El bebé lloraba al ver a su madre. La sirvienta revisó su juguete y encontró

un [música] dispositivo de tortura activado por control remoto. [música] El

grito del bebé no era llanto normal de niño de 8 meses pidiendo atención [música] o comida. Era alarido de terror

puro, primitivo, viceral, el tipo de sonido que un animal pequeño hace cuando

predador se acerca. [música] Santiago Mendoza, heredero de fortuna valuada en

280 [música] millones de dólares, estaba en su cuna de diseñador suizo de 195,000

pesos con sábanas de algodón egipcio de [música] 100 hilos, que costaban 12,500

pesos cada juego, rodeado de juguetes importados que valían más que salario

anual de persona [música] promedio y estaba aterrorizado absolutamente de la

mujer. mujer que lo había dado a luz. Gabriela Mendoza de [música] Salazar, de

31 años, acababa de entrar a la Nurser [música] de 70 m² que había costado

seis, 2 millones de pesos de Corar, vestida [música] en conjunto de seda de

casa de dolche angabana de 28,000 pesos. su cabello rubio cenizo, color que

requería retoque cada tres semanas en salón de lujo de Polanco por 15,000 pes.

Perfectamente peinado, a pesar de que eran solo las 9 de la mañana, sus uñas,

manicura [música] de gel con arte elaborado que se hacía semanalmente por 2,500es

estaban [música] impecables. Su maquillaje aplicado por maquillista personal que venía a la mansión tres

veces [música] por semana. por 3,500 pesos por sesión. Era [música] perfecto.

Era imagen de madre de clase alta, dedicada, bella, cuidada, exitosa.

[música] Y su bebé de 8 meses la miraba con horror puro y comenzaba a gritar

como si ella fuera monstruo de sus peores [música] pesadillas. Sh, mi amor.

Sh, Gabriela dijo [música] con voz suave y melodiosa, acercándose a la cuna con

sonrisa que no llegaba completamente [música] a sus ojos. Mami, está aquí. No

hay razón para llorar. Pero Santiago lloraba más fuerte. Sus manitas de 8

meses se aferraban desesperadamente al único objeto en su cuna que parecía

darle consuelo, un oso de peluche de marca alemana Steve, uno de los juguetes

[música] más caros y prestigiosos que dinero podía comprar, valuado en

18,500es. Era osso de peluche perfectamente

diseñado con pelaje de mojaira auténtico [música] color café dorado, ojos de

vidrio hechos a mano, nariz bordada con precisión artesanal. Medía

aproximadamente 45 cm de alto, tamaño perfecto para que bebé lo abrazara.

Santiago presionaba el oso contra su pecho, sus deditos pequeños agarrando el

pelaje suave con fuerza, que parecía imposible para bebé tan pequeño, como si

el oso fuera chaleco salvavidas y él estuviera ahogándose. [música] Y

mientras su madre se acercaba más, sus gritos se volvían más frenéticos, más

desesperados, [música] más llenos de miedo que ningún bebé debería sentir mirando a su propia

[música] madre. Rosa Jiménez, empleada doméstica de 38 años que ganaba [música]

22,000 pesos mensuales, trabajando 6 días a la semana en la mansión Mendoza

Salazar, [música] ubicada en Bosques de las Lomas. Uno de los vecindarios más exclusivos [música]

de la Ciudad de México, observaba esta escena desde el umbral de la nursery con

incomodidad creciente. Había [música] estado trabajando para la familia durante solo dos meses, contratada

después de que tres empleadas anteriores [música] habían renunciado misteriosamente,

cada una citando diferencias con la señora [música] como razón de partida.

En sus dos meses, Rosa había observado este patrón [música] docenas de veces.

Santiago era bebé generalmente tranquilo y feliz cuando estaba con su padre,

Mauricio Salazar, [música] empresario de 42 años, dueño de cadena de desarrollos inmobiliarios que

generaban ingresos anuales superiores [música] a 80 millones de pesos.

Santiago sonreía cuando Rosa lo cargaba, cuando las otras dos [música] empleadas

domésticas lo atendían, cuando el pediatra privado, que venía a casa

semanalmente [música] por 85,500 pesos por visita, lo examinaba. Pero cuando su

madre entraba a la habitación, Santiago [música] se transformaba. Se ponía rígido, comenzaba a llorar, se

aferraba a quien lo estuviera cargando o a su oso de peluche si estaba solo [música] y gritaba con intensidad, que

hacía que todos en la casa se pusieran tensos. [música] Los doctores lo habían atribuido a fase

normal de desarrollo. “Algunos bebés pasan por periodo de ansiedad de

separación”, [música] había explicado el pediatra Caro durante visita. A veces

rechazan al cuidador principal, [música] usualmente la madre, como forma de afirmar independencia. Es completamente

normal y pasará. Pero Rosa, quien había [música] criado tres hijos propios en

departamento de 55 met²ad en Naucalpán, quien había trabajado como empleada

doméstica durante 18 años en múltiples [música] casas de familias ricas, había

visto muchos bebés pasar por ansiedad de separación. Esto no era eso. La ansiedad

de separación hacía que bebés lloraran [música] cuando madre se iba. Santiago lloraba

cuando su madre llegaba. Y la intensidad de su miedo no era capricho de bebé

mimado, era terror genuino. Señora Gabriela Rosa dijo suavemente desde la

puerta, quiere que yo lo cargue, tal vez si se calma un poco primero. Gabriela se

volvió hacia Rosa, su expresión [música] mostrando frustración apenas contenida.

No, Rosa, necesita acostumbrarse a mí. Soy su madre. No puede seguir

rechazándome de esta manera. Había algo en su tono, [música] algo duro bajo la suavidad practicada

que hacía que Rosa se sintiera incómoda. Gabriela extendió sus brazos hacia

Santiago [música] intentando levantarlo de la cuna. En el momento en que sus

manos tocaron al bebé, [música] Santiago gritó aún más fuerte, su cuerpecito de 8