
El bebé del millonario tenía una hora de vida. La empleada hizo lo imposible.
Cuando el monitor emitió ese sonido plano y prolongado, supe que en 60 minutos ese bebé estaría muerto, pero yo
no iba a permitirlo. La madrugada del 15 de marzo llegó a la mansión Mendoza como
un presajio oscuro. Sofía Ramírez limpiaba el suelo de mármol italiano del vestíbulo principal cuando escuchó los
gritos desgarradores provenientes del segundo piso. Eran las 4 de la mañana y
algo terrible estaba sucediendo. Valentina Mendoza, la esposa del millonario Ricardo Mendoza, había
entrado en trabajo de parto prematuro. Tres semanas antes de lo previsto, el
dolor la había despertado con una intensidad que nunca imaginó posible. Ricardo corría de un lado a otro del
dormitorio principal con el teléfono pegado a la oreja, gritando órdenes a su
chóer personal. Manuel, trae el auto ahora. Ahora. La voz de Ricardo
temblaba. Algo que Sofía nunca había escuchado en los dos años que llevaba trabajando en aquella casa de bosques de
las lomas, una de las zonas más exclusivas de Ciudad de México. Sofía
dejó caer el trapeador y subió corriendo las escaleras. No le importaba romper el protocolo. No le importaba que los
empleados tuvieran prohibido subir al segundo piso sin autorización. Valentina la necesitaba. Cuando entró a la
habitación, la escena la dejó paralizada. Valentina estaba en el suelo
aferrándose al borde de la cama con el rostro pálido y empapado en sudor. Sus
manos temblaban violentamente y un charco de sangre se extendía debajo de ella. Señora Valentina. Sofía corrió
hacia ella, arrodillándose a su lado, sin importarle manchar su uniforme blanco. Sofía, mi bebé, salva a mi bebé.
Las palabras salieron entrecortadas de los labios de Valentina, sus ojos verdes suplicando algo que Sofía no comprendía
del todo en ese momento. Ricardo levantó a su esposa en brazos con una fuerza desesperada. “Aguanta, mi amor, aguanta.
Ya viene el auto. Los siguientes 30 minutos fueron un borrón caótico. La camioneta blindada Mercedes-Benz
atravesó las calles vacías de la ciudad a más de 120 km porh. Sofía iba en el
asiento trasero, sosteniendo la mano de Valentina, mientras Ricardo conducía como un hombre poseído, ignorando todos
los semáforos en rojo. El Hospital Ángeles Pedregal los recibió con un equipo completo de emergencia. Valentina
fue llevada directamente a la sala de partos de emergencia. Ricardo intentó seguirla, pero una enfermera lo detuvo.
Señor Mendoza, debe esperar aquí. Haremos todo lo posible. Todo lo posible no es suficiente. Hagan lo imposible,
gritó Ricardo golpeando la pared con el puño. Sofía nunca había visto a su
patrón así. Ricardo Mendoza era conocido en todo México como el empresario frío y
calculador que había construido un imperio textil valorado en más de 2,000 millones de pesos. El hombre que
despedía empleados sin pestañar, el hombre que cerraba negocios con la misma frialdad con la que se toma un café,
pero ahí estaba, desmoronándose como un castillo de naipes. Las horas pasaron
con una lentitud agónica. Sofía se quedó en la sala de espera, a pesar de que
Ricardo le había dicho que regresara a la mansión, no podía irse. Algo en su
interior le decía que debía quedarse. A las 7:30 de la mañana, el Dr. Javier
Torres salió de la sala de partos. Su rostro lo decía todo antes de que abriera la boca. Se quitó el gorro
quirúrgico lentamente y se acercó a Ricardo con pasos pesados. Señor Mendoza, logramos salvar al bebé. Pero,
¿pero qué? ¿Pero qué? Ricardo lo tomó por los hombros. Su esposa sufrió una
hemorragia masiva. Hicimos todo lo humanamente posible. Lo lamento profundamente. Valentina falleció hace
10 minutos. El grito de Ricardo resonó por todo el hospital. Fue un sonido
gutural, primitivo. El sonido de un alma que se parte en dos. se dejó caer de
rodillas en medio del pasillo con las manos cubriéndose el rostro. Sofía sintió que el mundo se detenía.
Valentina había sido más que una patrona para ella. Era la única persona en esa casa que la trataba como un ser humano,
que preguntaba por su día, que le sonreía en las mañanas. “El bebé está en
cuidados intensivos neonatales”, continúa el Dr. Torres con voz grave. Es
un varón. 3.2 kg. Pero, señor Mendoza, debo ser honesto
con usted. El bebé tiene complicaciones respiratorias severas. Sus pulmones no
están completamente desarrollados. Le damos tal vez una hora de vida, quizás
menos. Ricardo levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, normalmente duros
como el acero, ahora estaban inyectados en sangre y vacíos. Una hora. Lo
sentimos. Podemos hacer que esté cómodo, pero las probabilidades de supervivencia son del 2%, incluso con toda la
tecnología que tenemos aquí. Ese bebé mató a mi esposa. Las palabras salieron
de la boca de Ricardo como veneno. No quiero verlo. Que hagan lo que tengan que hacer. Sofía no podía creer lo que
estaba escuchando. Se puso de pie de un salto. Señor Mendoza, es su hijo. Su hijo. Ricardo la
miró con una frialdad que la hizo retroceder un paso. Ese niño le quitó la vida a la única mujer que he amado. Para
mí está muerto. Si quiere sobrevivir, que sobreviva. Si quiere morir, que
muera. No me importa. se dio la vuelta y caminó hacia la salida del hospital, dejando atrás a su hijo recién nacido
que luchaba por cada respiración en una incubadora. El doctor Torres negó con la cabeza claramente consternado. Señorita,
¿usted es familia? Soy soy empleada de la casa, pero por favor déjeme ver al
bebé. El doctor dudó por un momento, pero algo en los ojos de Sofía lo convenció. Venga conmigo. La unidad de
cuidados intensivos neonatales era un lugar frío e impersonal, lleno de
máquinas que pitaban y monitores que mostraban líneas verdes parpadeantes. En la incubadora número cinco, el bebé más
pequeño que Sofía había visto en su vida luchaba por vivir. Tenía la piel rojiza,
casi translúcida. Un tubo delgado entraba por su nariz. Cables conectaban
su pequeño pecho a monitores cardíacos. Sus manitas estaban cerradas en puños diminutos, como si estuviera peleando
contra la muerte misma. “Puede tocarlo a través de las aberturas”, le indicó la
enfermera a cargo. Sofía metió su mano temblorosa por la abertura de la incubadora y tocó suavemente la mano del
bebé con su dedo índice. Para su sorpresa, los pequeños dedos se cerraron
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