El olor a desinfectante caro y angustia vieja se adhería al mármol de carrara

pulido, un aroma discordante en el palacio de los Carvajal Dubal, una

familia cuya fortuna se estimaba prudentemente en 200 millones de

dólares. Era una fortuna construida sobre bienes raíces internacionales y

tecnología que prometía un futuro sin arrugas, un futuro que irónicamente no

podía comprar el sueño más básico, alivio para su único hijo. Tiago, de

solo 18 meses, era el heredero de un imperio, pero vivía en un infierno

dermatológico. Su piel, antes tera como la seda más fina, ahora era un mapa de dolor

crónico, un campo púrpura y rojizo cubierto de ampollas microscópicas que

no supuraban, sino que simplemente ardían. Ardor sin tregua, un fuego

interior que lo hacía llorar en un silencio gutural y agotador, pues ya no le quedaban fuerzas para gritar. Había

sido envuelto en las sábanas del lino egipcio más caras. Pero estas solo servían como testigo

mudo de su agonía. Rodolfo Carvajal, el padre, un hombre acostumbrado a mover

mercados con una llamada desde su oficina con vistas panorámicas, caminaba

por el salón principal con la desesperación contenida de un rey que ve

caer su reino ante una plaga invisible. Su reloj Rolex Submariner, que brillaba

con un valor comparable al salario anual de 10 profesionales, era tan inútil como

los 15 especialistas que habían desfilado por esa casa. Habían traído dermatólogos desde la clínica Mayo,

inmunólogos de Zurik y expertos en enfermedades raras de Berlín. Se habían

gastado millones, literalmente en pruebas de alergia, estudios genéticos

completos y análisis de metales pesados. Todos los resultados regresaban con la

misma frustrante conclusión, normal. La ciencia moderna, la que había puesto

satélites en órbita y curado enfermedades milenarias, se rendía ante la piel de este niño. La última

esperanza, la triésima, la más improbable, venía rodando por la

carretera de acceso bajo la sombra de los cipreses perfectamente alineados.

Elena Rivas frenó su Chevy Joy 1998,

cuyo motor tosía con la dignidad de un guerrero cansado, justo al borde de la

reja de hierro forjado que protegía la propiedad Carvajal. El contraste era un

golpe físico. Su chevi, apodado cariñosamente el dinosaurio, tenía una

abolladura en el parachoques que nunca se molestó en arreglar y olía débilmente

a café rancio y a los documentos de la clínica pública donde trabajaba la mayor

parte del tiempo. Ella vestía un pantalón de tela humilde y una bata de

laboratorio gastada, pero impecablemente limpia. Sus ojos, enmarcados por ojeras

permanentes de quien trabaja tres turnos, eran su mejor activo, inteligentes, penetrantes y que rara vez

se equivocaban. Elena no era una celebridad médica, no tenía títulos de

universidades europeas en su pared, sino un diploma de una respetable, aunque

modesta universidad local y una reputación construida sobre resolver los

misterios que los grandes hospitales descartaban por casos psicosomáticos

o histeria materna. La habían llamado a ella, a la doctora de los barrios, solo

porque el pediatra de la élite, un hombre que cobraba $10,000 por una

consulta de 15 minutos, estaba de vacaciones en las Maldivas y mencionó su

nombre con un tono de voz que implicaba: “¡Llámenla, ya que no tienen nada que

perder”. El portón se abrió con un murmullo eléctrico. Elena condujo

lentamente por el camino de Adoquines, sintiendo la humillación sutil de la

vigilancia constante. Las cámaras de seguridad, discretamente escondidas en

estatuas de mármol romano, la escrutaban. La casa era una fortaleza de

estética y frialdad. No era una casa, era un museo. Mármol de pórfido cubría

el suelo del vestíbulo. Un candelabro de cristal de Murano, cuyo valor

alimentaría a su familia por una década, colgaba silenciosamente

sobre su cabeza. El aire acondicionado estaba tan fuerte que le erizó la piel.

una sensación extraña de esterilidad absoluta. Rodolfo Carvajal y su esposa

Valeria Dubal la esperaban en la entrada del salón. Rodolfo era un hombre alto y

duro, con un traje de Savil Row que parecía esculpido sobre su cuerpo. Sus

apretones de mano eran bruscos. Valeria, espectacularmente hermosa y vestrecida

con un conjunto de seda que parecía Chanel, tenía los ojos hinchados y una

tensión palpable en la mandíbula. El sufrimiento de su hijo era genuino, pero

su forma de manejarlo era el aislamiento. Doctor Rivas, dijo Rodolfo

sin ofrecer una sonrisa mirando de reojo el reloj, como si el tiempo de Elena

fuera una moneda barata que él estaba dispuesto a derrochar. Gracias por venir

tan rápido. Aunque debo ser honesto, ya no tenemos esperanzas. Valeria

intervino, su voz aguda por el estrés. Hemos agotado todo, todo, doctora.

Imagínese, el Dr. Clemperer de Suiza nos dijo que si esto era genético era un

caso único en el mundo. Si no puede diagnosticarlo él, no sé qué espera

encontrar usted. Su tono no era de burla abierta, sino de una desesperación

elitista que automáticamente subestimaba a cualquiera que no viniera recomendado

por un jeque o un príncipe. Elena, acostumbrada a este tipo de

condescendencia en los pasillos de su clínica pública, mantuvo la calma. Señor