El mármol italiano pulido bajo los pies del señor Augusto Montenegro parecía

absorber toda la luz del ático de 200 millones de dólares, un reflejo gélido

de la desesperación que congelaba su pecho. Desde hacía 6 meses, la fortuna

que había construido sobre los cimientos de la tecnología de vanguardia y los

bienes raíces de lujo, se había convertido en un inútil, un peso muerto

que no podía comprar lo único que importaba, la salud de su hijo Tadeo.

de solo 9 meses era el heredero de un imperio, un bebé nacido en sábanas de

seda egipcia y custodiado por niñeras bilingües, pero su cuerpo diminuto se

consumía a la vista. Había perdido 3 kg desde Navidad. 3 kg. En un bebé cuya

vida dependía de ganar peso, no de perderlo. Su piel era ahora translúcida.

su llanto, un hilo fino y constante que resonaba en la vastedad silenciosa de la

mansión. Augusto se ajustó el puño de su camisa de seda, el peso del reloj Rolex

Oyster Perpetual, sintiéndose absurdo. Habían volado con Tadeo a la clínica

Mayo, a especialistas pediátricos en Zich y hasta un chamán molecular en

Bombai. Porque, ¿por qué no probar todo cuando el dinero es infinito? Cada

resonancia magnética, cada panel de sangre, cada análisis metabólico exhaustivo regresaba con la misma

respuesta irritante, normal. Médicamente, Tadeo estaba perfectamente

sano, pero cada día el bebé se marchitaba un poco más. Su esposa

Paulina, una mujer cuyo rostro siempre inmaculado estaba ahora surcado por

líneas de ansiedad y costosas cremas antiedad, sostenía el teléfono en la

mano, sus uñas recién manicuradas temblando. Le dije que llegara a las 3

en punto, Augusto. Las 3 en punto, si esta doctora Soto es otra charlatana de

barrio, juro que Paulina, cállate. ó él con voz ronca. Ya hemos pasado por

esto. Es la última recomendación. El doctor Valencia dijo que es la única

que resuelve los casos imposibles, los que nadie más ve. Es nuestra última

opción antes de de traer a alguien del Vaticano. El miedo no olía a podredumbre

en esa casa. Olía a ja fresco y a la frialdad de los activos bancarios. Era

un miedo contenido, filtrado a través de tapices persas y muebles de ébano. La

impotencia de los montenegro era devastadora, precisamente porque el dinero no servía

para nada. Era una barrera inútil contra algo que parecía venir de las sombras,

un mal inexplicable que se reía de sus 200 millones de dólares. Mientras

Augusto y Paulina vivían en esa prisión de oro y terror, a 20 km de distancia,

la doctora Elena Soto luchaba contra el tráfico de la hora pico en el valle. Su

Chevy pop, modelo 2004, tosía y se quejaba a cada cambio de velocidad. El

asiento del conductor tenía un desgarro que ella cubría con una almohada de

cuello de viaje y el aire acondicionado había muerto hace tres veranos,

obligándola a bajar las ventanillas y a recibir el aire caliente y pegajoso de

la ciudad. Elena no era una médica de élite. Había estudiado con becas,

trabajado turnos dobles en hospitales públicos y a sus 37 años seguía viviendo

en un departamento modesto que olía a libros viejos y café recalentado. Sus

ropas eran sencillas, de algodón, lavadas mil veces, pero sus ojos, esos

ojos pardos, profundos y cansados, reflejaban una inteligencia aguda y una

compasión que la medicina de alta escuela a menudo olvidaba. El doctor

Valencia, su antiguo profesor, la había llamado esa mañana con un tono de

urgencia que no le era propio. Elena, sé que odias estos casos, pero es la

familia Montenegro. Tienen a un bebé moribundo y nadie sabe por qué. Han

pasado por lo mejor del mundo. Me arriesgo a que te humillen, pero necesito que vayas. Tú ves lo que nadie

más busca. La verdad simple que se esconde detrás de la complejidad.

La mención de los montenegros le dio un escalofrío. Ella sabía de esa gente, no

por sus negocios, sino por la fama de su arrogancia y su desprecio por cualquier

cosa que no brillara. Aceptar el caso significaba entrar en un mundo que la

haría sentir incómoda, un mundo donde su viejo Chevi sería una ofensa. Pero el

bebé pensó en el sufrimiento del pequeño Tadeo, un nombre tan grande para un

cuerpo tan frágil. Ella no cobraba fortunas, cobraba lo justo para cubrir

las deudas de su clínica gratuita los sábados. Sin embargo, su motivación era

sencilla, encontrar la verdad, desenredar el nudo de la desesperación.

Con un suspiro cambió de carril, sintiendo el crujido familiar del embrague desgastado. Su estómago gruñía.

No había comido más que una barra de granola desde la mañana y ahora se

dirigía a un barrio que ni siquiera sabía que existía, Las Cumbres, una

comunidad cerrada donde los árboles se alineaban militarmente y las casas

parecían palacios renacentistas camuflados en el siglo XXI. Cuando Elena

llegó al portón principal de las cumbres, tuvo que esperar 7 minutos bajo el sol abrasador. Un guardia de

seguridad con un uniforme tan pristino que parecía recién salido de la

tintorería, la miró con una mezcla de sospecha y lástima a través de la

ventanilla del Chevi. Nombre y destino, por favor. Doctora Elena Soto, vengo a

ver a la familia Montenegro. El guardia revisó su lista electrónica, sus cejas

arqueándose levemente al ver el modelo de su coche. La incongruencia era obvia,