viejos que una vez un

federal borracho rompió las costillas de un viejo sin saber que era el padre de

Pancho Villa. No fue en una gran batalla ni frente a generales importantes. Fue

en una tarde empolvada cuando el sol caía como plomo derretido sobre los techos de Adobe y los perros buscaban

sombra debajo de las carretas. Los soldados del gobierno bajaban a las rancheras exigiendo maíz, gallinas y

bueyes en nombre de la patria. Aunque todos sabían que la patria nunca veía ni

un grano de ese maíz, ni una pluma de esas gallinas. El teniente Cárdenas,

encargado de la colecta, ya venía de días de abuso. Tenía los ojos inyectados

de sangre por el mezcal barato y el insomnio de quien duerme con la conciencia sucia. Nacido pobre en un

jacal de Zacatecas, se había acostumbrado a pensar que la única manera de nunca más sentir hambre era

arrancarles a otros lo que el mundo le había negado a él. La casaca le daba una

valentía chueca, mezclada con bebida barata y miedo de volver a ser nadie.

Cada vez que humillaba a un campesino, sentía que se alejaba un poco más de aquel chamaco descalzo que había sido,

aunque en el fondo sabía que ese chamaco seguía ahí, mirándolo con desprecio desde algún rincón de su memoria.

Aquel día el pelotón llegó a la casa de Julián, un campesino de rostro marcado

por el sol y las penas, dueño de pocas vacas flacas y de dos costales de maíz

escondidos como un tesoro debajo de unas tablas sueltas. Julián era conocido por

hablar poco y trabajar mucho. Tenía las manos callosas como cuero viejo y la

espalda encorbada de tantos años inclinado sobre la tierra. cargaba

dentro de sí un secreto que casi nadie sabía. Muchos años atrás había

abandonado a un chamaco para preservarlo de la miseria y de la persecución. Un

patrón poderoso lo había amenazado y él tuvo que elegir entre la vida del niño y

tenerlo cerca. Eligió la vida, aunque esa elección le costó el alma. Ese

chamaco llevado por otros caminos crecería conocido como Doroteo Arango y

más tarde Pancho Villa. Julián sabía por los chismes que cruzaban las sierras que

el hijo estaba vivo y se había vuelto líder de hombres, pero nunca buscó ese

encuentro pensando que no lo merecía. Dios aprieta, pero no ahorca. Se decía

en las noches largas cuando el recuerdo lo visitaba como fantasma, aunque a veces el apretar dolía más que cualquier

soga. Se preguntaba si Doroteo lo odiaría, si alguna vez había pensado en

él, si sabía siquiera que su padre seguía vivo arrastrando los días en ese

rancho olvidado. Los federales urgaron el patio con la brutalidad de quien

busca pretextos más que provisiones. Voltearon ollas, patearon gallinas,

asustaron a un burro viejo que rebuznó como si presintiera la desgracia.

Encontraron el maíz debajo de las tablas y lo arrastraron afuera, levantando

polvo que se mezclaba con el sudor en sus caras sucias. Exigieron todo hasta

el último grano, hasta la última esperanza. Julián, con la voz firme de

quien ya había perdido demasiado, respondió que podía entregar un costal, pero el otro era lo que impediría que se

muriera de hambre el próximo mes. Habló sin levantar la voz, sin bajar la

mirada, con la dignidad tranquila de quien sabe que tiene razón, aunque nadie vaya a escucharlo.

Cárdenas, ya irritado con la resistencia de otros campesinos que ese día le habían negado gallinas o escondido

bueyes, vio en aquel viejo terco una oportunidad de mostrar poder frente a

sus hombres. Necesitaba que lo respetaran y la única forma que conocía

de ganar respeto era sembrando miedo. Mandó que lo agarraran en medio de la

plaza, frente a mujeres que cargaban cántaros, niños que jugaban con piedras,

ancianos que tomaban el sol en los portales. Lo acusó de esconder provisiones del ejército, de ser enemigo

de la nación, de conspirar con los bandidos que asolaban la región. Eran

mentiras tan grandes que hasta los soldados más brutos las reconocían como tales. Pero nadie se atrevió a

contradecir al teniente. El pueblo, acostumbrado a la violencia, se encogió

como animal que huele la tormenta, sabiendo que discutir solo empeoraría

todo. Movido por rabia y por un orgullo vacío que necesitaba alimentar con la

humillación ajena, Cárdenas mandó que tiraran al viejo al suelo. No bastaba

apresarlo, necesitaba humillarlo. Necesitaba que todos vieran lo que

pasaba cuando alguien se atrevía a decirle que no. Dicen que le pateó el pecho a Julián con tanta fuerza que se

oyó un tronido seco como rama que se quiebra en noche de helada, y alguien

murmuró entre dientes que le había roto las costillas al viejo. No hubo sangre

regada, pero el silencio que siguió pesó como sentencia de muerte.

Julián cayó sin poder respirar bien, el rostro vuelto hacia el cielo que parecía

tan lejano, tan indiferente a su dolor. Tenía los ojos abiertos, pero no veía

nada. Solo sentía el fuego que le quemaba el pecho por dentro y el sabor metálico de algo roto que subía por su

garganta. Entre los que miraban, un joven soldado llamado Mateo sintió el estómago

revolverse como si hubiera comido carne podrida. No se había alistado para aquello. Había

entrado al ejército buscando tres comidas al día y un techo sobre la cabeza, pero lo que veía no era servicio

a la patria, sino pura cobardía con uniforme. Temía hablar, temía acabar