Era 14 de marzo de 1958, un viernes por la noche, cerca de las

10, en el restaurante Ambassadurs, uno de los lugares más exclusivos de la

Ciudad de México. Pedro Infante acababa de terminar una cena tranquila con su

hermano José y dos amigos cercanos. habían estado celebrando discretamente

el éxito reciente de su película Tok, que estaba rompiendo récords en taquilla

por tercera semana consecutiva. Pedro se sentía relajado esa noche, algo

poco común para él. Los últimos meses habían sido agotadores. Filmaciones

interminables, giras promocionales, compromisos públicos que no terminaban

nunca. Esta cena simple con personas que lo conocían como Pedro, no como el ídolo

del cine mexicano, era exactamente lo que necesitaba. Vestía con elegancia,

pero sin ostentación. Un traje gris oscuro, camisa blanca, corbata discreta,

nada que llamara la atención. Pedro siempre prefería pasar desapercibido

cuando no estaba trabajando, aunque eso era casi imposible. Su rostro era

demasiado reconocible, su presencia demasiado magnética. El Ambassadors era ese tipo de

restaurante donde la élite de México se reunía. Políticos, empresarios, artistas

consagrados, familias de abolengo. Las mesas estaban espaciadas generosamente.

La iluminación era tenue y sofisticada. El servicio era impecable. Todo diseñado

para crear una atmósfera de exclusividad y distinción. Pedro y su grupo estaban

terminando el postre cuando sucedió. Desde una mesa al otro lado del salón, un hombre se puso de pie abruptamente.

Su silla raspó el piso con un sonido desagradable que cortó las conversaciones cercanas. El hombre tenía

tal vez 55 años, rostro enrojecido, traje caro, postura de alguien

acostumbrado a que le obedezcan sin cuestionamiento. Caminó directamente hacia la mesa de

Pedro con pasos deliberados. Pedro lo vio acercarse y reconoció el tipo

inmediatamente. Empresario rico, probablemente heredero de fortuna familiar, acostumbrado a

sentirse superior a todos los demás. Pedro había conocido a docenas así a lo

largo de su carrera. El hombre se detuvo frente a la mesa de Pedro. No saludó, no

pidió permiso para interrumpir, simplemente comenzó a hablar con voz lo suficientemente alta para que varias

mesas cercanas pudieran escuchar. ¿Desde cuándo este establecimiento permite que

cantes de cabareten aquí? El silencio fue inmediato y total. Las

conversaciones en las mesas cercanas se detuvieron. Los meseros se congelaron en sus

posiciones. Incluso la música de fondo pareció bajar de volumen, aunque probablemente fue solo la percepción del

momento. Pedro miró al hombre sin responder inmediatamente. Había aprendido a lo largo de años de

fama que responder impulsivamente a provocaciones nunca terminaba bien.

José, su hermano, se tensó visiblemente, listo para ponerse de pie. Pedro le puso

una mano en el brazo suavemente. Espera. El empresario continuó envalentonado por

el silencio de Pedro. Lugares como este son para gente de cierta clase, cierta educación, no para

tipos que ganan dinero gritando canciones en películas baratas. Pedro sintió la familiar oleada de ira. No por

él mismo había soportado peores insultos, sino por lo que este hombre

representaba. Esa arrogancia de clase que consideraba a los artistas como entretenimiento

descartable, indignos de respeto real. Pero antes de que Pedro pudiera

responder, otra voz cortó el silencio. Una voz que todos en el restaurante

reconocieron instantáneamente. Disculpe, señor, creo que hay una confusión.

Mario Moreno, Cantinflas, se había puesto de pie desde su propia mesa en el otro extremo del salón.

caminaba hacia ellos con esa forma característica suya, postura relajada, pero presencia innegable. Había estado

cenando con su esposa Valentina celebrando su aniversario número 23 en privado. El empresario se giró hacia

Mario momentáneamente confundido. Perdón, esto no es asunto suyo. Oh, pero

creo que sí lo es, respondió Mario llegando junto a la mesa de Pedro. Verá.

Estaba sentado allá disfrutando una cena maravillosa cuando no pude evitar escuchar su comentario sobre educación y

clase. Y me pareció interesante porque, bueno, claramente usted es un hombre de

opiniones fuertes. El tono de Mario era educado, casi amigable, pero había acero

debajo. Pedro lo reconoció inmediatamente. Había visto a Mario usar esa táctica

antes, desarmar con cortesía antes de atacar con precisión quirúrgica.

Mire, continúa el empresario, su rostro enrojeciéndose más. No sé quién es

usted, pero soy Mario Moreno y usted es El vaciló. Todos en México conocían a

Cantinflas. Soy Rodrigo Velasco. Mi familia ha sido dueña de Ah, los

Velasco. Sí, conozco el nombre. textiles. Correcto. Heredó el negocio de

su padre, quien lo heredó de su abuelo. Muy impresionante. Debe sentirse orgulloso de, bueno, de haber nacido.

Hubo risas sofocadas desde algunas mesas cercanas. Velasco se puso rígido. ¿Qué

está insinuando? Oh, nada, nada. Solo observo que usted mencionó clase y educación y me

preguntaba, ¿dónde estudió usted? que ha construido con sus propias manos, que ha

creado que no existía antes de que usted llegara. Eso es irrelevante. El punto es que

lugares como este tienen ciertos estándares. Estándares. Interesante palabra.

Mario se giró ligeramente hacia Pedro. Don Pedro, ¿me permite preguntarle algo?

¿Cuántas películas ha hecho? Pedro, entendiendo exactamente lo que

Mario estaba haciendo, respondió calmadamente, 62. Hasta ahora 62. ¿Y cuántas de esas

fueron éxitos de taquilla? La mayoría, tal vez 50. 50 películas exitosas.

¿Cuántas personas han visto su trabajo? Millones, decenas de millones,