La franja de maleza

Dos rancheros se pusieron de acuerdo en silencio.
Sin gritos, sin discusiones.
Con una sola mirada supieron que ya era suficiente.

Ese mismo día lanzaron a sus esposas directo al sótano y cerraron las puertas con gruesos maderos. Luego se marcharon, con un único plan en mente.

Abilene, Kansas.
Año 1856.

El sol del mediodía caía pesado sobre las llanuras de Kansas. Abilene no era todavía más que un puñado de ranchos nuevos, cercas recién levantadas y huertos que apenas comenzaban a dar frutos. En esas tierras jóvenes vivían dos familias vecinas, puerta con puerta. Habían llegado casi al mismo tiempo, levantado casas sólidas y, al principio, parecían destinadas a llevarse bien.

Pero pronto las discusiones se volvieron habituales.

—Y dile a tu hijo que no se acerque al de los vecinos —gritaba una voz.
—Si ustedes no pudieron comprarse un buen caballo, no tienen por qué maltratar el de otros —respondía la otra.

—A nosotros el caballo no nos hace falta —replicaba la mujer enfurecida—. A nuestro chico le compraremos un mulo. Y no fue él quien estropeó el tuyo. Lo que pasa es que compraste una bestia vieja y enferma.

Los gritos eran tan fuertes que los vecinos salían de sus casas de adobe a mirar. No muy lejos, dos hombres —los maridos— fumaban en silencio, observando cómo las mujeres comenzaban a rodearse como cuervos en un corral.

Se miraron.
Y decidieron actuar.

Cada uno agarró a su esposa y la arrastró hacia su casa. No fue fácil: pataleaban, arañaban, gritaban. Miguel logró cargar a Ana sobre el hombro. Pedro tuvo más problemas con Nina, una mujer robusta, y tuvo que retroceder de espaldas hasta la casa.

Lo irónico era que Ana y Nina habían sido mejores amigas desde niñas. Compartieron la escuelita, crecieron juntas, se fueron a la ciudad, aprendieron oficios y regresaron para casarse. Ambas habían encontrado buenos maridos: rancheros trabajadores, sobrios, hombres de familia.

El problema comenzó cuando el destino las convirtió en vecinas.

Pedro y Nina levantaron una cerca firme y elegante. Ana no tardó en construir otra aún más alta. Miguel revistió su casa con tablas bien cepilladas; Nina mandó a hacer un revestimiento todavía más lujoso. Todo en silencio, con sonrisas tensas y miradas de reojo.

Hasta que apareció la franja de maleza.

Un metro de tierra entre los corrales, cubierto de hierbajos.

—Habría que cortar esa maleza —dijo Ana un día.
—Tienes razón —respondió Nina—, luego será peor.

—¿Y ustedes no van a poner una cerca?
—¿Y gastar el dinero para que ustedes se aprovechen? No.
—¿No tienen dinero? Si quieres, te presto.
—Guárdatelo, lo vas a necesitar.

La discusión subió de tono. Pronto ya no hablaban de maleza, sino de huertos, de verduras, de quién cultivaba mejor. Los insultos volaron. Un aguacero repentino las separó, pero el problema quedó ahí, esperando.

Los hombres notaron la rivalidad cuando empezó a afectar todo: los niños, las compras, incluso los planes de vida. Nina compraba cosas solo porque Ana lo hacía. Ana sugería que Miguel se fuera a trabajar a las minas solo para poder presumir una carreta nueva.

Una tarde, cansados, Miguel y Pedro se encontraron junto al río, compartiendo aguardiente.

—Esto ya llegó al absurdo —dijo Miguel.
—Antes eran amigas —suspiró Pedro—. ¿Qué hacemos con esto?

Pensaron, bebieron, suspiraron. Nada parecía funcionar.

Hasta que el hijo de uno de ellos llegó corriendo.

—¡Papá! ¡Las mamás otra vez se están peleando!

Los hombres corrieron. Los gritos se oían desde lejos. Las mujeres estaban a punto de llegar a los golpes, lanzándose puñados de hierba seca.

—¡Cállense las dos! —rugió Miguel.

Nada funcionó.

Entonces actuaron.

Cada uno agarró a su esposa y, sin más discusiones, las encerraron en el sótano.

—Tranquilízate un rato. Luego hablamos.

En una hora limpiaron toda la maleza. Media hora más y habían improvisado una mesa justo donde antes crecían los hierbajos. Sacaron aguardiente, pepinos, tocino.

—Vayan… suéltenlas.

Nina salió primero, temblando. Ana después, con los dientes castañeteando.

Pedro habló claro:

—Estamos cansados. De las peleas, de la vergüenza. Si quieren seguir así, nos iremos al pueblo y buscaremos paz en otro lado.

Las mujeres callaron. Se miraron. Luego Nina habló:

—Bueno, Ana… ¿y si nos sentamos y brindamos por nuestra vida de solteras?

Ana sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—Hace cuánto no nos sentábamos juntas…

En minutos la mesa se llenó de comida y vino. Cuando notaron que ambas casas habían traído exactamente el mismo vino, estallaron en carcajadas.

—¡Qué tontas hemos sido!
—Ni lo digas…

Miguel y Pedro observaban incrédulos.

A la mañana siguiente, despertaron con ruido en el corral. Salieron preparados para otra pelea… y se quedaron paralizados.

Ana, Nina y los niños cavaban juntas la franja de tierra. Plantaban flores.

—¿Me das tu receta de tomates?
—Claro. Y yo te paso la de calabacines.

Los hombres se miraron, se persignaron en broma y regresaron de puntillas a sus casas.

Sabían que, si hacía falta repetirlo todo para que sus esposas hicieran las paces, lo harían sin dudar.

Al fin y al cabo, era por una buena causa.