Compadre, esa es la historia de una mujer que hizo de su cuerpo un altar y del deseo una cadena. Una cadena que
amarró y arrastró hasta el patrón más temido de todo Chihuahua. Aguanten la
respiración y escuchen bien, porque la historia de Adelina de las cadenas es tan caliente como el sol del desierto a
la hora del [ __ ] y tan peligrosa como víbora de cascabel en día de muda. Tú
estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora
sí, vamos a comenzar. Era tiempo de sequía brava en el

desierto del norte. El sol rajaba el suelo como puñal y la tierra roja subía
en espirales como si fuera el mismísimo [ __ ] bailando. En el pueblo de San
Rafael del Norte, pequeño conjunto de casas de adobe y una iglesita vieja, el
poder tenía nombre, apellido y látigo. Don Esteban Montalvo, hombre de
facciones talladas en piedra y alma curtida en la maldad. Don Esteban tenía
el poder absoluto sobre todo lo que respiraba en esas tierras, dueño de las
tierras, del ganado, de las minas de plata, y decían las malas lenguas que
hasta de la voluntad de Dios en ese pedazo olvidado del mundo, alto como
poste de telégrafo con hombros anchos que parecían capaces de cargar el mundo entero. Don Esteban era la imagen viva
del poder en tiempos de la revolución. Siempre vestía de traje claro, lino
importado de Europa que contrastaba con el rostro quemado por el sol del desierto, curtido por años de cabalgar
bajo ese cielo que no conocía la piedad. Sus ojos eran del color del whisky viejo, amarillos como los de un lobo, y
cuando te miraba sentías que podía ver directamente hasta el fondo de tu alma y
pesar cada uno de tus pecados. Usaba botas de piel de avestruz que le habían
costado más de lo que una familia pobre ganaba en 5 años, y un sombrero tejano
de fieltro negro con una banda de plata que brillaba como promesa de muerte bajo
el sol. Pero lo que más llamaba la atención, lo que hacía que hasta los hombres más valientes bajaran la mirada
cuando él pasaba, era el látigo de cuero trenzado que siempre llevaba enrollado
en la cintura. como si fuera un cinturón. No era adorno ni símbolo. Era
una herramienta de trabajo que don Esteban usaba con la misma frecuencia con la que otros hombres usaban la pluma
para firmar papeles. Ese látigo tenía historia. Tenía memoria grabada en cada
una de sus trenzas de cuero. Había marcado espaldas de peones que no cumplían con las cuotas de trabajo.
Había castigado a mujeres que osaban mirarlo de frente. Había dibujado cicatrices en la piel de cualquiera que
se atreviera a cuestionar su autoridad. Don Esteban andaba con la cintura, no
como adorno, sino como extensión de su autoridad. Decían los viejos del pueblo
que ese látigo había pertenecido a su padre y antes al abuelo y que en la
familia Montalvo se pasaba de generación en generación, como otros pasan la
Biblia o las joyas de la abuela. Cada nudo en ese cuero guardaba la memoria de
algún castigo, de alguna lección impartida con sangre y dolor. Y don
Esteban lo usaba con el orgullo de quien porta una medalla de honor. Corría el
año de 1915. Y aunque la revolución ardía en todo México, aunque Pancho
Villa cabalgaba por el norte repartiendo tierras y justicia, aunque Zapata en el
sur gritaba que la tierra es de quien la trabaja, en San Rafael del Norte las
cosas seguían como en tiempos de don Porfirio Díaz. El viejo sistema de haciendas, de patrones todopoderosos y
peones, que vivían poco mejor que los animales, seguía funcionando como reloj
suizo. Los villistas pasaban de vez en cuando por el pueblo, levantaban polvo
con sus caballos, pedían provisiones o las tomaban sin pedir, pero ninguno se
metía con don Esteban Montalvo. ¿Y saben por qué? Porque don Esteban sabía jugar
el juego de la política revolucionaria mejor que nadie.
Cuando llegaban los villistas, don Esteban sacaba el tequila bueno, mataba un becerro para la tropa y discretamente
les pasaba un saco de monedas de plata. “Viva la revolución, compañeros”, decía
con sonrisa que no llegaba a los ojos. Aquí tienen para comprar parque y seguir
peleando contra los federales. Y los revolucionarios se iban contentos con
las panzas llenas y los bolsillos pesados, sin darse cuenta de que acababan de ser comprados como se compra
ganado en la feria. Cuando llegaban los federales, don Esteban cambiaba de
canción, pero la melodía era la misma. Saquen a esos bandidos villistas de mis
tierras, señor capitán. Aquí tiene dinero para sus hombres y si necesitan
caballos o provisiones, están a su disposición. Y los federales también se
iban contentos, convencidos de que don Esteban era un patriota que apoyaba al
gobierno legítimo. Así, don Esteban mantenía su pequeño reino intacto,
pagando a ambos bandos, mientras el país se desangraba en batallas por una
justicia que nunca llegaba a lugares como San Rafael del Norte. La hacienda
la esperanza, propiedad de los Montalbo, desde hacía tres generaciones, se
extendía por leguas y leguas de tierra. Desde la casa grande, construida en lo
alto de una loma para que el patrón pudiera ver todo su dominio, se
alcanzaban a ver los campos de cultivo que verdecían cuando había agua, los
corrales donde pasía el ganado, las casitas de adobe donde vivían los trabajadores con sus familias y más
allá, mucho más allá, las montañas azules de la Sierra del Carmen, que
marcaban el límite del mundo conocido. Don Esteban tenía esposa legítima, doña
Socorro, una mujer pálida y callada que pasaba sus días rezando el rosario y
fingiendo que no sabía que su marido se metía en la cama de cualquier india bonita que trabajara en la hacienda.
Doña Socorro venía de familia rica de la capital. Se había casado con don Esteban
por arreglo entre familias para unir fortunas y apellidos. Y llevaba 20 años
viviendo en esa casa grande como un fantasma elegante, vestida siempre de
News
Pandilla de vaqueros ataca a un Sheriff veterano sin saber que era el pistolero mas letal del Oeste
El abrazador sol de Arizona caía implacable sobre Shadow Creek cuando cinco jinetes se acercaron, sus capas negras acumulando polvo…
LA CANGA DEL CORONEL… LA VENGANZA MÁS BRUTAL DE PANCHO VILLA
El sonido de la madera golpeando la espalda del hombre resonó por [música] toda la plaza de Parral. Era un…
Hacendado Escupió en la Cara del Joven Villa Frente a Todos…y PAGÓ con Sangre 5 Años Después
El sol de julio caía como fierro en brasa sobre la hacienda la esperanza allá en las tierras de Chihuahua,…
“Come del suelo”, dijo el patrón a la anciana pobre — Villa lo hizo tragarse su orgullo
Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo…
Le Advirtieron a Pancho Villa Que No Entrara a Ese Pueblo — Y Entró De Todos Modos
¿Qué tal, amigos? Bienvenidos al canal. Si les gusta la historia, denle like y cuéntenos en los comentarios desde dónde…
No Soy Bonita —Susurró Ella— El Vaquero Respondió: —Está bien… Necesito Honestidad, no Ostentación.
“No soy bonita”, susurró ella, sin levantar la mirada. El polvo del camino se le había metido en las pestañas…
End of content
No more pages to load






