Déjame contarte una historia que todavía se cuenta en las cantinas de Chihuahua,

cuando el mezcal afloja las lenguas y la noche se pone pesada. Una historia de

fuego, sangre y justicia fría como el acero del Mauser. Porque en el norte de

México, compadre, la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a

caballo y con plomo en la mano. Era febrero de 1916.

El desierto de Chihuahua ardía bajo un sol que castigaba como látigo de capataz, pero había algo más cruel que

ese sol. Había un hombre llamado Coronel Ignacio Terrazas.

Terrazas no era federal común y corriente, era hijo de ascendados,

heredero de apellido, que pesaba más que el oro en aquellas tierras. Alto, de

bigote engomado que se retorcía en las puntas. Como las víboras del desierto,

usaba uniforme impecable, incluso en medio del polvo y la guerra. Sus botas

brillaban tanto que podías ver tu reflejo. Y si lo veías, compadre, era

porque tu muerte estaba cerca. Este hombre tenía una crueldad refinada, de

esas que nacen en salones elegantes y se perfeccionan con champán francés y

desprecio por el pueblo. Para él, los revolucionarios no eran hombres, eran

basura que había que quemar. Y eso precisamente fue lo que hizo. Junto a

terrazas cabalgaba su mano derecha el capitán Eustaquio Ribas, apodado el

tlacuache, por sus ojos pequeños y nerviosos que nunca descansaban.

Ribas era diferente a su coronel. No venía de cuna de oro, sino de hambre y traición. Había sido villista hasta

1914, hasta que el dinero federal le compró el alma. Para compensar su pasado, Ribas

era el más brutal, el más sanguinario. Necesitaba demostrar su lealtad con cada

gota de sangre revolucionaria que derramaba. El tlacuache tenía una

obsesión particular, la fotografía. Cargaba una cámara Kodak robada de algún

gringo en Ciudad Juárez y con ella documentaba cada masacre, cada

fusilamiento, cada horror que cometía. Decía que eran evidencias para la

historia, pero la verdad, compadre, es que le gustaba le gustaba capturar el

momento exacto en que la vida se apagaba en los ojos de sus víctimas. Febrero 14,

Día de San Valentín para los gringos, día de sangre para el norte de México.

Los federales recibieron información. Un rancho a 30 km al norte de Parral servía

de hospital secreto para heridos de la división del norte. 23 hombres se

recuperaban ahí, dorados con balas en el pecho, muchachos con brazos destrozados,

un médico viejo que curaba sin cobrar un peso porque creía en la revolución más

que en Dios. terrazas. No ordenó captura, no ordenó fusilamiento,

ordenó algo peor. “Quémenlo todo”, dijo mientras limpiaba

sus uñas con navaja de plata. “Que no quede ni ceniza de esos perros. Y si te

preguntas por qué un hombre hace algo así, compadre, es porque hay maldades que no tienen explicación.

Algunas personas nacen con el alma podrida y ningún sol del desierto puede secar esa podredumbre. Pero lo que

Terrazas no sabía, lo que el tlacuache no imaginaba mientras preparaba su

cámara para fotografiar el horror que venía, es que había un hombre observando desde una colina lejana. Un hombre que

llegaría tarde para salvar a sus hermanos, pero llegaría justo a tiempo para convertirse en su venganza. Ese

hombre era Francisco Villa, el centauro del norte, la memoria viviente del

desierto. Y cuando Villa vio el humo negro elevándose hacia el cielo como

oración [ __ ] cuando escuchó los gritos de los hombres quemándose vivos,

llegando hasta sus oídos como lamento de almas condenadas, algo se rompió en su

pecho. No con sonido, porque el dolor verdadero, compadre, no hace ruido. Se

quiebra en silencio, como hueso de animal muerto bajo el sol. Esta es la

historia de lo que pasó después, de cómo un coronel soberbio recibió una caja que

le heló la sangre, de cómo una oreja cortada se convirtió en mensaje de

muerte, de como Pancho Villa demostró que en el norte la justicia no se

olvida, se cobra, porque quien siembra fuego cosecha cenizas y terrazas estaba

a punto de arder. Si quieres saber cómo el centauro del norte vengó a esos 23

hombres que murieron quemados, dale like a este video ahorita mismo. Suscríbete

al canal porque estas leyendas del México revolucionario no las vas a encontrar en ningún libro de historia

oficial. Y comenta abajo desde qué ciudad nos estás viendo, compadre. desde

Texas, desde California, desde cualquier rincón donde todavía se recuerde que en

México hubo hombres de honor. La venganza que viene es brutal, es

poética, es justicia pura del desierto y todo comenzó con fuego. El rancho se

llamaba la esperanza. Irónico, ¿verdad? Porque esa mañana de febrero la

esperanza se quemó junto con todo lo demás. Era un lugar humilde, cuatro

paredes de adobe, techo de madera vieja que crujía con el viento, un corral

donde antes había caballos, pero ahora solo quedaba tierra seca. Estaba

escondido entre dos cerros pelones que parecían gigantes dormidos, lejos de

caminos principales, invisible para quien no supiera buscarlo. Ahí se

refugiaban los heridos de Villa. No tenían hospitales de verdad, compadre.

No tenían doctores con título de universidad ni medicinas importadas de Europa. Tenían lo que siempre ha tenido

el pueblo mexicano. Manos dispuestas a ayudar. y corazones más grandes que la

sierra misma. Don Sebastián Vargas, el médico, tenía 67 años y había visto tres