
El bebé millonario no dejaba de vomitar, pero la cocinera observó algo que dejó a todos sin palabras. Cuando el bebé Diego
vomitó sangre por tercera vez esa semana, nadie en la mansión Montalvo se imaginaba que alguien estaba intentando
asesinarlo sistemáticamente. La madrugada del martes comenzó, como todas las demás, en la imponente
residencia de Polanco. Las luces automáticas se encendieron a las 6 de la mañana, iluminando los pasillos de
mármol italiano y los cuadros de pintores reconocidos que adornaban cada pared. Pero en la habitación del bebé,
un llanto desgarrador rompió la aparente tranquilidad. Elena Ruiz acababa de llegar a su primer día de trabajo. Con
32 años, madre soltera de una niña de siete, había pasado los últimos 10 años
trabajando en restaurantes modestos de la Condesa. Nunca imaginó que respondería a un anuncio para trabajar
como cocinera en una de las mansiones más lujosas de la Ciudad de México. Necesitaba el dinero desesperadamente.
Su hija Sofía requería tratamiento médico para su asma y los hospitales públicos ya no eran una opción viable.
Mientras guardaba sus pertenencias en el pequeño cuarto de servicio, escuchó pasos apresurados en el piso superior.
Gritos. Alguien llamaba al doctor con urgencia. Elena subió las escaleras siguiendo el sonido. Su instinto
maternal más fuerte que el protocolo de su primer día. La escena que encontró la paralizó. En una habitación decorada con
motivos de animales de la selva, un hombre de traje impecable sostenía a un bebé que no paraba de vomitar. La
alfombra persa estaba manchada y el olor ácido inundaba el espacio. Pero lo que más impactó a Elena fue la expresión de
absoluto terror en el rostro del hombre. Valentina, ¿dónde dejaste el número del doctor Navarro? Gritaba Sebastián
Montalvo mientras mecía al pequeño Diego en sus brazos. El bebé de apenas 8 meses
tenía el rostro pálido y los labios casi morados. Una mujer elegante de unos 35
años apareció en la puerta. su bata de seda rosa impecable, su cabello rubio
perfectamente peinado, incluso a esa hora. Valentina Durán, la hermana de la difunta esposa de Sebastián, vivía en la
mansión desde hacía 6 meses, desde la trágica muerte de Gabriela en un accidente automovilístico.
Ya llamé, Sebastián. El doctor está en camino. Esto no puede seguir así. Es el
tercer episodio esta semana”, dijo Valentina con voz preocupada, aunque Elena notó algo extraño en sus ojos, una
frialdad que no coincidía con sus palabras. “Disculpe, señor”, intervino Elena desde la puerta. “Soy Elena, la
nueva cocinera. ¿Puedo ayudar en algo?” Sebastián la miró apenas un segundo antes de volver su atención al bebé.
“Trae toallas limpias del baño y agua, mucha agua.” Elena corrió a cumplir las órdenes.
Mientras buscaba las toallas en el enorme baño de mármol, escuchó a Valentina hablar en voz baja. Sebastián,
ya te lo he dicho. Necesitas internar a Diego en una clínica privada. Estos episodios son cada vez más frecuentes.
No es normal. Gabriela no habría querido eso. Respondió Sebastián con voz quebrada. Mi hijo se queda en casa.
Elena regresó con las toallas y observó como Sebastián limpiaba delicadamente el rostro del pequeño Diego. El bebé había
dejado de vomitar, pero respiraba con dificultad. Sus manitas se aferraban a la camisa de su padre con una fuerza
sorprendente para alguien tan pequeño y débil. El Dr. Ricardo Navarro llegó 20
minutos después. un hombre de unos 50 años con cabello canoso y una maletín de
cuero gastado. Elena se retiró a la cocina, pero mantuvo la puerta entreabierta. Algo en toda esa situación
la inquietaba profundamente. Desde su posición podía escuchar fragmentos de la conversación en el piso superior. “Los
análisis de la semana pasada no muestran nada concluyente, Sebastián”, decía el Dr. Navarro. No hay infecciones, no hay
virus identificables. El sistema digestivo del bebé parece estar reaccionando a algo, pero no puedo
determinar qué. ¿Y si es una alergia? Preguntaba Sebastián. Ya hemos probado
eliminar todos los alérgenos comunes. Leche, soya, gluten, nada ha funcionado.
Valentina interrumpió. Doctor, ¿no cree que deberíamos considerar una hospitalización, hacer estudios más
profundos, una endoscopía, quizás? Es una opción, sí, pero preferimos evitar
procedimientos invasivos en bebés tan pequeños, a menos que sea absolutamente necesario. Elena comenzó a preparar el
desayuno, siguiendo las instrucciones que había recibido el día anterior durante su breve entrevista. La cocina
era un sueño. Electrodomésticos de última generación, una despensa llena de ingredientes importados. una isla
central de granito negro. Pero mientras picaba fruta fresca para el jugo, su mente seguía en esa habitación del piso
superior. Valentina bajó a la cocina media hora después. Su presencia llenó
el espacio con un perfume caro y una energía que Elena no pudo descifrar del todo. “Tú debes ser Elena”, dijo con una
sonrisa que no llegó a sus ojos. “Bienvenida a la casa, Montalvo. Lamento que tu primer día comience con tanto
drama. No se preocupe, señora. El bebé está mejor. Por ahora sí. El doctor le
dio un medicamento, pero esto se repite constantemente. Valentina se sirvió una taza de café que
Elena había preparado. ¿Tienes experiencia con bebés? Tengo una hija de 7 años. Qué bien. Entonces, ¿entiendes
lo difícil que es ver a un niño sufrir. Valentina tomó un sorbo de café estudiando a Elena con atención. El
pequeño Diego ha tenido muy mala suerte. Primero pierde a su madre en ese horrible accidente y ahora esta
enfermedad misteriosa. Pobre ángel. Elena notó como Valentina enfatizaba
ciertas palabras. Enfermedad misteriosa, como si quisiera plantar una idea
específica en la mente de todos. ¿Los doctores no han encontrado nada? Preguntó Elena mientras acomodaba los
platos para el desayuno. Absolutamente nada. Es como si el bebé simplemente
rechazara todo lo que come. Sebastián está desesperado. Ya consultamos con
cinco especialistas diferentes. ¿Y qué come el bebé normalmente? Valentina la miró con cierta suspicacia ante la
pregunta. Fórmula especial, muy cara, importada de Suiza, la mejor del
mercado. Yo misma me encargo de preparar sus biberones. No confío en nadie más para algo tan importante. Esa última
frase resonó en la mente de Elena. No confío en nadie más. ¿Por qué lo decía
con tanto énfasis? Sebastián bajó una hora después. Elena lo observó con
discreción mientras él se servía café. Era un hombre atractivo de unos 38 años,
con el cabello negro ligeramente despeinado y ojeras profundas que delataban muchas noches sin dormir.
Vestía un traje gris impecable, pero su corbata estaba floja y su camisa arrugada. La imagen de un hombre exitoso
que estaba perdiendo el control de su vida. El desayuno está servido, señor Montalvo, anunció Elena con voz suave.
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