El sol todavía no salía cuando el ruido de picos y palas despertó al pueblo de
San Andrés, Chihuahua. Era marzo de 1916 y el aire frío del desierto traía algo
más que polvo. Traía el olor de la arrogancia federal y el presentimiento

de sangre. Coronel Jesús María Carranza. Ese era el nombre del hombre que llegó
aquella madrugada con 300 soldados federales, tres carretas de municiones y
una promesa que haría temblar al mismísimo infierno. No era hombre alto,
apenas 1665, pero compensaba su estatura con bigote grueso de morza que intentaba darle
aspecto de autoridad. Ojos pequeños, oscuros como pozo seco, siempre
entrecerrados, como si mirara al mundo con desprecio constante. Usaba uniforme
impecable, botones de latón relucientes que brillaban incluso bajo el polvo del
camino, y sombrero de copa alta adornado con insignias que proclamaban victorias
que nunca ganó en combate justo. Era hombre que había escalado rangos, no por
valentía, sino por traiciones calculadas y lealtades vendidas al mejor postor. Su
voz era aguda, chillona, cuando gritaba órdenes, como chachalaca, asustada,
queriendo parecer águila. Pero lo que más recordaba quien lo conocía era su risa, una carcajada seca, sin alegría
verdadera, que sonaba como madera rompiéndose. Reía así cada vez que
ordenaba fusilamientos o cuando arrestaba campesinos por el simple crimen de tener callos en las manos que
delataban trabajo honesto en vez de robo con uniforme. El coronel Carranza odiaba a Pancho
Villa con ese odio que nace no del miedo honesto, sino de la envidia pura.
Envidiaba que el centauro del norte fuera querido por el pueblo, mientras él
solo inspiraba terror cobarde. Envidiaba que Villa ganara batallas de verdad,
mientras él solo ejecutaba prisioneros amarrados. envidiaba que el nombre de
Villa fuera pronunciado con respeto en cantinas y ranchos, mientras el suyo se
escupía como maldición cuando los federales pasaban. Y ahora aquel hombre
pequeño, con uniforme grande y alma aún más pequeña, había llegado a San Andrés
con un plan que creía genial, humillar públicamente al centauro del norte,
cavando su tumba antes de matarlo. Antes de que salga el sol mañana, bramó
Carranza desde su caballo, mirando a los pobladores que habían sido sacados de
sus casas a punta de rifle, el cadáver de Francisco Villa estará pudriéndose en
esta plaza como perro rabioso que era. ordenó cavar justo en el centro de la
plaza principal, no en el panteón, no en las afueras, en el mero centro, donde
todos tuvieran que pasar, donde todos tuvieran que ver. 2 m de profundidad,
cuatro de largo, metro y medio de ancho, medidas exactas que él mismo verificó
con vara de medir que traía preparada, como si hubiera planeado esto durante
semanas. y lo había planeado, compadre, durante tres meses, desde que Villa
había ejecutado a su primo, otro federal corrupto, que había violado a dos
hermanas en Parral y creía que el uniforme lo hacía intocable, Villa lo
había colgado de un mezquite y dejado ahí tres días para que los buitres hicieran justicia. Desde aquel día,
Carranza había jurado venganza, pero como era cobarde que nunca enfrentaría a
Villa en campo abierto, decidió humillarlo de esta manera retorcida.
mandó traer al mejor carpintero del pueblo, don Esteban, anciano de 70 años
que hacía cruces para el panteón, y le puso un rifle en la 100 mientras le
ordenaba, “Talla una cruz de madera de mezquite grande” y graba con letras bien
claras Francisco Villa, bandolero y traidor a la patria. Aquí yace el
enemigo de México. Don Esteban, con manos temblando de rabia e impotencia,
tuvo que obedecer. Cada golpe del cincel contra la madera le dolía como golpe
contra su propio corazón, porque él, como todos en San Andrés, sabía quién
era el verdadero traidor. Pero la locura del coronel no terminó ahí. mandó
telegrama a Ciudad Juárez y trajo un fotógrafo americano, gringo de apellido
Harrison, que trabajaba documentando la revolución para periódicos del norte. le
pagó 500 pesos de oro, fortuna que había robado de las arcas municipales para que
viniera a documentar el fin del bandolero más buscado de la República.
Harrison llegó con su cámara grande de fuelle, placas de cristal y trípode de
madera. Era hombre delgado, de lentes redondos y expresión perpetuamente
nerviosa. Hablaba español con acento terrible, pero entendía perfectamente lo que
estaba presenciando. Y aunque necesitaba el dinero, algo en sus ojos delataba que
no se sentía cómodo siendo parte de esta farsa macabra. El coronel le ordenó
fotografiar todo. La tumba siendo cavada, la cruz siendo tallada, los
soldados federales formados alrededor del hoyo. Quería que todo México viera
su triunfo. Quería que la imagen circulara en periódicos desde Tijuana
hasta Yucatán. Quería que Francisco Villa, donde quiera que estuviera, viera
su propia tumba esperándolo. “Mañana al mediodía”, proclamó Carranza subido a un
cajón de municiones para que todos pudieran verlo. Su voz chillona amplificada por el silencio aterrorizado
del pueblo. “Traeré la cabeza de villa en una pica, la plantaré junto a esta
cruz. Y cualquier revolucionario cobarde que todavía piense en seguir a ese
bandolero, verá lo que le espera. Los niños lloraban agarrados a las faldas de
sus madres. Los hombres apretaban los puños dentro de los bolsillos, tragando
rabia que no podían expresar sin ser fusilados en el acto. Las mujeres
rezaban en silencio, rogando a la Virgen de Guadalupe que protegiera al centauro,
que le avisara, que lo mantuviera lejos de esta trampa. Pero había algo que el coronel Carranza no sabía, compadre. En
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