Olor a sudor, a miedo rancio y a desesperanza, filas y filas de postes. En cada poste,

una cadena. En cada cadena, una mujer. Alenígenas de todas las formas y colores

que puedas imaginar. Esperaban, esperaban que un comprador las eligiera,

que las llevara para un lugar peor, para un solo propósito, brutal, inhumano.

Nadie hablaba en aquel mercado de esclavas reproductivas, solo el murmullo bajo de los tratantes,

el tintineo de las cadenas. En la última fila, casi en la sombra,

había un poste diferente, más resistente, más alto y atada a él, a

Shaila. Ella era imponente,

3 met de pura presencia, piel azul profundo que brillaba con destellos púrpura bajo la luz artificial,

ojos dorados como soles antiguos. Su cuerpo era una armadura viva, músculos

poderosos, tensos bajo la piel, pero con una gracia salvaje, una elegancia feroz,

una estatua de fuerza y dolor. La evitaban. Compradores y tratantes pasaban de

largo. La miraban con desprecio, con miedo, aberracción, susurraban.

Monstruo inútil. El rumor corría. Su anatomía era

demasiado, demasiado grande para su función, imposible de rellenar, decían con

crudeza, una falla en el mercado, un desperdicio de comida.

Así que para rentabilizar su existencia la obligaban a limpiar, a arrastrar

cubos pesados, a fregar suelos sucios con sus propias cadenas. La humillación

era su rutina. Un día, entre la multitud de compradores

codiciosos, apareció un hombre diferente. Elías, un humano, ropa sencilla,

gastada. No tenía la mirada ávida de los demás. Sus ojos eran serenos, profundos,

como pozos de agua tranquila. Recorrió las filas. Su rostro era una

máscara, pero sus puños apretados a los lados delataban la furia. vida dentro la

indignación hasta que se detuvo frente al poste de Ashila. La miró no como a una bestia, no

como a una mercancía defectuosa. La miró como se mira una obra de arte perdida en un basurero con respeto, con

una tristeza inmensa. El tratante, un tipo con piel escamosa y

sonrisa torcida, se acercó con prisas. Esa no, amigo. Pérdida de tiempo,

incontrolable, inútil. Mira su tamaño, no sirve para lo básico. Señaló con

desdén hacia abajo. Elías no apartó la vista de Ashila.

¿Cuánto? El tratante se ríó. Un sonido áspero.

En serio. Bueno, podemos hablar, pero sin devoluciones, ¿eh?

Si te la llevas es tuya para siempre o hasta que te mate.

Elías giró lentamente la cabeza hacia él. ¿Por qué querría devolverla?

El tratante se encogió de hombros. Mírala, es enorme. Ningún macho en este

sector tiene, ¿cómo decirlo? El equipo necesario para la inseminación. Se

entiendes es físicamente imposible. Un desperdicio de créditos.

Me la quedo”, dijo Elías, su voz calmada cortando el aire. El tratante parpadeó

sorprendido. Luego una sonrisa codiciosa se extendió por su rostro.

“Bueno, bueno, si insistes, solo para que lo sepas, su abertura es demasiado

amplia, amplísima. Nunca podrás”, hizo un gesto vulgar.

Pero si aún así la quieres, 300 créditos es prácticamente regalada.

Elías asintió, sacó unas monedas gastadas, 300, las dejó caer en la mano

escamosa del tratante. El sonido del metal golpeando metal fue

el más dulce que a Shaila había escuchado en años. El tratante gruñó una

orden. Un guardia con evidente nerviosismo se acercó y soltó los

gruesos grilpes de sus muñecas y tobillos. El metal pesado cayó al suelo con un

estruendo sordo. Asila se enderezó. Sus 3 metros de

altura se alzaron. Llenando el espacio, la sombra cubrió a Elías. miró hacia

abajo esperando una orden, esperando un golpe, esperando la trampa. Pero Elías

solo la miró con esos ojos tranquilos, sin miedo, sin avaricia.

“¿Sabes lo que has hecho, humano?” Su voz era grave, como un trueno lejano.

Resonó en el silencio repentino del mercado. Todos los ojos estaban clavados en ellos.

Elías sostuvo su mirada dorada. Veo a alguien que ha sido prisionera demasiado

tiempo. Algo se quebró dentro de Ashila. Una costra de desesperación y rabia. No

era una orden, no era una amenaza, era reconocimiento.

Por primera vez en una vida de servidumbre y burla, alguien la veía.

Como persona, sintió algo extraño, cálido, brotando en su pecho.

