En el norte de México, la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con mauser en la

mano. Esta es la historia del coronel Jesús María Rentería. Un hombre gordo,

de bigote retorcido y ojos de víbora, que había aprendido que el poder no se

pide. Se impone con miedo. En 1902, Rentería controlaba San Juan del Río,

Durango, como si fuera su hacienda personal. No era de los coroneles que salían al

combate. Era de los que se quedaban en el pueblo cobrando impuestos inventados,

robando tierras con papeles falsos y violando mujeres que no tenían quien las

defendiera. Rentería medía casi 1,80, pero la panza cervecera lo hacía parecer

más bajo. Usaba uniforme federal impecable, siempre limpio, siempre

planchado, porque nunca se ensuciaba las manos. Para eso tenía soldados, 12

federales que obedecían cada orden sin hacer preguntas, porque sabían que

cuestionar al coronel significaba terminar en algún barranco con un tiro en la nuca. El sol del desierto

castigaba, pero la injusticia del coronel castigaba más. Aquel hombre

había perfeccionado el arte de la crueldad calculada. No mataba rápido, no

desperdiciaba balas. Rentería creía que el miedo verdadero se construye con el

sufrimiento largo, visible, público. Había ahorcado campesinos en la plaza

del pueblo por rebelión, cuando solo pedían pagar menos impuestos. Había

quemado jacales completos con familias adentro por esconder revolucionarios que

nunca existieron. Y en una ocasión amarró a un hombre a un caballo salvaje

y lo dejó correr por el desierto hasta que solo quedaron pedazos. Pero lo que

haría el 15 de agosto de 1902 superaría todo lo anterior. Porque aquel día el

coronel Jesús María Rentería decidió enseñarle al pueblo de San Juan del Río

qué pasaba con quien no pagaba sus impuestos y eligió como ejemplo al

hombre más humilde, más indefenso, más viejo del pueblo, Tomás Fierro, un

anciano de 68 años que debía exactamente 5 pesos 5 pesos. el precio de dos

botellas de mezcal barato. Y por esa deuda miserable, el coronel ordenaría

algo que el infierno mismo aplaudiría. Enterrar vivo al viejo Tomás frente a

todo el pueblo, incluyendo a su nieto, un chamaco flaco de 14 años llamado

Rodolfo, que vería cada palada, escucharía cada grito y jamás, jamás en

su vida lo olvidaría. Pero antes de que sigas escuchando esta leyenda, compadre,

necesito que hagas tres cosas ahorita mismo. Dale like a este video para que

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que tus abuelos sabían y que la historia oficial enterró. y comenta desde qué

ciudad nos estás viendo, porque quiero saber dónde está la raza que todavía

respeta la memoria de los hombres de honor. Porque lo que viene, compadre, no

es solo una historia de venganza. Es la prueba de que en el norte de México

todavía había hombres que no olvidaban, hombres que no perdonaban, hombres que

entendían que para ciertos crímenes la única justicia posible viene con una

pala en la mano y un agujero en la tierra. El desierto no olvida. Y Rodolfo

Fierro era la memoria del desierto. San Juan del Río, Durango. 15 de agosto de

Las 6 de la mañana. El sol apenas empezaba a despertar detrás de las

montañas cuando los 12 federales del coronel Rentería tocaron la puerta del

jacal de Tomás Fierro. No era un toque amable, era el tipo de golpe que anuncia

desgracia el sonido de las cachas de rifle contra madera vieja. Tomás Fierro

abrió la puerta todavía en calzones y camisa sucia de dormir. Era un hombre

que el tiempo había doblado como mequite viejo, flaco, con la piel cuarteada por

décadas de sol duranguense, manos llenas de callos de trabajar tierra que nunca fue suya. Sus ojos ya casi no veían

bien, pero reconoció los uniformes federales de inmediato y supo que lo que

venían a cobrar él no lo tenía. Don Tomás.

dijo el sargento, un hombre joven con cara de piedra. Tiene una deuda pendiente con el gobierno federal, 5

pesos de impuesto sobre propiedad. El viejo tragó saliva, sus manos

temblaban. Mi sargento, yo yo no tengo tierra propia. Este jacal es

prestado. Debe haber un error. No hay error, viejo. El coronel dice que debe 5

pesos y el coronel no se equivoca. Detrás del sargento, los otros 11

federales sonreían. Sabían perfectamente que no había deuda real. Sabían que el

coronel inventaba impuestos cuando necesitaba dinero para el mezcal o

cuando simplemente estaba aburrido y quería divertirse con el sufrimiento ajeno.

Pero mi sargento, yo no tengo ni un centavo. Trabajo de peón en la hacienda

de don Eusebio. Me pagan 6 pesos al mes y con eso mantengo a mi nieto. me

alcanza para amo vas a pagar. Interrumpió el sargento. No

puedo pagar mi sargento. No es que no quiera, es que no tengo. El sargento

escupió al suelo. El coronel quiere verte en la plaza. Ahora vístete.

Adentro del jacal, escondido detrás de un petate raído. Rodolfo Fierro observaba todo. Tenía 14 años, pero

parecía de 12 por lo flaco que estaba. Sus ojos oscuros y profundos miraban a

su abuelo con terror. Sabía que cuando los federales venían así temprano con

esa cantidad de hombres, no era para cobrar impuestos, era para algo peor.