El sol del desierto de Chihuahua castigaba sin piedad en aquel mediodía de julio de 1915,

pero ese calor era nada, absolutamente nada, comparado con el fuego del infierno, que el coronel Bernardo Casas
estaba a punto de desatar sobre tres mujeres indefensas. Casas era un hijo de
[ __ ] con uniforme federal, gordo como cerdo de engorda, con bigote grasiento
que parecía haber sido untado con la misma manteca que chorreaba de su alma podrida. Sus ojos eran pequeños,
hundidos en la grasa de su cara, brillando con esa luz enfermiza que solo
tienen los hombres que disfrutan ver sufrir a otros. Medía apenas 1660, pero
se creía gigante porque llevaba el uniforme del gobierno de Victoriano Huerta. Ese traidor que asesinó al
presidente Madero y se vendió a los gringos por un puñado de dólares. El coronel Casas tenía costumbre bien
conocida en todo el norte. Cuando capturaba soldaderas villistas, esas mujeres valientes que seguían a la
división del norte llevando mensajes, cocinando para los revolucionarios, curando heridos, no las fusilaba como
hubiera hecho cualquier militar con un mínimo de honor. No, compadre. Casas las
quemaba vivas, las amarraba a postes de telégrafo o a mezquites secos, apilaba
leña a sus pies y prendía fuego mientras sus federales borrachos apostaban cuál
de las pobres mujeres gritaría más fuerte. Dale like a este video ahorita
mismo si quieres ver como este hijo de [ __ ] recibió su merecido. Suscríbete al
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desde qué ciudad nos estás viendo, compadre, porque esta historia del norte de México tiene que llegar a cada rincón
donde todavía se respeta la palabra y el honor. Era julio de 1915 y la Revolución
Mexicana estaba en su punto más sangriento. Pancho Villa controlaba el norte con su división del norte, 30,000
hombres armados hasta los dientes que peleaban por tierra y libertad. Los federales de Huerta, esos perros
traidores vendidos al mejor postor, habían sido prácticamente borrados del mapa, pero quedaban ratas escondidas en
pueblos pequeños, coroneles cobardes que se escondían detrás de sus uniformes para cometer atrocidades que ni el mismo
[ __ ] hubiera imaginado. El coronel Bernardo Casas era la peor de esas ratas. Aquel mediodía maldito, en un
lugar perdido entre Villa Ahumada y Jiménez, el coronel había capturado a tres mujeres, tres soldaderas que
llevaban mensajes de villa a sus aliados zapatistas del sur. Las había atrapado
en emboscada cobarde, 30 federales contra tres mujeres desarmadas que
viajaban disfrazadas de vendedoras ambulantes. La primera se llamaba Carmen, 35 años. esposa de un capitán
zapatista llamado Esteban Reyes. Carmen había dejado sus dos hijos con su madre
en Morelos para seguir a su marido al norte, ayudando en la causa revolucionaria. Era mujer de palabra
firme y mirada que no se doblaba ante nadie. Cuando los federales la capturaron, no suplicó, solo escupió a
los pies del coronel y le dijo, “Puedes matar mi cuerpo, gordo hijo de [ __ ]
pero mi alma va a perseguirte hasta el infierno.” La segunda era refugio, 40
años curandera que había salvado a medio batallón villista del tifo usando remedios que aprendió de su abuela, pura
medicina tradicional del desierto. refugio conocía cada hierba, cada raíz
que curaba, cada oración que quitaba el mal de ojo. Los dorados de villa la
llamaban la milagrosa, porque cuando el doctor del campamento ya daba a un herido por muerto, refugio llegaba con
sus brevajes y sus rezos, y el hombre amanecía vivo. era viuda, sin hijos, y
había dedicado su vida entera a servir a la causa revolucionaria, porque decía que Dios le había dado el don de curar
para ayudar a los que peleaban por justicia. La tercera era Josefina,
apenas 15 años, compadre. 15 años. Hija de un ranchero que había dado todo su
maíz, todas sus vacas, todo lo que tenía a la división del norte, porque creía en
villa como se cree en los santos. Josefina era mensajera, llevaba cartas
cifradas de un campamento a otro porque era pequeña, se veía inocente y nadie
sospechaba de una chamaca flaca con trenzas largas. Pero esa niña tenía el
corazón de un león. Cuando los federales la interrogaron, no dijo ni una palabra,
ni bajo golpes, ni bajo amenazas, nada. El coronel Casas las tenía amarradas a
tres postes de telégrafo en medio del desierto. Eran las 2 de la tarde y el sol caía como martillo del herrero sobre
Yunque ardiendo. Los 30 federales rodeaban a las mujeres riendo, tomando
mezcal de garrafones sucios haciendo apuestas obscenas. Casas caminaba frente a las tres prisioneras con esa
arrogancia que solo tienen los cobardes cuando se sienten seguros. arrastraba sus botas federales por el polvo,
dejando huellas como serpiente gorda. Se paró frente a Carmen y le sopló su
aliento apestoso a alcohol y dientes podridos en la cara. ¿Dónde está tu
marido zapatista ahora, perra? ¿Dónde está Villa para salvarte? Carmen lo miró
directo a los ojos y le respondió con voz firme como piedra de río. Villa no
necesita estar aquí para que sepas que ya estás muerto, gordo cobarde. Tu nombre ya está escrito en la lista de
Fierro. Y cuando Rodolfo Fierro pone tu nombre en su lista, no hay cueva donde
te puedas esconder. El coronel le cruzó la cara de un bofetón que resonó en el
silencio del desierto. Pero Carmen solo escupió sangre y sonríó. porque ella
sabía algo que el coronel no sabía todavía. A 20 met de distancia,
escondido detrás de un mezquite seco que apenas daba sombra, Rodolfo Fierro observaba cada detalle de la escena.
Había seguido a las tres mujeres desde villa Ahumada como escolta secreta, manteniéndose a distancia prudente para
no levantar sospechas. Cuando vio la emboscada federal, tuvo que morderse el labio hasta sangrar para
no salir disparando de inmediato. Pero era un hombre contra 30. Necesitaba ser
inteligente. Fierro era el brazo derecho de Pancho Villa, el ejecutor de la
justicia del norte, el hombre que Villa mandaba cuando necesitaba que algo se hiciera rápido, limpio y definitivo. Le
decían, “El carnicero, los enemigos, el justiciero los aliados.” Era hombre de
pocas palabras y muchas balas, alto, delgado como alambre de púas, con ojos
negros que parecían ver directo al alma podrida de los hombres. Nunca sonreía,
nunca perdonaba y nunca, absolutamente nunca, olvidaba una ofensa. Fierro
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