Aceptación. Sin decir una palabra, dio un paso adelante junto a Elías, no detrás, junto

a él. Caminaron hacia la salida del mercado, dejando atrás los postes, las

cadenas, los olores a miedo. El murmullo estalló a sus espaldas.

Un humano pagó 300 créditos por la monstruo. Está loco. Pero los pasos de

Asaila, firmes y libres por primera vez ahogaron los comentarios. Sus cadenas

quedaron atrás. Elías no la llevó directamente a su nave. la llevó a un lugar de paso, un

motel espacial cerca del puerto, pequeño, limpio, anodino, un lugar para

respirar, para entender que era la libertad sin paredes de acero o postes

de esclavos. Los primeros días fueron un silencio tenso. Asila se quedaba en un rincón

observando sus músculos siempre alerta, sus sentidos aguzados, esperando la

trampa, el engaño, la orden inevitable. Pero Elías, Elías reparaba una mesa a

coja. Cocinaba sencillas comidas con ingredientes del mercado local,

limpiaba, le dejaba un plato de comida cerca. sin exigir nada, sin tocarla, sin

siquiera mirarla demasiado. Respetaba su silencio, su espacio.

Este trato la desconciertaba, no encajaba. ¿Qué quería? ¿Por qué la va

había comprado si no iba a usarla? Si no iba a dominarla.

Una tarde, mientras Elías lijaba el borde de la mesa, Ashyan no pudo

soportarlo más. se acercó. Su sombra volvió a cubrirlo.

¿Por qué? Preguntó su voz ronca por el desuso. ¿Por qué no me dominas? ¿Por qué

no me obligas? Es lo único que sé. Es lo único que todos quieren.

Elías dejó la lija. Miró hacia arriba a sus ojos dorados. Su expresión era

serena pero firme. No quiero una esclava a Shaila. Si algún

día compartimos intimidad, si algún día decides que quieres un hijo, será porque

tú lo elijas libremente, nunca porque te obligue. Las palabras impactaron en

Asila como un golpe físico, pero dulce. Elección libremente.

Conceptos tan extraños como la misma libertad. Un temblor le recorrió el poderoso cuerpo. Esa noche, en lugar de

retirarse a su rincón, se sentó en el suelo frente a la pequeña estufa que

Elías había encendido. El calor acariciaba su piel azul. Elías

partió un trozo de pan simple, casero. Le ofreció la mitad.

No te temo”, dijo suavemente. Vi en tía a alguien que no se había

roto, que no se había rendido. Eso merece respeto, no miedo.

Asila tomó el pan, lo sintió caliente en su mano enorme. Por primera vez en su

memoria, el miedo constante que anidaba en su estómago se disolvió, reemplazado

por una calma extraña, una seguridad profunda. noche. Dormida en el suelo cerca del

calor de la estufa, no fingió estar dormida para estar alerta. Durmió

profundamente. Los días se convirtieron en semanas. Una rutina tranquila. Elías reparaba cosas.

Asila, por primera vez sin órdenes, comenzó a ayudarle. Sus manos fuertes

eran buenas para sostener vigas pesadas, para pulir superficies.

Hablaban poco, pero la comprensión crecía. Elías la trataba con una simpleza que la

conmovía, con una ternura que no entendía, pero que ansiaba.

Una noche, Elías le contaba una historia, una leyenda de su mundo, la

Tierra. Hablaba de bosques verdes y océanos azules. Así lo escuchaba

absorta. Entonces Elías hizo algo, algo pequeño,

enorme. Vio una pequeña hoja seca traída del exterior, enredada en sus largos

cabellos oscuros, como una cascada de noche, con una delicadeza infinita, con

la punta de sus dedos, la desenredó y la retiró. El contacto fue mínimo, breve, pero

Ashila se quedó inmóvil como si un rayo la hubiera tocado. No era dolor, era

otra cosa, algo cálido, algo que le hizo contener la respiración. Sus ojos

dorados se clavaron en Elías buscando burla, posesión.

Elías notó su tensión, retiró su mano lentamente. Lo siento, puedo detenerme

siempre. Dime y me detengo. La vulnerabilidad que inundó a Asila fue

abrumadora, nueva, aterradora, pero también hermosa.

Sin pensarlo, con un movimiento fluido de su poderosa mano, lo levantó del suelo. Lo sostuvo frente a ella. a la

altura de sus ojos. Buscó duda, buscó miedo, buscó la lujuria posesiva que

conocía. También solo vio deseo, sincero, profundo,

respetuoso. Un gruñido ronco escapó de su garganta, no de ira, de necesidad, de hambre.

