El coronel ordenó cortar la mano de un inocente para dar ejemplo. Nadie
imaginaba que entre la multitud silenciosa, Pancho Villa observaba cada injusticia
esperando el momento exacto para transformar el miedo en justicia. Bienvenido al canal Cuentos de Villa.

Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate,
porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Dicen los viejos de Parral que aquella
noche el viento pasaba seco entre las calles de tierra, levantando polvo que
se pegaba a las ventanas cerradas. No era frío lo que hacía que la gente se encerrara temprano, sino miedo. Un miedo
que olía a pólvora guardada y a botas militares golpeando el empedrado. El
coronel Gámes había mandado tocar las campanas de la iglesia no para llamar a
misa, sino para reunir al pueblo en la plaza. Cuando las campanas suenan fuera
de hora, nadie pregunta si es para rezar o para llorar, simplemente se va, porque
quedarse adentro puede ser peor. Los soldados ya estaban repartidos por toda la plaza, rifles terciados al hombro,
caras duras como el barro seco del desierto. Fumaban sin prisa, escupían al
suelo, miraban a las mujeres con descaro. Eran hombres que habían olvidado que sus propios padres también
habían sido peones, que sus madres también habían molido maíz con manos
agrietadas, la farda les había borrado la memoria o quizá solo les había dado
permiso para fingir que nunca habían sido pobres. Cuando trajeron al
prisionero, un murmullo recorrió la multitud como viento entre las milpas.
Era Julián Medina, un hombre flaco como caña de maíz, con el sombrero aplastado
y los brazos amarrados con cuerdas gruesas que le cortaban la piel. La camisa estaba manchada de tierra y de
granos de maíz derramado, como si lo hubieran arrastrado desde su jacal, sin
darle tiempo ni de despedirse. Muchos en la plaza lo conocían. Había cargado
bultos en el mercado, había levantar cercas, había llevado mensajes de rancho
en rancho cuando alguien necesitaba avisar de un nacimiento o de una muerte.
Era de esos hombres que nunca dicen no cuando se les pide un favor, aunque
tengan poco que dar. El coronel Gámes salió al centro de la plaza como si
fuera dueño del cielo y de la tierra. Las botas, limpias hasta brillar bajo la
luz de los faroles, contrastaban con el polvo que cubría todo lo demás. La farda
impecable, el bigote recortado, el mentón levantado. Era un hombre que no
necesitaba alzar la voz para que lo escucharan, porque el miedo ya hacía el
trabajo por él. Se detuvo frente a Julián, lo miró de arriba a abajo como quien inspecciona una reficio,
luego se volvió hacia el pueblo con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Este
hombre, dijo señalando al prisionero con el dedo como si fuera basura. Este
hombre que ustedes conocen, que saluda con la cabeza gacha y que se hace el humilde, es un ladrón. robó maíz de mis
propiedades, maíz que yo guardaba para alimentar a la tropa, para sostener el
orden en esta región. Y ustedes saben lo que pasa con los ladrones. Nadie habló,
nadie se atrevió ni a tocer. Las madres apretaban a sus hijos contra las faldas.
Los hombres miraban al suelo. Las ancianas apretaban sus rosarios entre
los dedos. Todos sabían que cuando el coronel hablaba de orden, hablaba de
obediencia ciega. Cuando hablaba de justicia, hablaba de castigo público
para sembrar terror. Corte la mano. Ordenó sin titubear, como quien pide que
le sirvan agua. Las palabras cayeron sobre la plaza como piedras en un pozo hondo. Hubo quien cerró los ojos, quien
apretó los puños, quien sintió que el estómago se le revolvía. Pero nadie gritó, nadie protestó, porque
todos sabían que protestar significaba ser el siguiente en subir al tablado.
Entre la gente, mezclado con los sombreros bajos y los arapes raídos, había un hombre que observaba en
silencio. No era del pueblo, aunque su ropa fuera igual de polvorienta que la
de los demás. tenía los ojos entrecerrados como quien mide distancias
antes de disparar y las manos quietas sobre el regazo, como quien sabe
esperar. Nadie allí lo reconocía, porque Pancho Villa sabía moverse entre la
gente como sombra entre sombras, sin hacer ruido, sin llamar la atención.
Había llegado a Parral tres días antes, después de recibir cartas que hablaban de robos de milpa desviado hacia los
gringos. de familias endeudadas sin motivo, cartas que firmaba con iniciales
temblorosas un tal JM, que resultó ser el mismo hombre que ahora estaba
amarrado frente a todos. Villa lo reconoció en cuanto lo vio. Recordaba
haberlo encontrado una vez en un arroyo seco al caer la tarde, cuando el
mensajero llegó sudando y temblando, no de cansancio, sino de miedo. Traía
noticias de las carro que salían de noche cargadas de maíz, de los compradores extranjeros que pagaban en
dólares y de los nombres de quienes ayudaban al coronel a desviar las
cosechas. Ella le había prometido que un día ese abuso terminaría.
Ahora lo veía ahí, convertido en ejemplo, marcado como ladrón, justamente
por haber sabido demasiado. El general revolucionario apretó los dientes, pero
no se movió. Contó los soldados, calculó las salidas de la plaza, vio las
ventanas llenas de mujeres y niños asomados. Sabía que si sacaba la pistola
en ese momento, la plaza se convertiría en matadero. No bastaba con salvar a un
hombre, si eso significaba dejar una docena de inocentes tirados en la
tierra. La crueldad del coronel se alimentaba del miedo del pueblo y para
vencerlo no bastaba con disparar. Había que desmoronar el poder desde adentro.
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