El día en que el sertón recordó

El sertón despertó con el sol derramando fuego sobre los tejados viejos. En aquel rincón del mundo, el viento no soplaba: arañaba la piel. El pueblo era pequeño, pero la fama de su mandamás era grande y pesada. Decían que allí no mandaba ni el alcalde ni el juez. Mandaba el coronel Aureliano, dueño de la tierra, del ganado, de los votos y, si lo dejaban, hasta del destino ajeno.

A la orilla del camino, la campana de la iglesia sonó antes de lo habitual. No era día santo: era día de anuncio.
La noticia corrió de boca en boca como pólvora: el coronel iba a casarse.

No con una viuda respetable ni con una muchacha de la ciudad. Era con Rita, una joven del caserío, bonita y sencilla, con la mirada triste de quien ya entendió que su vida no le pertenece.

—Es hoy, gente —susurraba la comadre en la ventana—. El coronel decidió que será suya.

En la casa de barro, la madre contenía el llanto para no desmoronarse. El padre caminaba de un lado a otro como animal acorralado. No era cobardía, era el miedo de quien sabe cómo funciona el mundo cuando la ley lleva sombrero de cuero y escopeta.

Rita, sentada en el umbral, apretaba un velo barato entre las manos. No era un sueño: era una sentencia. El vestido blanco prestado parecía más mortaja que traje de novia. Afuera, dos hombres del coronel reían bajo, mascando tabaco, vigilando como quien cuida mercancía.

—Arréglate, niña. Al coronel le gustan las mujeres obedientes —dijo uno sin mirarla.

Rita levantó el rostro. Y por un segundo el pueblo quedó en silencio. No era una mirada de rabia, sino de auxilio sin voz.

Pero el sertón tiene una costumbre antigua: cuando la injusticia pasa el límite, a veces toma el camino equivocado.

Esa misma mañana, en la polvareda del horizonte, aparecieron tres sombras. Caballos flacos, paso firme y un hombre en medio, con el sombrero marcado. No venía a rezar: venía a ver.

Se detuvo frente a la bodega, pidió agua, bebió despacio y observó. Don Tiburcio, el viejo dueño, no supo si sonreír o cerrar la puerta. Aquel hombre vestía cuero, pero no por adorno: era armadura.

—¿Está de paso? —preguntó el viejo.
—Solo paso donde hay ruido de gente sufriendo.

Cuando supo del casamiento forzado, el forastero apretó la mandíbula.

—¿Y la muchacha? ¿Quiere?
—No, señor —respondió una mujer casi en susurro—. Aquí llorar no cambia nada.

Entonces los hombres del coronel cruzaron la calle empujando a un hombre por el cuello. Era el padre de Rita. Lo tiraron al suelo como advertencia.

—Agradece y cállate. Ahora ella es del coronel.

—Es mi hija… —alcanzó a decir.

Un golpe seco le torció el rostro.
Fue entonces cuando el forastero se levantó.

—Repite eso.

El matón sonrió, pero se detuvo. Detrás del hombre ya había otros dos, quietos como pared. El pueblo entendió: algo grande estaba llegando.

En la iglesia blanca de cal, el padre Anselmo temblaba. No era fe: era pavor. Sabía que allí no habría bendición, sino amenaza. Rita llegó escoltada como prisionera. El coronel apareció montado, sonriente.

—Mi novia —dijo, tomando el mentón de Rita—. Hermosa, como yo mando.

—Ella debe consentir —balbuceó el cura.

—Padre, usted consiente lo que yo consiento.

La iglesia se llenó. En el sertón, el miedo también invita.

Cuando el coronel anunció que nadie era hombre para contradecirlo, la puerta crujió.

—Hombre es quien no necesita armas para robar lo ajeno.

La sombra entró.
El silencio cayó.

—¿Y tú quién eres? —escupió Aureliano.
—Un hombre cansado de ver al sertón humillado.

Los golpes no llegaron lejos. Un brazo torcido, una cuchilla brillando sin tocar carne. El mensaje fue claro.

—¿Ven cómo gobierna? —dijo el forastero al pueblo—. Con gritos, miedo y robo.

El coronel amenazó con lo único que le quedaba: la familia.

—Si te la llevas, ellos pagan.

Rita tembló. El forastero entendió: no era solo un matrimonio, era un sistema entero podrido.

—Usas a la familia como cadena. Eso no es poder: es cobardía.

Entonces el padre Anselmo rompió.
—Yo vi al coronel enterrar a un hombre vivo —confesó—. Me amenazó.

Las voces del pueblo despertaron una a una. Desaparecidos. Noches sin regreso. El miedo cambió de dueño.

—¿Eres Lampión? —susurró alguien.

El hombre no celebró el nombre.
—El nombre no importa. Importa lo que hiciste.

En la plaza, el coronel cayó de rodillas. No fue sangre: fue memoria. El chicote cortó el aire sin tocar piel.

—Pide perdón —ordenó Lampión—. A ellos.

Rita habló entonces, con una valentía recién nacida:
—Quiero irme. Quiero vivir sin miedo.

—Y lo harás —respondió él—. Porque eres gente.

Cuando todo parecía terminar, un disparo rompió el aire. Jatobá, fiel como perro rabioso, apuntó hacia Rita.

No hubo discurso. Hubo decisión. El arma cayó, el odio quedó expuesto.

—Esto también lo creaste tú —dijo Lampión al coronel—. Ahora vivirás viendo al pueblo recordar.

Antes de irse, ató un paño blanco al poste de la plaza.

—Mientras esté limpio, habrá paz. Si se mancha, el sertón cobra.

Y se fue, tragado por el polvo como leyenda.

Desde entonces, en ese pueblo, cuando alguien habla de coroneles mandones, otro responde en voz baja:

—Cuidado.
El sertón tiene memoria.
Y Lampión también.