El sol del desierto de Chihuahua golpeaba como martillo de herrero sobre Yunque Caliente aquel mediodía de julio

de 1914 en la plaza principal de Jiménez, un pueblo que olía a polvo,

pólvora y miedo, un hombre de 78 años estaba de rodilla sobre la tierra seca.

Don Sebastián Villarreal, un patriarca que había trabajado la tierra durante cinco décadas, un hombre cuyas manos

callosas habían levantado cosechas, construido cercas, criado ganado y

sostenido a una familia honrada. Pero ese día esas mismas manos temblaban mientras sostenían una fotografía

manchada de sangre. En la imagen, tres cuerpos colgaban de las ramas de un mezquite centenario los cuerpos de sus

tres hijos. Roberto, el mayor, de 35 años. Miguel, de 32 y el más joven,

Tomás, apenas 28. Los tres habían sido ahorcados como criminales tres días antes. Su único crimen fue decir una

sola palabra: no. Y frente a don Sebastián, riéndose con esa risa que suena como vidrios rotos, estaba el

responsable de toda esa desgracia, el coronel federal Ignacio Murguía, un

hombre que no merecía ese título, un hijo de [ __ ] con uniforme que usaba la autoridad del gobierno como pretexto

para robar, violar y matar. Tenía 42 años, pero parecía más viejo por el

alcohol y la maldad que llevaba dentro. Su bigote espeso goteaba cerveza. Sus

ojos pequeños brillaban con esa luz que tienen los cobardes cuando se sienten poderosos. Medía 1,75 m, pero su

arrogancia lo hacía creerse gigante. Llevaba uniforme federal manchado de sangre que no era suya, nunca era suya,

siempre de otros. La sangre de campesinos, de ancianos, de mujeres, de niños. Murguía representaba todo lo que

estaba podrido en México durante aquellos años de revolución. No era soldado, era parásito con pistola, no

defendía ninguna causa, solo defendía su bolsillo y su ego de tirano de pueblo

pequeño. Y ese día, con ocho federales a su alrededor, cobardes igual que él,

hombres que solo eran valientes cuando tenían las armas y las víctimas estaban desarmadas, Murguía había decidido

terminar lo que empezó, matar al último Villarreal. La soga ya estaba preparada.

Colgaba del mismo mequite donde los tres hijos habían muerto. El árbol maldito, el árbol que el pueblo entero ahora

evitaba mirar porque dolía demasiado recordar. Murguía se acercó a don Sebastián con pasos lentos, disfrutando

cada segundo de terror que provocaba. Sus botas militares levantaban polvo con cada pisada. Se detuvo frente al

anciano, escupió a un lado y sonró. “¿Así que quieres justicia, viejo idiota?”, dijo con voz pastosa por el

alcohol. Justicia. ¿Sabes qué es la justicia aquí en Jiménez? Yo soy la [ __ ] justicia. Don Sebastián lo miró

desde abajo. Sus ojos, nublados por la edad, pero todavía llenos de dignidad, no mostraban miedo. Mostraban algo más

peligroso que el miedo. Mostraban memoria. Mis hijos comenzó a decir don

Sebastián con voz quebrada pero firme. Mis hijos no hicieron nada malo. No le debíamos nada al gobierno. Trabajamos

nuestra tierra. Pagamos lo justo. Ustedes inventaron ese impuesto revolucionario para robarnos. Murguía se

carcajeó. Se volteó hacia sus hombres buscando aprobación. Los federales rieron como llenas. “Robarte!” Murguía

dio una patada en las costillas de don Sebastián. El anciano cayó de lado tosio. “Viejo [ __ ] esto es guerra.

En la guerra el fuerte toma lo que quiere. Tus hijos fueron [ __ ] por no entenderlo y ahora tú vas a ser [ __ ]

muerto. Don Sebastián se incorporó lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Tenía tres costillas rotas de las

palizas anteriores, pero se puso de rodillas otra vez. Porque un hombre de honor no suplica acostado, suplica de

rodillas mirando al cielo. Y entonces, con la fotografía de sus hijos apretada contra el pecho, don Sebastián gritó lo

único que le quedaba por gritar. Villa, alguien que le diga a Villa que sepa que aquí en Jiménez hay un demonio con

uniforme. Que sepa que este cobarde colgó a mis hijos por no pagar extorsión. El silencio que siguió fue

más pesado que lápida de Panteón. Murguía dejó de reír. Su rostro se puso pálido por un segundo, apenas un

segundo, porque el nombre de Francisco Villa provocaba eso en los cobardes. Provocaba terror. Pero Murguía se

recuperó rápido, sacudió la cabeza y escupió otra vez. Villa dijo con desprecio, aunque su voz temblaba un

poco. Villa está a 200 km de aquí, viejo idiota. Para cuando llegue, si es que

llega, tú ya vas a estar colgado junto a tus hijos. Y este pueblo va a aprender que invocar el nombre de ese bandido no

los va a salvar de nada. Hizo una seña a sus hombres. Dos federales agarraron a don Sebastián de los brazos, lo

levantaron en peso. El anciano pesaba menos que un costal de maíz. La edad y el dolor lo habían consumido. Lo

arrastraron hacia el mesquite. El pueblo entero observaba desde ventanas cerradas, desde puertas entornadas,

desde esquinas oscuras. Más de 100 personas presenciaban aquello. Pero nadie se movía, nadie decía nada. ¿Por

qué? Porque el miedo paraliza. Porque la injusticia, cuando viene con fusiles y

uniformes, hace que hombres buenos se conviertan en testigos mudos de atrocidades. Pero había alguien que sí

estaba mirando, alguien que no era del pueblo, alguien que murguía no había notado, un hombre joven de unos 25 años

con sombrero tejano viejo y ropa de campesino. Estaba sentado en la sombra de la cantina tomando agua. Parecía un

vaquero más, uno de tantos. Pero no lo era. Era un dorado de villa, un

infiltrado, y sus ojos grababan cada detalle de aquella escena para llevársela al centauro del norte.

Murguía puso la soga alrededor del cuello de don Sebastián. El anciano cerró los ojos, no rezó. Ya no le

quedaban rezos, solo le quedaba una esperanza que su grito hubiera sido escuchado, que alguien en algún lugar le

dijera a Villa lo que estaba pasando en Jiménez, porque en el norte de México la justicia no llegaba en carruaje del

gobierno, llegaba a caballo y con mauser en la mano. Pero compadre, antes de continuar con esta historia que te va a

romper el corazón y después te va a dar la catarsis más brutal que hayas sentido, necesito pedirte algo. Dale

like a este video ahorita mismo, porque si esta introducción ya te está quemando por dentro de coraje, lo que viene

después va a ser como echarle gasolina al fuego. Suscríbete al canal. Aquí contamos las leyendas que tu abuelo te

hubiera contado si hubiera vivido la revolución, las historias que la historia oficial olvidó, las venganzas

que el pueblo nunca olvidó. Y comenta desde qué ciudad nos ves, compadre. Quiero saber dónde están los hombres y

mujeres que todavía creen que la justicia existe, que todavía honran la memoria de los revolucionarios

verdaderos. Escribe tu ciudad abajo desde Chihuahua, desde Texas, desde California, desde donde sea, porque esta

leyenda no es solo de Jiménez, es de todo México. Ahora sí, compadre, vamos a regresar 72 horas en el tiempo. Vamos a

ver cómo empezó todo este desmadre. Vamos a conocer a los tres hijos de don Sebastián, tres hombres valientes que