Hambre de algo más que supervivencia. Lo llevó hacia el lecho improvisado en el suelo. Lo depositó con suavidad. a

pesar de su fuerza. Luego se arrodilló frente a él. Su enorme cuerpo parecía

aún más grande en la penumbra. Sus ojos dorados brillaban con una emoción

desconocida. Elías, su voz era un susurro grave.

Yo yo querría que tú fueras el padre, que me enseñaras esa intimidad de la que

hablas, pero mi cuerpo, mi tragó saliva

avergonzada. Mi abertura es demasiado grande. Lo

sabes, es imposible. Por eso me compraste tan barata, porque sabías que

no podrías cumplir. ¿Por qué lo hiciste entonces? Solo por lástima.

Elías sonrió. Una sonrisa pequeña llena de una calma extraña.

Asila, la anatomía humana es un poco diferente, especialmente

en eso. Ella frunció el ceño diferente.

¿Qué quieres decir? Quiero decir, él dijo, manteniendo su

mirada serena, que nuestro órgano reproductivo tiene la capacidad de cambiar, de adaptarse, de crecer para

llenar espacios de gran tamaño. Asaila conto. El aliento. La esperanza,

una flor extraña y frágil, brotó en su pecho. puede puede crecer tanto como como para

Creo que sí, respondió Elías con absoluta certeza, con el estímulo

adecuado, con cuidado. ¿Y qué? ¿Qué debo hacer? Preguntó ella,

su voz temblorosa. ¿Cómo? ¿Cómo hago que crezca?

Elías extendió una mano lentamente hacia la suya. Basta con jugar, con explorar, con

tratarlo, con mimo, con curiosidad, sin miedo.

Asaiila miró su mano, luego la suya, enorme. No tenía idea, pero quería

intentarlo. Quería eso que él ofrecía. con torpeza, con una ternura que le

nacía de un lugar nuevo, comenzó. Sus dedos grandes, acostumbrados a

romper cadenas y levantar pesos, tocaron con la delicadeza de quien descubre un

pájaro herido. Dudaban, buscaban. Y Elías la guió con susurros, con

caricias de respuesta, con paciencia infinita. No fue perfecto, fue torpe, fue una

exploración lenta, llena de preguntas mudas y respuestas táctiles, pero estaba

lleno de algo más poderoso que la destreza, un hambre feroz de aceptación,

de ser tocada no como un objeto, sino como ella, de sentir que su cuerpo, su

enorme y defectuoso cuerpo, podía ser fuente de placer,

de conexión. Esa noche, bajo la tenueeluz del motel espacial, Ashila descubrió el fuego, el

fuego de la rabia o la lucha, sino el fuego dulce y arrasador de ser deseada

por completo por quien era. Por primera vez en su vida se sintió

mujer, no hembra, no esclava reproductora,

mujer. Algo cambió dentro de ella, físicamente,

profundamente. A la mañana siguiente, una certeza ancestral, un conocimiento de su propio

cuerpo que nunca Aja había sentido antes, le dijo la verdad. Se despertó

con una mano instintivamente posada sobre su bajo vientre. El temor fue lo primero. El viejo temor.

Elías. Su voz sonó ronca, temblorosa. Él se dio la vuelta, despierto al

instante, alerta por su tono. Estoy embarazada.

Para su sorpresa, una sonrisa inmensa iluminó el rostro de Elías. Pura alegría.

Es maravilloso. A Sila se levantó acercándose, pero deteniéndose al ver la sombra en

sus ojos dorados. ¿Qué pasa? No son buenas noticias.

Ella lo miró confundida por su alegría. Buenas,

Elías. Las esclavas reproductivas somos vendidas para esto, para tener

hijos. Pero, pero cuando ya hemos tenido suficientes, cuando ya no somos útiles.

¿Qué pasa entonces?, preguntó Elías, su sonrisa desvaneciéndose, reemplazada por

una oscuridad creciente. “Nos desechan”, susurró a Shaila. El

miedo apretándole la garganta. Nos abandonan en lunas desiertas, en pozos

de asteroides o o nos dan como alimento a las bestias de caza. Es el final para

todas. El horror que cruzó el rostro de Elías fue absoluto. Palideció. Sus puños se

cerraron hasta que los nudillos blanquearon. Todas. Ese es el destino de todas las

mujeres que están allí en ese mercado. Asaiila asintió. Una lágrima rebelde

asomando en la comisura de su ojo dorado. Sí, siempre ha sido así para

todas. Elías se puso de pie. Su calma jaja habitual se había desvanecido, quemada

por una furia fría glacial. No dijo la palabra cortando el aire como

un cuchillo. Number ya está bien. Elías, ¿a dónde vas?

