Era el invierno de 1942 y en una pequeña

aldea al sur de Stalingrado, un joven

campesino de apenas 16 años llamado

Dimitri Volkov estaba a punto de cambiar

el curso de la guerra más brutal que la

humanidad había conocido. Lo que nadie

sabía en ese momento era que una simple

idea surgida en medio del hambre y la

desesperación se convertiría en el arma

más letal que el mariscal Georgi Sukobov

utilizaría para enviar a más de 600,000

soldados de la CS directamente al

infierno. Pero esta no es solo una

historia de guerra, es la historia de

como la astucia de un niño campesino

superó la maquinaria militar más

avanzada del tercer rage. Es la historia

de como el ingenio nacido de la

supervivencia puede derrotar a la

tecnología más sofisticada. Y es una

historia que los alemanes intentaron

borrar de los registros históricos

porque demostraba algo que Hitler nunca

quiso admitir, que la supuesta raza

superior podía ser aniquilada por las

mentes que ellos consideraban

inferiores. Dimitri creció en las estas

rusas, en una familia tan pobre que a

veces pasaban días enteros sin comer más

que pan negro y agua con sal. Su padre

había muerto 2 años antes defendiendo

Moscú y su madre trabajaba 16 horas

diarias en una fábrica de municiones. El

muchacho pasaba sus días cuidando las

pocas cabras que les quedaban y cazando

con trampas que el mismo fabricaba. Y

fue precisamente esa habilidad, ese

conocimiento ancestral de como la

naturaleza funciona, lo que salvaría a

millones de personas. Todo comenzó

cuando las tropas alemanas avanzaron

hacia su aldea. Dimitri había escuchado

las historias de terror, pueblos enteros

quemados. Mujeres violadas, niños

asesinados. Los nazis no dejaban nada

vivo a su paso, pero lo que más le

aterraba no eran las historias de

brutalidad, sino algo que había notado

mientras observaba desde la distancia.

Los alemanes eran predecibles. Marchaban

en formaciones perfectas, seguían rutas

específicas y confiaban ciegamente en

sus mapas y en su superioridad

tecnológica. Una noche, mientras Dimitri

revisaba sus trampas para conejos, tuvo

una revelación. había colocado una serie

de trampas conectadas entre sí, de tal

manera que cuando un animal caía en una,

activaba otras dos y esas dos activaban

cuatro más. Era un efecto dominó mortal.

El conejo entraba buscando comida y

terminaba siendo aplastado por un tronco

suspendido. Simple, efectivo, letal.

Pero lo más brillante era esto. Los

conejos nunca aprendían. Veían los

rastros de comida, olían el cebo y su

instinto los impulsaba hacia delante.