Deja que ese cerdo se pudra.

Un comandante prohibió que una madre enterrara a su hijo fusilado, dejándolo expuesto como escarmiento. El pueblo

cayó por miedo, pero cuando Pancho Villa supo de la injusticia, la muerte cambió

de bando y llegó la justicia. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde

dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate porque lo que

viene te va a herizar hasta los huesos. Dicen en Chihuahua que el miedo tiene color de polvo y sabor a pólvora y que

en 1915 se respiraba espeso como nube de tormenta que nunca revienta. La ciudad

vivía bajo la sombra del comandante Huerta Montiel, hombre que aprendió desde morro que en este mundo solo los

duros sobreviven y los blandos se quedan en el olvido. No era que naciera malo,

dicen los viejos, sino que la vida le enseñó que la ternura no paga soldos ni

compra respeto. Cuando le dieron el mando de aquel pueblo olvidado del norte, vio su oportunidad de ser

alguien, de mandarle dinero a su madre enferma allá en otra provincia, de que

los superiores supieran su nombre y de no volver nunca a pasar hambre. El sol

caía fuerte sobre los techos de adobe, haciendo hervir el aire hasta que dolía

respirar. Las calles, cuando se llenaban de gente, guardaban silencio extraño,

como si hasta las palabras tuvieran miedo de salir de las bocas. Los campesinos caminaban con la vista baja

cargando bultos de maíz confiscado o tirando de burros flacos rumbo al cuartel donde los oficiales pesaban las

cosechas y se quedaban con lo que les daba la gana. Montiel había dejado bien

claro que cualquier queja se pagaba con cárcel, que cualquier atraso en los

impuestos traía látigo y que el nombre de Pancho Villa no podía pronunciarse

sin consecuencias. Entre esa gente callada vivía Julián, muchacho de manos

callosas y mirada limpia, que trabajaba la tierra con su madre, doña Remedios.

No era hombre de muchas palabras, pero tenía ojos que veían lo que otros preferían ignorar. Las trojes vacías

después de cada visita del cuartel, las espaldas marcadas de quienes no pudieron

pagar a tiempo, las lágrimas secas de las mujeres cuando sus hombres no

regresaban de los interrogatorios. Julián no era tonto ni soñador, pero

creía que alguien tenía que decir la verdad, aunque fuera en voz baja, aunque

fuera solo para que quedara escrito. Una noche, bajo la luz flaca de una

vela, Julián escribió una carta. No sabía escribir muy derecho, pero puso

todo lo que llevaba guardado, los nombres de los campesinos despojados, las fechas de las requisas injustas, el

hambre que crecía mientras los soldados se paseaban con botas nuevas y panzas

llenas. Al final escribió con mano temblorosa,

“Don Pancho, si es cierto que usted pelea por la gente como nosotros, véngase para acá. Aquí lo necesitamos.

Aquí ya no aguantamos más. Firmó con su nombre completo porque pensó que un

hombre que pide ayuda debe dar la cara, aunque le cueste la vida. Escondió la

carta cosida en la camisa, esperando encontrar algún arriero de confianza,

algún mensajero que supiera cómo llegar a los revolucionarios. Pero el destino, como dice el dicho, aprieta donde más

duele. Un tropero de esos que venden información por unos pesos lo vio

hablando con un hombre de fuera y corrió a denunciarlo al cuartel. Cuando los

soldados llegaron a la casa de Julián, encontraron la carta todavía sin enviar.

La llevaron directo a manos de Montiel. El comandante leyó cada palabra con la

mandíbula apretada. No le importó que el muchacho solo hubiera pedido ayuda, ni

que no cargara armas ni información militar. Lo que vio fue una oportunidad

perfecta para dar un ejemplo que nadie olvidara. Mandó traer a Julián al

cuartel, lo interrogó sin escuchar las respuestas y decidió su destino antes de

que saliera el sol. sería fusilado en la plaza principal delante de todo el

pueblo. Y para que el mensaje quedara bien claro, decretó que el cuerpo se

quedaría expuesto hasta que se pudriera, sin derecho a entierro, sin velas, sin

rezos en voz alta. Quería que cada persona que pasara por allí recordara lo

que les pasaba a los que soñaban con llamar a Villa. Doña Remedios supo de la

sentencia cuando ya era tarde para suplicar. Corrió a la plaza cuando escuchó los disparos. Con el resuello

cortado y el corazón desbaratado. Vio a su hijo caído en la tierra con los ojos

todavía abiertos mirando el cielo que ya no veía, y sintió que el mundo se le

partía en dos. Trató de acercarse, de tocarlo una última vez, pero las

bayonetas se cruzaron frente a ella y manos duras la empujaron hacia atrás.

“Los traidores no merecen tierra bendita”, le dijeron. Váyase, señora,

antes de que le pase lo mismo. La humillación dolió más que el miedo. Doña

Remedios cayó de rodillas en medio de la plaza frente a su gente, frente a los vecinos que la conocían desde niña,

frente a las mujeres que lloraban en silencio, porque también eran madres. Nadie se atrevió a ayudarla. Nadie se

atrevió a levantar la voz. El sol seguía cayendo caliente sobre el cuerpo de Julián y sobre el llanto callado de su

madre, mientras Montiel observaba desde la sombra del portal, satisfecho con su

lección de poder. Esa noche, cuando regresó a su casa vacía, doña Remedios

buscó entre las pocas pertenencias de su hijo. Encontró una copia de la carta

guardada con cuidado, como si el muchacho hubiera sabido que algún día alguien la necesitaría.

La leyó despacio, pronunciando cada palabra en voz baja, y entendió que

aquella carta no era solo la voz de Julián, sino la voz de todo un pueblo que ya no aguantaba más. Guardó el papel

contra su pecho y supo, con esa certeza que solo tienen las madres, que su hijo