Algo debe hacerse, respondió él y ya estaba moviéndose reuniendo cosas de su

bolsa, herramientas que no parecían herramientas. Algo debe hacerse ahora. Espera”,

gritó Shaila levantándose, pero él ya salía por la puerta con un paso rápido,

decidido, armado, armado hasta los dientes con artefactos humanos que brillaban con una

luz siniestra. Asila no lo dudó, lo siguió. su cuerpo

poderoso devorando la distancia entre el motel y el infame mercado.

Elías llegó como un vendaval de ira justiciera. Entró en el mercado sin detenerse. Su

voz, normalmente serena, retumbó como un cañón. Libérenlas

ahora. Rompan esas cadenas. El silencio fue sepulcral.

Compradores y tratantes se quedaron paralizados. Las propias esclavas levantaron la cabeza confundidas.

Liberarlas. ¿Por qué? ¿Para qué? El mundo funcionaba así. Las cadenas eran

su realidad, su destino. ¿Qué locura era esta? Pero, ¿pero qué estás diciendo,

humano loco? Gritó el tratante escamoso recuperando la voz. son propiedad,

mercancía, no puedes. Entonces Asaiila entró, avanzó hasta el

centro del mercado junto a Elías. Su enorme presencia silenciaba, pero no fue

solo su tamaño, fue lo que mostraba. Su mano descansaba sobre su vientre, un

vientre que ya empezaba a mostrar la curva suave, pero inconfundible de la

nueva vida. Estoy embarazada. anunció su voz grave

resonando en cada rincón. Este hono Elías es el padre.

Un murmullo de absoluto asombro recorrió la multitud. Embarazada la monstruo

gigante y por un humano imposible.

Asai continuó. su voz ganando fuerza, llena de una pasión que nunca había

había sentido. Y no solo eso, lo que hizo, el acto no fue brutal, no fue

doloroso, no fue una obligación. Hizo una pausa buscando las palabras

para describir lo indescriptible. Sus ojos dorados brillaron. Fue hermoso, fue placentero,

fue como ser tocada por la luz misma, como bailar con el fuego sin quemarse.

Él me enseñó que el acto reproductivo puede ser maravilloso. Sus palabras cayeron como chispas en

pólvora seca. Las esclavas, cientos de ojos que solo habían conocido

resignación y terror, se abrieron, algunos con incredulidad, otros con un

destello de algo más. Placer, belleza,

curiosidad por el acto que solo les había traído dolor y la promesa de la muerte.

El tratante escamoso soltó un rugido. Mentiras. Silencien a esa.

Fue el error final. El ruido de la primera cadena rompiéndose fue como un

disparo. Asila, con un movimiento brutalmente rápido, arrancó los

grilletes de sus propias muñecas como si fueran de plastilina. Luego se abalanzó sobre el poste más

cercano. Sus manos, tan hábiles ahora para la ternura como para la destrucción, agarraron las gruesas

cadenas de una esclava venusiana. Un tirón, metal retorcido.

La reptiliana cayó al suelo, libre, aturdida. Ahora rugió a Shila. Su voz un grito de

guerra. Sus ojos dorados eran llamas. Fue la señal, la chispa que encendió la

pradera. Las esclavas, alimentadas por siglos de opresión y por la imagen

imposible, esperanzadora, de Ashila embarazada y hablando de placer,

estallaron. No fueron soldados, fueron furia pura,

dolor convertido en fuerza. Se abalanzaron sobre los guardias, usando sus propias cadenas rotas como látigos,

como garrotes, mordiendo, arañando, gritando con una rabia liberada.

Elías era un torbellino de precisión humana. Disparaba no para matar, sino

para incapacitar. Derribaba guardias, volaba cerraduras electrónicas con dispositivos que

lanzaban pulsos. Protegía las a las esclavas que se abrían paso hacia la

libertad. Era caos, era brutal. Gritos de dolor,

de rabia, de miedo. Pero por primera vez el miedo estaba del lado de los

tratantes. Los compradores huyeron. Los guardias, superados por la marea de

furia femenina liberada, cayeron o retrocedieron. fue rápida, violenta,

decisiva. Cuando el polvo se asentó, los tratantes yacían derrotados, expulsados a la

fuerza del mercado, que una vez fue su reino. Las puertas principales, pesadas puertas

de acero, se cerraron de golpe desde dentro. El silencio que siguió fue

pesado, jadeante, lleno del olor a quemado, a sangre, a libertad recién

ganada. Cientos de mujeres alienígenas, libres por primera vez, miraban a su alrededor.

