El sol caía como un castigo sobre la plaza, un sacerdote de rodillas, sotana

desgarrada, sangre seca en el rostro. Entre sus manos rotas la imagen de la

Virgen de Guadalupe. Frente a él una fosa abierta esperando su cuerpo. El

coronel Maldonado sonreía desde su trono improvisado, saboreando cada segundo de

poder. Entierren al curita con su santa, ordenó que todo México aprenda. Las

mujeres lloraban, los hombres bajaban la cabeza, nadie podía hacer nada. Pero en

el horizonte una nube de polvo rojo comenzaba a levantarse y con ella venía

alguien que cambiaría todo. El viento del desierto arrastraba polvo y olvido

por las calles de San Cristóbal. Era un pueblo pequeño, perdido entre cerros

pelados y caminos que no llevaban a ninguna parte. Un lugar donde el sol no

calentaba, sino que castigaba, donde la tierra roja se pegaba a la piel. a la

ropa, alma de quienes nacían condenados a morir en la miseria. Las casas de

adobe se amontonaban unas contra otras como si buscaran protegerse de algo

invisible pero constante, el miedo. Porque en San Cristóbal no gobernaba la

ley, no gobernaba Dios, gobernaba un solo hombre y su nombre se pronunciaba

en susurros, como si las paredes pudieran escuchar.

Coronel Augusto Maldonado, alto, de bigote negro y mirada de

serpiente. Vestía uniforme militar, aunque nadie recordaba en qué guerra había peleado.

Llevaba pistola al cinto y látigo en la mano, y ambos habían probado la carne de los inocentes más veces de las que el

pueblo podía contar. Maldonado había llegado así a 5 años prometiendo orden,

pero lo que trajo fue terror. Cada semana sus soldados recorrían las casas

cobrando tributos que nadie podía pagar, un saco de maíz, una gallina, una moneda

de plata que no existía. Y cuando las familias no tenían nada más que dar, el

coronel tomaba lo único que les quedaba, su dignidad. Los hombres eran golpeados

en la plaza, las mujeres humilladas frente a sus hijos, los ancianos

arrastrados por el polvo como animales y nadie hacía nada. Porque el último que

intentó levantarse, don Emiliano Torres, apareció colgado del mesquite grande con

un letrero en el pecho que decía, “Así terminan los rebeldes.”

Desde entonces, San Cristóbal aprendió a agachar la cabeza, pero había un hombre

que se negaba a mirar al suelo. Se llamaba Sebastián Mendoza y era el

párroco del pueblo. No era un hombre grande ni fuerte. Tenía el cuerpo delgado, los hombros estrechos, las

manos callosas de tanto trabajar la tierra junto a sus feligres. Su sotana

negra estaba remendada en tres lugares y sus zapatos tenían más agujeros que

cuero. Pero sus ojos, sus ojos eran diferentes. Eran ojos que miraban con

compasión donde otros miraban con desprecio. Ojos que veían esperanza

donde solo había cenizas. Ojos que se llenaban de lágrimas cuando una madre no

tenía leche para su hijo, pero que jamás, jamás se llenaban de miedo ante

el coronel. El padre Sebastián había llegado a San Cristóbal hace 8 años, enviado por el

obispado como castigo por hablar demasiado fuerte contra las injusticias.

Lo mandaron al fin del mundo esperando que se rompiera, pero no se rompió. Al contrario,

encontró su propósito. Cada mañana, antes del amanecer, abría las puertas de

la pequeña iglesia de paredes blancas y techo de tejas rotas. Barría el piso de

tierra, encendía las velas frente al altar y rezaba de rodillas ante la

imagen que era su mayor tesoro. La Virgen de Guadalupe, una figura de

madera pintada de medio metro de altura con el manto azul desgastado y las

estrellas doradas casi borradas por el tiempo. Pero para el padre Sebastián y

para todo San Cristóbal, esa imagen era más que madera y pintura. Era fe, era

esperanza, era la prueba de que existía algo más grande que el dolor. Las

mujeres del pueblo venían cada tarde a rezarle. Le traían flores silvestres,

veladoras hechas con grasa de cerdo, pedazos de tela para adornar su manto.

Le pedían por sus hijos enfermos, por sus esposos desaparecidos, por un

milagro que la sacara de ese infierno. Y el padre Sebastián rezaba con ellas.

tomando sus manos ásperas entre las suyas, prometiéndoles que la justicia

llegaría. La Virgencita no nos abandona decía con voz suave pero firme. Los que

hoy lloran, mañana serán consolados. Los que hoy sufren injusticia verán a sus

opresores caer. Palabras peligrosas en un pueblo donde el coronel Maldonado se

creía Dios. Y el coronel lo sabía. Sabía que mientras existiera ese cura flaco

con su virgen de madera, el pueblo tendría algo en que creer. Y un pueblo

con fe es un pueblo que puede levantarse. Por eso lo odiaba, por eso

lo vigilaba, por eso esperaba el momento perfecto para destruirlo. Y ese momento

estaba a punto de llegar, porque esa tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros y el

cielo se teñía de rojo sangre, una mujer llegó corriendo a la iglesia. Venía

descalsa con el vestido rasgado y el rostro bañado en lágrimas. Era Dolores

Vega, la viuda del herrero, y traía una noticia que cambiaría todo. Dolores Vega

cayó de rodillas frente al altar, temblando como una hoja en tormenta. Su

respiración era un jadeo desesperado. Sus manos, lastimadas y sucias, se

aferraban al borde del vestido negro que llevaba desde que su esposo había sido ejecutado por no pagar el tributo del