Miraban las cadenas rotas en el suelo, miraban los postes vacíos. Miraban a

Gas, a Elías, empuñando su arma humeante. Miraban a a Shaila imponente,

su mano aún sobre su vientre, su pecho subiendo y bajando con la adrenalina.

Una de ellas, una pequeña humanoide con piel de musgo, dio un paso adelante. Su

voz era un hilo. ¿Y ahora qué? Ahora, ¿qué hacemos?

Elías bajó su arma, respiró hondo, miró a las caras expectantes, aterrorizadas,

esperanzadas. Ahora dijo su voz recuperando parte de

su serenidad, pero con una firmeza de acero. Ahora convertiremos este lugar de horror

en un hogar. Fue el comienzo de una nueva era. Las

cadenas se fundieron para hacer herramientas. Los postes de esclavos se cortaron, se lijaron, se convirtieron en

vigas para refugios. Las jaulas se desmantelaron. Sus paneles usados para

construir paredes, camas sencillas, pero limpias, espacios privados. El mercado

oscuro y sangriento se transformó día a día en un santuario,

en un lugar seguro. Elías era su guía, su protector, el que sabía cómo

construir, cómo organizar, cómo conseguir suministro sin levantar sospechas. Se convirtió naturalmente en

una figura paterna. en el núcleo alrededor del cual giraba esta nueva y extraña familia.

Pero faltaba algo. Una pregunta flotaba en el aire. En los ojos de muchas de las

mujeres liberadas cuando miraban a Ashaila. En las conversaciones susurradas por la noche, Asila había

Fomia hablado de algo más que libertad física. Había hablado de placer, de

belleza, de una intimidad que sonaba a cuento de hadas.

Una tarde, un grupo de ellas, lideradas por la humana de musgo, Kira se acercó a

Elías mientras reparaba un generador de agua. Estaban nerviosas, avergonzadas,

pero decididas. Elías, comenzó Kira retorciéndose las

manos. Asila, Asila nos contó del del

acto contigo. Dijo que que no duele. ¿Qué es bueno? ¿Qué es placentero?

Hizo una pausa buscando valor. Las otras asintieron, sus ojos llenos de una

mezcla de anhelo y miedo. Nosotras nunca hemos conocido eso. Solo

dolor, solo obligación. ¿Podrías podrías enseñarnos enseñarnos cómo es el

amor humano? ¿Cómo es eso? Cuando es bueno.

Elías se quedó quieto. La herramienta que sostenía cayó con un golpe sordo.

Miró a las mujeres, sus caras llenas de esperanza, de una vulnerabilidad

inmensa. Luego buscó a Asila. Ella estaba cerca vigilando como siempre. Sus

ojos dorados se encontraron con los suyos. En ellos no había celos, no había

posesividad, había una comprensión profunda, una tristeza por lo que sus hermanas habían perdido y una

determinación férrea. Asila se acercó, puso una mano enorme,

pero gentil en el hombro de Kira. Luego miró a Elías. Su voz fue suave, pero

clara como el cristal. Hazlo, Elías. Enséñales,

enséñales a sentir, enséñales a amar. Ellas lo merecen.

Yo yo te comparto para que sanen, para que sepan.

Elías miró a Asila, su roca, su amor. La

madre de su hijo vio la aceptación absoluta en sus ojos, la generosidad

feroz. respiró hondo. El camino no sería fácil, sería complejo, lleno de desafíos, pero

miró a las mujeres que lo rodeaban, sobrevivientes, guerreras que merecían descubrir que la

intimidad podía ser algo más que un acto de dominación, que podía ser conexión, placer, incluso

amor. Asintió una sola vez fuerte. Empecemos,

dijo, “pero empezaremos hablando, hablando de respeto, de límites, de

escuchar al propio cuerpo, de la ternura.” Sonrió un poco tristemente.

El placer viene después, cuando hay confianza, cuando hay elección, cuando

hay humanidad. Y así en el antiguo mercado de esclavas

de Valer 25, ahora llamado el refugio de las cadenas rotas, comenzó la lección

más importante. No era solo sobre reproducción, era sobre recuperar la propia piel, la

propia voluntad, el derecho a sentir. Elías, guiado por el amor inquebrantable

de Ashaila y por un sentido de justicia profundo, se convirtió en el faro,

enseñando con paciencia infinita y un respeto sagrado, que incluso en la

oscuridad del universo, el contacto humano podía ser una luz, una luz que

sanaba, que liberaba, que enseñaba por fin a volar.